Crónica de la disputa electoral brasilera

@RicardoStuckert

Mataron de dos tiros a un cumpleañero que festejaba entre banderas del Partido dos Trabalhadores (PT). Semanas después, en la zona rural del estado de Mato Grosso, un laburante asesinó a cuchilladas a un compañero que defendía al expresidente Lula da Silva. En la segunda quincena de septiembre, un anciano fue agredido por su orientación política en Areia Branca (Estado de Río de Janeiro), un investigador de DataFolha fue atacado por un fanático de Bolsonaro en el interior de San Pablo, dispararon tiros contra un edificio con la bandera de Lula y escribieron “quedáte en la senzala” con aerosol en la casa de un candidato a diputado federal en Bahía, aludiendo al lugar donde vivían los negros en la época de la esclavitud. El sábado pasado, un tipo entró a un bar en Ceará y preguntó: “¿Quién vota a Lula acá?” antes de apuñalar a quien le contestó que votaba en el candidato petista. Faltando menos de una semana para las elecciones, intentaron asesinar a un candidato a diputado del PT en Minas Gerais.

Por José Ignacio Scasserra, en colaboración con Agenda Feminista

El horno no está para bollos en el país del Carnaval. La violencia política escala día a día, especialmente hacía dirigentes políticos, LGBTIQ+, mujeres y negrxs. El futuro de Brasil, y de toda la región, puede llegar a decidirse el próximo domingo 2 de octubre. Lula tiene chances reales de sumar más del 50% de los votos y acabar con la contienda electoral de una vez por todas. Por eso, desde que llegué a Brasil, no dejo de escuchar una consigna entre las izquierdas: “que no haya segunda vuelta”. 

@carols.tattt

El fantasma del golpe de Estado
Brasilia es faraónica. “Ciudad para gigantes” dijo Clarice Lispector cuando la conoció. Cada edificio está solo, y es enorme. Camino con André, el profesor que me recibió en la Universidad. Me habla de arquitectura, dice cosas que no entiendo sobre Neymayer y el modernismo. El Congreso, el Supremo Tribunal Federal y el Palacio de la Alvorada, desde donde gobierna el ejecutivo, se miran con recelo, midiéndose segundo a segundo. Desde estos tres edificios se gobierna casi medio continente sudamericano.
Esta plaza gigantesca ya fue el escenario de un golpe de Estado, en el año 2016. André me cuenta de las manifestaciones pidiendo el juicio político a Dilma Rousseff. Habla de caravanas de camiones con banderas de Brasil. Lo noto preocupado. Los dedos en forma de arma de fuego, signo con el que Bolsonaro se popularizó, no ayudan.
—No es un invento nuestro—comenta André mientras volvemos al auto, porque el sol está picando. Lo dijo él. Amenazó con que, si no gana en primera vuelta, con más del 60% de los votos, es porque algo anormal sucede en el Supremo Tribunal Electoral.
—Depende el público—me animo a señalar. En un podcast evangélico dijo que, en caso de una derrota electoral, va a entregar la banda presidencial. También dijo que, si eso pasa, seguramente se retire de la política.
—Soñar no cuesta nada.   
André no es el único que vive con el miedo al golpe. Lo veo por doquier en mis contactos en Brasilia. Nadie quiere ver a la horda de militantes con el visto bueno de las Fuerzas Armadas, tomando la Plaza de los Tres Poderes, denunciando el supuesto fraude, pidiendo la permanencia de su líder mesiánico al mando de las instituciones que busca destruir. 

