El loco Raúl

¿Por qué, Loco? ¿Por qué? Sí: las preguntas las hicimos entre todos. Todos y al mismo tiempo, cómo se hacían las cosas en ese momento. Nuestro momento. Porque no faltó nadie al lado del camión. Ni los que veníamos en el colectivo, recién salidos del colegio de Saldungaray, ni nuestros viejos, que nos seguían en fila india esquivando los pozos de la ruta 72. A las puteadas por ese viento que pega de costado en la loma que separa a los dos pueblos. Atentos a las banquinas amarillas de yuyerío reseco. Amarillo y pajoso, como el pelo del Loco Raúl. Porque si había una cabeza rubia y pastosa, sin gracia, esa era la del Loco Raúl. O El Ruso del Videoclub, como le decían los que apenas lo conocían. El que te alquilaba la videocasetera por hora si sólo tenías televisor y querías ver la última de Bruce Willis.

El Loco Raúl. El que apareció en el pueblo de un día para otro. El Loco Raúl y su Negro, pasate que llegó una nueva de Charles Bronson. El Loco Raúl, quien también de un día para otro se casó con la gorda Noelia, la hija del verdulero Bauer. Bauer ¿vos tenés algo que ver con un tal Zapiola?, le gritábamos cada verano, cuando en tropilla encarábamos en bicicleta para el lado del arroyo. ¿Zapiola?, se preguntaba el viejo, en voz alta, culo para arriba entre los cajones, mientras descartaba tomates podridos en medio de un nubarrón de moscas. Sí: Zapiola. No, no conozco a ningún Zapiola, contestaba, pasándose por la nuca la mano embadurnada de verdura abichada. ¡Entonces agarrámela con la cola, viejo boludo!

Dicen que el Loco Raúl la fajaba de lo lindo a la gorda Noelia. Que una vez, en Los Angelitos, se la tuvieron que sacar de las manos porque si no la ahogaba ahí mismo, entre los charcos de la orilla que había dejado otra crecida del Sauce Grande. Gorda, tirate un pedo en el gallinero así nos disfrazamos todos de indios, recuerdo que le tiró una vez que fuimos hasta el videoclub para alquilar una de La Guerra de las Galaxias. En el local y adelante nuestro. El Loco Raúl había aprovechado que esa tarde la gorda Noelia andaba en cuatro patas buscando un clavo en el piso para gozarla con el chiste. A la gorda le encantaba poner clavos en las paredes y colgar cosas. Mamá decía que era una decoradora frustrada. Que el Loco Raúl la cacheteaba porque no podía tener hijos. También estaba el comentario de que a la gorda le gustaba bañarse en pelotas en el arroyo, si es posible siempre enfrente de alguien. Y que una vez le había tocado el bulto a un pibe que había pasado nadando al lado de ella.

¿Por qué, Loco? ¿Por qué? Ese día, el del pedo en el gallinero, jamás nos imaginamos que tiempo después el Loco Raúl nos iba a deber una respuesta a todos. Igual, mamá esquivaba hablar mucho del Loco Raúl. Yo nunca pregunté por qué. Un día ella dijo, clarito, Ese es un turro bárbaro. ¿Sería porque la fajaba a la gorda Noelia? ¿Porque cobraba cara la hora de videocasetera? Ese es un enfermo, un degenerado de mierda, dijo otra vez. En casa, nosotros nos reímos. Papá también. Mamá había sido enfermera en Bahía Blanca pero dejó la profesión ni bien nos instalamos en Sierra de la Ventana. Para ella todo el mundo estaba enfermo. Ese Raúl es otro enfermo de mierda. Mierda era una de las palabras que más le encantaba usar a mamá. Sobre todo, cuando andaba en el auto; el 504 blanco que casi nunca manejaba papá. Y que siempre, siempre, terminaba con algún problema cada vez que mamá lo agarraba.

Ese Raúl es otro de los raros que suelen caer en paracaídas en este pueblo, insistió mamá otro día. Ella tenía bien identificados a los raros y, por supuesto, también a los enfermos. Que, justo, siempre terminaban siendo las mismas personas. Uno era el flaco Silva, que en esa época tenía una heladería sobre la avenida Roca. En ese caso, para darle con un caño mamá se apoyaba en algo que le había escuchado a Marito, el parquero del camping Yerbal. A ese yo lo vi en Campo de Mayo cuando hice la colimba, sacudió, mamado hasta la manija, el parquero Marito en un asado familiar. Lo vi de uniforme. Y tenía rango…

