El virus no pide permiso

Una lección que deja la pandemia: los que manipulan el humor social siguen a resguardo y defendiendo sus ganancias, y los que se dejan manipular, se exponen al riesgo del contagio.

No se puede subestimar el pico de contagios que atravesamos. El virus deja su huella y sigue silenciando a escépticos, conspiranoicos y a quienes se dejan manipular en operaciones armadas desde la prensa y las redes. Porque los que se dejaron usar, los que se transformaron en masa de maniobra, son quienes de verdad se exponen al riesgo de contagio. No los grandes operadores, no los jugadores que mueven las piezas desde la tranquilidad de su vida de privilegios, no los empresarios, patrones y gerentes que siguen resguardando sus intereses y ganancias: ellos no se exponen nunca. Los que padecen son los que no piensan con criterio propio, los que se tragaron la operación y salieron a las calles a bancar a Vicentin, una empresa manejada por delincuentes de traje y corbata que estafaron al Estado. Los que se exponen son aquellos que ayer nomás decían a viva voz que la pandemia era una mentira y un invento, como este personaje de las redes que hoy sufre las consecuencias.

El virus no avisa, no pide permiso, y sigue cerrando discusiones y teorías conspirativas. Además, aporta lecciones: no hay que dejarse usar, quienes manejan el termómetro del humor social imponen el odio y el resentimiento porque inoculan ese veneno las 24 horas, y nunca hay que olvidarse del rol de cada quien: los que manejan las piezas, tranquilos defendiendo sus ganancias, y los que se dejan mover como fichas en el tablero, expuestos al contagio.

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