RICARDO STUCKERT 

El límite democrático
La relación conflictiva de Jair Bolsonaro con las reglas de la República que preside no es nueva. Durante su gobierno, dijo que el Supremo Tribunal Federal era un “antro de comunistas”, y señaló, por medio de una carta, que eran las propias instituciones las que hacían a Brasil “ingobernable”. Asimismo, desconfía del propio sistema electoral: afirmó que en las últimas dos elecciones de Brasil hubo fraude, inclusive en la que lo llevó al poder en el año 2018. El año pasado amenazó con cancelar las elecciones, y en declaraciones públicas atacó directamente al Supremo Tribunal Electoral, la institución a cargo de garantizar el funcionamiento de los comicios. 
Sobre las elecciones del próximo domingo, la desconfianza que Bolsonaro intenta montar sobre el sistema electoral se vio en dos medidas concretas: la primera, cuando pidió que las fuerzas armadas se ocuparan de fiscalizar las urnas. Esto implicó una modificación en los procesos electorales en Brasil. El Supremo Tribunal Electoral negoció la demanda, y aceptó darles participación a los militares, pero no el control total del proceso electoral. La segunda fue cuando se reunió con embajadores de distintos países el pasado Julio (Argentina, obviamente, no fue invitada a la reunión) para asegurar que iba a haber fraude en las elecciones, y que por eso necesitaba apoyo internacional para responder. 
Las militancias de izquierda leen estos actos de Bolsonaro como una anticipación a los hechos. No pretende esperar, como Keiko Fujimori en Perú, o Carlos Mesa en Bolivia, para denunciar que perdió en los comicios por culpa de irregularidades. El gesto, ya común en la región, y que el presidente brasilero busca replicar, es heredero del pataleo de Trump al perder las elecciones con Joe Biden, que decantó en la toma del capitolio por parte del grupo de Tinchos enardecidos.

Por los derechos humanos
La explanada de los ministerios es un área de la avenida principal de Brasilia. Comienza después del congreso y se extiende hasta la catedral con aires de nave espacial. La cruzamos en auto. Brasilia es una ciudad sin personas. No hay vereda; solo ruta. Cada auto que nos pasa por el costado está tuneado según la polarización actual: bandera de Brasil contra bandera del PT. Verdes contra rojos. Cada tanto, suena algún bocinazo.
Excepto Justicia y Relaciones Internacionales, los ministerios son todos iguales. Estandarizados, como todo en Brasilia. Son edificios gigantes con carteles que pueden leerse desde el auto. Uno me llama la atención: “Ministerio de la mujer, la familia y los derechos Humanos”. El nombre se cambió cuando comenzó la gestión de Damares Alves, pastora evangélica que se hizo conocida por su frase “los nenes visten de azul y las nenas de rosa”.
Durante su gestión, la comunidad internacional le llamó la atención a Brasil en varias oportunidades. En 2021, el informe mundial de Human’s Right’s Watch señaló que la gestión brasilera adoptó políticas “que comprometieron a los derechos humanos”, y que sabotearon medidas contra el COVID 19. También recibieron críticas por aumentar el acceso a armas de fuego un 65% en el área de seguridad pública, siendo Brasil un país donde la policía ya se encuentra militarizada. Recientemente la ONU colocó a Brasil en la lista de países reñidos con los derechos humanos.
La violencia simbólica no necesitó de un ministerio para efectivizarse, pienso mientras miro por la ventana. Ya como diputado, Bolsonaro le dedicó su voto positivo al impeachment de Dilma Roussef a su torturador. Afirmó preferir un hijo muerto a un hijo gay, señaló que el pobre sólo sirve para votar y le preguntó a un negro si pesaba “siete arrobas”, la unidad de medida utilizada para el ganado. Recientemente, trascendió su discurso en el bicentenario de Brasil, que utilizó exclusivamente con fines partidarios, donde comparó a “las primeras Damas”, aludiendo a que su esposa es más atractiva que la de Lula, dijo que ella no sólo está a su lado, sino a veces “delante de él” e instó a los manifestantes a que le griten “imbrochavel”, aludiendo a su potencia viril en el sexo. Parece un chiste de un púber de 11 años, pero estamos hablando del presidente del país más importante de la región.
Estos discursos permean en su electorado y están llevando a Brasil al espiral de violencia política que se encuentra atravesando. Sobre diversidad sexual y de género es necesario hacer un comentario aparte. En 2020 se registraron 175 asesinados de personas trans, un 41% más de los contabilizados en el 2019, y el mayor a nivel mundial en términos absolutos. El desmantelamiento de políticas públicas, principalmente en materia de VIH, también fue señalado como un ataque a la comunidad LGBT. En lo que va del gobierno de Bolsonaro, se presentaron más de 200 proyectos de ley, distritales, estatales y nacionales, para prohibir la educación sexual en las escuelas. De hecho, el propio ministerio por el que acabo de pasar habilitó una línea telefónica para denunciar “adoctrinamiento” en “Ideología de Género” por parte de los docentes.