Otro raro y enfermo, siempre según mamá, era el profesor de historia de mi colegio, Sergio Dalmonte. Ese con el prendedor de Malvinas en la solapa, ese bigotudo, flor de hijo de puta debe ser, lo sentenció mamá una vez que, por culpa del colectivo que se había roto como tantas veces, nos había tenido que ir a buscar al colegio de Saldungaray. Papá, como casi nunca manejaba, no iba nunca a Saldungaray. Nosotros creíamos que le tenía miedo a los 9 kilómetros de ruta salpicada de baches que unen a un pueblo con el otro. ¿Así que Dalmonte firma las pruebas que les toma como SD? Sí, vieja. Siempre. A mí no me digas vieja. Seguro que ese era uno de la SIDE, comentó mamá un día. No podíamos imaginarnos de qué nos hablaba hasta que una tarde, en medio de la clase de historia, SD salió del aula a buscar una tiza y el Conga aprovechó para manotear y abrir el maletín que el profesor llevaba a todos lados. SD, el que decía que Roca era un asesino y Rosas un patriota. El que hablaba de Perón como coronel y no como general. El sanmartiniano. Está jubilado del servicio de inteligencia, chicos, chilló el Conga, mientras agitaba por el aire una credencial plastificada. El retorno de SD con dos tizas enteritas entre los dedos encontró al Conga sentado y al maletín cerrado como al principio. Como debía ser.

La intuición sanitaria, o sanadora para decirlo de otra manera, de mamá también tenía entre ceja y ceja a los Cibeira. O, mejor dicho, los Rodríguez Cibeira. O el matrimonio Rodríguez. El orden de los apellidos variaba según como a la pareja se le antojaba presentarse cada día. Él me reconoció que arreglaba máquinas de la Marina en Puerto Belgrano, murmuró mamá un sábado de caminata familiar por el barrio Golf. Y enseguida se calló la boca, agregó. Por ahí no tenía más nada que decir, Betty, la quiso apaciguar papá. Mirá, Luis, ellos andan en un Citroën destartalado todo el año y después resulta que no les falta para viajar todos los diciembres a Italia para ver a los hijos: explicame eso. Por ahí ella es de familia de guita, Betty. Andá a saber… Ella era Liliana Cibeira. O Rodríguez. No sabíamos bien. Nosotros más de una vez habíamos logrado entrar a la casa de los Rodríguez Cibeira. Estaba llena de fotos de viejos barbudos colgadas en las paredes. Y una silla de esas en las que te podés hamacar más que nada en invierno, cuando nieva y las calles del pueblo se hacen un barrial imposible de atravesar. Sobre todo, para un Citroën 3CV. Esa Liliana es psicóloga, dijo mamá cierta vez. Pero también hipnotiza. A un costado, mientras mamá hablaba, papá revolvía la polenta de la cena. A lo lejos, Alfonsín gesticulaba desde la pantalla del televisor, que esa noche estaba prendido y acercado a la mesa pese a que papá odiaba comer con el aparato sonándole al lado de la oreja.

Yo me imaginé que era psicóloga, siguió mamá. ¿De dónde sacaste eso, Betty? Me lo dijo ayer, Luis, cuando fui a depilarla. Porque sí: desde que había dejado la enfermería, mamá depilaba a domicilio. Tenía una ollita eléctrica, entre dorada y anaranjada, que siempre limpiaba de cera endurecida y canutos derretidos de vieja bigotuda –como a ella le gustaba decir– con un algodón embebido en alcohol. ¿Y eso qué tiene de malo?, preguntó papá. ¿Cómo qué tiene de malo, Luis? ¿Vos ya no te acordás cómo hacía las cosas esa gente? ¿Cómo le sacaban una verdad mentida a cualquier pobre tipo que había aparecido de casualidad en una agenda? Te olvidás, también, que esta gente apareció así, de la nada… Y de la nada se compraron semejante casa. Hasta un telescopio tienen… Y un Citroën, acotó papá, con una risita socarrona. Sí, y hasta un Citroën, Luis. Para tomarnos bien de boludos.

