Elegía para Don Ramón

Por Hugo Montero

El pibe enciende el televisor a media tarde, a esa hora nunca definida en que abandona por un rato las aventuras imaginarias a bordo de un árbol de quinotos para adentrarse en ese otro viaje en blanco y negro que proponía la pantalla chica. Muy chica, la verdad, de una tele de 16 pulgadas. Había que llegar al canal indicado apretando unos rústicos botones en el aparato hasta dar con lo que se buscaba.
En la mesa, esperaba el pan con manteca, la leche fría y la Zucoa. En la tele, un flaco desgarbado, irritable en extremo, de voz aguardentosa y bigote desprolijo, vestido como cualquier vecino del barrio, que habitaba el departamento nº 72 de una vecindad mexicana bien conocida. La historia en realidad decía más o menos así: viudo, desempleado y padre de una pequeña hija (la Chilindrina), al tipo ese de jeans y remera negra gastada no le gustaba demasiado trabajar: “No hay trabajo malo… lo malo es tener que trabajar”, dijo alguna vez. Pero lo concreto es que el tal Don Ramón se la rebuscó siempre para llevar el pan a la mesa: con un pasado buscavidas como boxeador (“El Cuyo Hernández me quería para su establo”, le contó una vez al Chavo. La respuesta no se hizo esperar: “¿Le vieron cara de vaca?”) y torero, se las arregló con changas de peluquero, zapatero, ropavejero y vendedor de globos y churros. El karma para Don Ramón era, claro, la maldita renta. Catorce meses de alquiler le adeudaba al Señor Barriga, una deuda impagable que le exigía practicar a diario la gimnasia del chamuyo y la gambeta (“Con permisito, dijo Monchito”, era su célebre frase para hacer mutis por el foro).
Mejor se llevaba con el piberío de la vecindad, más allá de los pellizcos o coscorrones en la cabeza que le propinaba al Chavo por alguna de esas travesuras sin querer queriendo (acompañados por el infaltable: “¡Toma!” o la amenaza siguiente: “¡Y no te doy otra nomás porque…”) y los enredos y confusiones que siempre lo dejaban mal parado ante la madre de Quico, Doña Florinda, dueña de una poderosa cachetada que lo hacía dar vuelta en sí mismo (y al que inevitablemente le seguía el humillante: “Ven Quico, no te juntes con esta chusma” y el “¡Chusma, chusma! de Quico). Un vecino como tantos que defendía los colores de alguna camiseta (“Yo le voy al Necaxa”, confesaba) y que alguna vez reconoció haber jugado al fútbol como “medio” (la pregunta lógica del Chavo después era: “¿Medio qué? ¿Medio menso?”).
Parece que en la vida real, el actor no se diferenciaba demasiado de su personaje. Al menos eso cuentan quienes conocieron al humorista Ramón Gómez Valdés, nacido el 2 de septiembre de 1923 y presencia repetida en medio centenar de películas en la época dorada del cine mexicano. De todos modos, la invitación que le hizo Roberto Gómez Bolaños en 1968 para integrarse a su equipo de trabajo cambiaría su vida para siempre. Ya nunca más volvería a ser otro que ese Don Ramón que tanto se le parecía (“Sé tú mismo, nada más”, parece que le había pedido Chespirito). Fumador empedernido, padre de una decena de hijos y hombre de muchas mujeres; Valdés abandonó la saga del Chavo dos veces, en busca de mejor suerte y mejor salario. La última fue en 1982, y la serie ya nunca fue lo mismo sin él. Pero él tampoco lo fue sin ese papel.
Falleció el 9 de agosto de 1988, emboscado por un cáncer de pulmón y acompañado en sus últimas horas por su gran amiga Angelines Fernández, la actriz que había intentado –sin suerte– seducirlo en la ficción como la inolvidable Bruja del 71. Lo extraño, en todo caso, es intentar señalar ahora cuál era el rasgo entrañable que hacía diferente a Don Ramón del resto de los personajes de aquél programa mítico. Quizá era su gesto infantil asomado por detrás de esos bigotes y esas arrugas añejas, o esa extraña familiaridad que el pibe que miraba la tele encontraba en el personaje: Don Ramón se parecía demasiado a cualquier laburante de la cuadra, mezcla de atorrante y de tipo que debe asumir responsabilidades. Quizá también porque el mismo pibe que se sentaba frente al televisor para dejarse llevar por la magia de ese programa (que hoy mira y disfruta por enésima vez, ahora mezclando su risa con las risitas de su hija), cuando las cosas le salen mal o se tropieza con alguna dificultad, no puede dejar de recordar y ensayar con cariño un mínimo homenaje, plagiado del inolvidable Ron Damón: “¡Me lleva el chanfle!”

Ilustración Diego Parpaglione

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