La estrategia del “voto útil”
—Acabar con Bolsonaro no es acabar con el Bolsonarismo— reflexiona André mientras entra en una de las alas de la ciudad con forma de avión-. Gran parte de la sociedad brasilera siempre odió al pobre, al negro o a los homosexuales. Bolsonaro sólo aprovechó eso. Por eso, el mensaje en las urnas tiene que ser definitivo
Pasamos por edificios llenos de banderas. La cara del mesías de la derecha brasilera nos mira desde las telas. También hay banderas de Brasil, y otras de Lula. Una ventana tiene la bandera arcoíris. Otra dice: “Vai ser de 1 turno”.
Ante el fantasma del golpe, el ataque a los derechos humanos, y la escalada de violencia política, desde la campaña del PT se apunta a la idea del “voto útil”, buscando un sentido común amplio anti-Bolsonaro, y pidiendo a los simpatizantes de otras fuerzas políticas que se alineen en el voto a Lula Da Silva.  
En las últimas investigaciones de Datafolha, la intención de voto a Lula es de 47%, la de Bolsonaro, 33%, la de Ciro Gomez, 7% y la senadora Simone Tebet, un 5%. En ese escenario, a Lula le faltan 3% de los votos para terminar con el mes de polarizaciones y fuego cruzado que pueden intensificar el carnaval de violencia política en el que se encuentra inmerso Brasil.
La respuesta de los distintos sectores fue esquiva. Ciro Gomez, ex gobernador de Ceará, y quien va tercero en las encuestas, llamó “fascismo de izquierda” a la estrategia. A pesar de presentar perspectivas progresistas, y de haber sido interpelado para bajar su candidatura, Gomez no desistió y aseguró que no llamaría a votar a Lula.
Distinto es el caso de partidos de izquierda como el PSOL. El candidato a re-elegir como diputado distrital en Brasilia, Fábio Félix, se encuentra haciendo una campaña activa por Lula. Es el primer diputado gay asumido en la cámara. Habla del pragmatismo, de frenar al fascismo, de ser “oposición sin miedo”. Muy diferente a la experiencia del FIT en Argentina. 
André estaciona y bajamos del auto. Me invitó a participar del acto de campaña presidido por Félix, para ver de cerca la experiencia política brasiliense. De lejos ya se escucha la música. Se ven banderas rojas, amarillas, y grupos que se acercan bailando. Esta gente convierte cualquier cosa en carnaval. 
En el medio, una tarima. Cruzan militantes de diferentes agrupaciones y colores. Algunos usan glitter, todos tienen la ropa intervenida con pegatinas de Lula. En un costado hay un espacio con nenes dibujando. Los cuida una compañera de la orga. 


La música se apaga y una mujer, que oficia de maestra de ceremonias, presenta el evento. A su lado distingo a Félix, al que tantos corazones le dejo en Instagram. “Nos enfrentamos a algo insoportable en los últimos cuatro años” dice, para comenzar su discurso “la peor tragedia de la historia reciente brasilera. No fue aleatorio, fue un proyecto de poder. Nuestro mayor desafío es sacar a Bolsonaro”. 
Murmullos de aprobación en el público. Compro dos latas de cerveza Skol y le paso una a André. 
—Odian la libertad, odian nuestra identidad, y odian la democracia—sigue el dirigente político-. Aquí hay gente que ama a Lula, gente que lo critica, gente que no le gustó mucho su gestión. Pero no se trata de Lula. Se trata de frenar el fascismo.
Se aplaude, se abucha, se grita. Yo también aplaudo, abucheo y grito.
—Colocar personas LGBT, mujeres y negros en las instituciones es producir un cambio estructural. Avanzar en la representatividad. Por eso hay que dar un mensaje claro en las urnas. Porque los conservadores dicen que nuestro reclamo no tiene apoyo social. Hay que vencer en primera vuelta para que quede claro que el racismo, la homofobia, el machismo, no compensan. Que más de 600 mil muertos por Covid, no compensan.
El publico estalla en aplausos y empieza a cantar. Tardo en entender la letra. Cuando lo logro, me sumo a cantar con ellos: Bolsonaro do Planalto vai direito para a Prisão!
—Así que ya saben— termina la Maestra de Ceremonias. Hoy todo el mundo a hacer sus macumbas, y el domingo, ¡a cambiar votos!
El publico aplaude y hace el gesto que ya vi en redes sociales. El dedo pulgar y el índice estirados, simulando un arma como hacía Bolsonaro en el 2018, se pone de pie para pasar a ser la L con la que comienza el nombre del futuro presidente de Brasil.

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