Además de los raros y los enfermos, o las dos cosas a la vez, mamá también tenía unos cuantos a los que llamaba los loquitos. Entre los loquitos estaba el Panza Gorda, al que le faltaba un dedo y un día, haciendo de bombero en el Abra de la Ventana, resultó mordido por un yara justo en la mano de los cuatro dedos. Porque en el pueblo, en esa época, nadie, ni siquiera nosotros, le decíamos yarará a la yarará. Uno directamente decía Che, me crucé un yara. Y todos te entendían. Como lo entendieron esa vez al Panza Gorda cuando, con la jeta colorada, todo transpirado, se asomó de entre las pajas vizcacheras al grito de ¡Me picó un yara, boludo! ¡Me picó un yara! Se dijo que todo fue culpa de un pichón de zorro que el Panza Gorda se largó a seguir hasta su escondite. Una peludera o algo así. Al Panza Gorda se le dio por tirar un manotazo adentro de la cueva. Y ahí estaba el yara. Eso es lo que se contó en ese momento. Como haya sido, el Panza Gorda terminó en el hospital de Tornquist, internado en terapia intensiva, y hablando pavadas durante un par de semanas. Porque eso decían del Panza Gorda cada vez que alguien lo nombraba en Sierra de la Ventana: habla pavadas. Pero mamá, que por lo general se manejaba al revés del resto, desde ese momento no hizo más que defenderlo. Es una buena persona, comentó una vez. Es una persona que sufrió mucho y todavía sufre. Pobrecito.

A los pocos días de estar internado en Tornquist, las enfermeras también empezaron a desparramar por todos lados que el Panza Gorda había sufrido mucho. Y lo mismo pasó con las enfermeras del pueblo cuando, un mes después, trasladaron al picado por el yara a la sala de primeros auxilios. A la noche, bien a la noche, grita solo, chusmeó una enfermera en la verdulería de Fiorini. Creo que fue Susana Parodi, la que todos sabíamos tenía una novia aunque era casada. Nosotros estábamos con mamá en la caja, esperando que nos cobren. Qué, ¿ahora se necesita más de uno para gritar acaso?, ladró mamá, con el tono que le conocíamos de la época del cinto de carpincho y la cachetada bien puesta atrás, en la nuca, porque no nos comíamos sus milanesas de hígado. Susana Parodi, la casada que tenía novia, no contestó. Días más tarde, el comentario de todos era que el Panza Gorda no podía dormir con la luz apagada. Y que, él decía, cada vez tenía más y más frío. Y que, cada vez que había tormenta eléctrica, al Panza Gorda había que empujarlo con el palo de un escobillón para sacarlo de abajo de la cama.

Más allá de los puteríos, lo cierto es que mamá empezó a apreciar al Panza Gorda cuando alguien le fue con el cuento de que era uno de los chicos de la guerra. Es uno de esos pobres pibes, Betty, así le dijeron. Y Betty, mamá para nosotros, se dobló por dentro como cada vez que alguien le hacía acordar de Malvinas. Pero hubo una vez que mamá no se dobló. Fue, todos nos acordamos bien clarito, cuando otra chusma le dijo que el Loco Raúl también había estado en las islas. Es otro de los chicos, Betty, le soplaron. En ese momento, tras escuchar eso, mamá se mordió el labio de abajo como cada vez que se aguantaba decir algo. Y después se largó a caminar rápido, dejándonos a todos bien atrás, rumbo a casa. Con razón, la escuchamos decir un rato después, mientras sacudía el escurridor con los fideos para el almuerzo. Ya me parecía.

Cuando el Loco Raúl empezó a aparecerse por el colegio todos los 2 de abril para contar lo que había visto en Malvinas, mamá dejó de ir a los actos. Siempre le pasaba algo que la complicaba y terminaba no yendo. Más que nunca, toda la culpa fue a parar a los problemas que supuestamente tenía el 504 cada vez que ella lo sacaba para algo. Que no arrancó por la helada. Que pierde líquido de frenos. Que no tiene auxilio, mirá si pincho en la ruta, Luis. En el colegio, para esa fecha, siempre se hacía lo mismo: la rectora armaba una mesa de charlas con un corresponsal de guerra, un marinero que se había salvado en el hundimiento del Belgrano y, desde hacía un par de años, el Loco Raúl, que había estado en el Ejército. El Loco Raúl hablando de la noche malvinense. Tan cerrada que no veías ni al compañero que marchaba adelante tuyo, decía. Y, a veces, les juro que uno terminaba pinchándole el culo con la bayoneta a otro soldado de tu grupo, agregaba, poniendo cara cuando decía culo para que todos nos riéramos un poco entre tanto cuento triste. El Loco Raúl contando que las bengalas de los ingleses ponían de día las montañas aunque fuera plena madrugada. El Loco Raúl diciendo que los ingleses andaban con un aparatito que se ponían en el tobillo para no tener frío en los pies. El Loco Raúl sollozando cada vez que recordaba cómo había perdido dos dedos de los pies por congelarse en un pozo de zorro.

Todos lo escuchábamos con los ojos rojos de no pestañear. El que comía chicle, no masticaba. Al que le picaba algo, no se rascaba. Todos los escuchábamos. Sí. Cada año. Rodeados de padres que horas antes se habían juntado para viajar hasta Saldungaray para escuchar a nuestros héroes de Malvinas. La mayoría de los padres, menos mamá. El acto era escuchar y preguntar. ¿Qué sentían cuando, bien a la noche, escuchaban que el enemigo andaba cerca porque se distinguían bien claritas algunas puteadas en inglés? ¿Tenían miedo? ¿Es verdad que los Gurkhas decapitaron a nuestros soldados? ¿Es cierto que los Gurkhas sólo peleaban con un cuchillo? Nos mandaron como doscientos Gurkhas, dijo el Loco Raúl en una de las charlas, y a Inglaterra les juro que volvió uno solito. Yo mismo tumbé a dos con el FAL. Me acuerdo que yo conté tres cuando les salí al paso, pero el otro se escapó corriendo como hacían todos los ingleses cada vez que nos plantábamos en plena ofensiva de ellos al grito de ¡Viva la Patria, carajo! Porque los ingleses no saben lo que es la Patria, chicos. Y en Malvinas eran todos soldados pagos. ¿Saben lo que les calienta la bandera a tipos así? Los ingleses peleaban con la valentía de quien hoy trabaja en un locutorio. Lo mismo. El Loco Raúl terminaba su parte cada 2 de abril con el mismo remate: Con perdón de las damas presentes, chicos, los argentinos teníamos los huevos así de grandes. ¡Así de grandes!

Después, las preguntas seguían y seguían. Queríamos saberlo todo. Hasta que un día, uno de los últimos 2 de abril que nos tocó pasar en el salón de actos del Instituto Fortín Pavón, una voz conocida cortó en seco el final del Loco Raúl. Y no sólo interrumpió al medio el comentario de los huevos de los argentinos, sino que además cambió por completo el tono de lo que se venía hablando con una pregunta. Una duda bastante enredada para los que escuchábamos con la boca abierta. Medio atontados por el relato de las explosiones, el cañoneo de los barcos, y los ingleses espiando a través de la oscuridad con sus visores nocturnos. Pero la pregunta, que a nosotros nos hizo un enredo en la cabeza, le sonó clarita al Loco Raúl. ¿Y vos cómo hiciste para matar tantos Gurkhas y, al mismo tiempo, tratar a tanta gente para la mierda en el hospital militar de Bahía Blanca? El Loco Raúl pareció atragantarse cuando terminó de procesar lo que le estaban consultando. ¿Me lo querés explicar?, insistió la misma voz. No sé de dónde sacás esas cosas vos, respondió, medio apurado, el héroe de Malvinas. Yo a vos no te tengo que contestar nada, agregó. Está bien, no me contestes a mí qué hacías en Bahía mientras otros peleaban la guerra: explicáselo a toda esta gente que está hoy acá. Pero sobre todo a los chicos. A los chicos…

Yo no voy a opinar de una pavada así. Para mí que acá hay alguien confundido. Serio, seco, el Loco pareció ponerse firme como cuando le tocaba hacer guardia en Puerto Argentino. Todos nos dimos vuelta para ubicar la cara de esa persona que ahora se trenzaba con el veterano de guerra. Todos nos dimos vuelta, pero yo fui el único que me puse colorado de la vergüenza. Estoy seguro. Vos entrabas a los que volvían hechos pedazos de las islas y después los trasladabas al batallón para que nadie los viera. Y nadie los volvía a ver, siguió la voz. A eso te ocupabas. El Loco Raúl rugió: Yo estuve asignado a Puerto Argentino, y después me trasladaron a Tumbledown cuando los ingleses apretaron el cerco. El Hércules en el que yo llegué al teatro de operaciones… La voz volvió a interrumpirlo. Vos estabas en el hospital militar de Bahía Blanca, y en el patio andabas mojando con una manguera y cagando a patadas a esos pibes que después volvían sin brazos ni piernas. ¿Y vos cómo sabés tanto?, gritó el excombatiente, ya fuera de sí. Porque te veía todos los días por una ventana, hijo de puta. Y eso pensaba de vos en ese entonces: que eras un soberano hijo de puta. Pero ahora pienso algo peor de vos. Algo para lo que no hay una puteada que se haya inventado todavía.

Entre los murmullos, los comentarios que empezaron a hacer todos, la cara desencajada, la mirada de pronto roja del Loco Raúl dio paso a un cuerpo de pie, tenso. Ese 2 de abril, la guerra había vuelto en serio para nuestro héroe. Después, fue oírlo estallar una y mil veces con el mismo grito. ¡Pueblo de mierda! ¡Pueblo de mierda! Un alarido que lo hizo escupir saliva al aire y que se entremezcló con la desesperación de la rectora, quien con su ¡Orden! ¡Orden! trató de calmar a los más de 80 alumnos del Fortín Pavón de Saldungaray que se revolvían en sus lugares. Más de 80 pibes que, atropellándonos, entre empujones y patadas, ganamos la puerta y luego la vereda cuando el Loco Raúl, con la cara transpirada y las manos temblorosas, aceleró su moto en contramano rumbo al paso a nivel del tren, la curva del acceso y, finalmente, la ruta que va para Sierra de la Ventana.

Ese 2 de abril, el colectivo del colegio se adelantó a la caravana de padres y por eso llegamos primeros al puente que, a un paso de Sierra, resiste las crecidas muy cerca de la entrada a la estancia La Josefina. El grito de Roberto, el chofer, cortó al medio el tema de Vilma Palma que veníamos cantando entre risas y cachetadas en la cabeza de los pocos que podían dormitar en los asientos. Fue un grito corto, un La puta que lo parió, y algo acerca de un camión que nadie alcanzó a entender. Un camión atravesado justo en el puente, cargado de vacas y pintado de bosta en la jaula. Todos nos fuimos para adelante, forcejeando en el pasillo del colectivo, para ver lo que pasaba. El camión cruzado. El viento doblando los yuyos de la banquina. El sol que le sacaba brillo al asfalto. Pocos le habíamos prestado atención al camionero, que agitaba los brazos para que paremos, cuando uno de nosotros dijo Hay una moto abajo del camión jaula. Hay una moto y un tipo.

Cuando el colectivo se detuvo, y Roberto abrió la puerta para que pudiéramos lanzarnos a la ruta con la curiosidad de quienes jamás habíamos visto sangre, los autos de la caravana comenzaron a alinearse detrás del transporte. Nos habían alcanzado. Sólo un auto blanco, que pasó a todos por la banquina como un rayo y luego se coló entre el espacio libre que separaba al camión de la baranda del puente, siguió su viaje como si nada. Fueron los padres de Lorena Alonso, la que decían había perdido la virginidad con un hermano, y de Fernando Casas, el gordo que tocaba el piano en los actos, los que pudieron sacar al Loco Raúl de entre medio de las gomas. Tenía el brazo chatito como un papel y un hueso de la pantorrilla le atravesaba el pantalón de fajina que usaba cada aniversario de Malvinas.

Todas sus medallas estaban desparramadas, hundidas en un enorme charco de sangre. Todavía estaba vivo. Respiraba como si el pecho le estuviese por explotar. La cara ya no era una cara. Los grumos ásperos del asfalto se la habían dejado pelada, húmeda, como un bife de carnicería. Fue ahí, precisamente ahí, en medio de las expresiones de espanto y mientras esperábamos a que llegara la ambulancia que nadie había llamado, que todos nosotros, con la torpeza y la impunidad de la adolescencia, le lanzamos la misma pregunta a lo que quedaba de un héroe que nadie había visto en Malvinas: ¿Por qué, Loco?

Después, sólo nos quedó volver a casa tratando de disimular las manchas en la camisa celeste, el pantalón gris, la corbata roja y el saco azul. Esconder la sangre que quedó en nosotros luego de que juntáramos las medallas de un soldado de quien ya no sabíamos qué guerra había peleado. Mamá miraba televisión cuando entramos a un comedor que olía a romero y leña quemándose en el hogar. Afuera, el 504 blanco descansaba montado en la vereda, estacionado a las apuradas. Pasó un rato hasta que mamá giró la cabeza para contemplar nuestra ropa manchada de muerte. No nos dijo nada. Parecía haber estado llorando. Nos miró fijo un momento y luego volvió la atención al televisor encendido, que ya mostraba las noticias de la zona. Cuando el himno nacional empezó a sonar por el aniversario de Malvinas, mamá se puso de pie, dio apenas dos pasos, y apagó el aparato.

Este cuento pertenece al libro “Ninguno es Feliz” (2015, Alto Pogo). Patricio Eleisegui (Argentina) se formó en Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Desempeña su labor periodística en medios de su país como Revista Sudestada e iProfesional, entre otros. Produjo y participó en documentales que abordan problemáticas socioambientales para Francia, Italia, México y Argentina. Publicó los libros de investigación periodística AgroTóxico (2019), Envenenados (2013, reeditado en 2017) y Fruto de la Desgracia (2014), sobre el drama sanitario derivado del uso de agrotóxicos y la siembra de semillas transgénicas en Argentina. También, dos libros de relatos y una novela que resultó dos veces finalista del Premio Clarín-Alfaguara. Textos de su autoría han sido incluidos en diversas antologías de ficción editadas en Sudamérica.

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