Esther Pineda: “Desafiar y cuestionar los mandatos tiene su costo”

Esther Pineda es socióloga, magíster en Estudios de la Mujer, doctora y posdoctorada en Ciencias Sociales. En sus textos y discursos siempre intenta llegar a distintos públicos y dar acceso a la información en dos problemáticas que, si bien son muy abordadas desde la perspectiva académica, a ella la atraviesan por su condición de mujer y de afrodescendiente. Como escritora feminista y venezolana trabaja sobre las implicancias que contienen los derechos de las mujeres y la discriminación racial. Sus procesos de investigación han sido el ejercicio la puerta para descubrir aquellas realidades que la involucran. De esta manera ha logrado comprenderlas para compartir distintos hallazgos y reflexiones con quienes también pueden resultar afectados y afectadas.

Por: Solana Camaño

¿Qué significa actualmente ser mujer, feminista y afrodescendiente en América Latina?
–Es una pregunta difícil. Soy parte de estos grupos que de por sí, históricamente fueron estigmatizados, oprimidos e invisibilizados. No de uno, sino de dos. Estamos influidas constantemente por esas dos violencias, la del sexismo, que nos acompaña desde que nacemos hasta que morimos, porque las mujeres durante toda nuestra vida, en cualquier escenario, contexto o relato estamos atravesadas por esa violencia patriarcal, pero al mismo tiempo fuertemente influidas por la violencia racista que, además, está muy presente en los países latinoamericanos. El racismo, al igual que el sexismo, es un pilar organizativo de nuestra sociedad. En ese contexto, por supuesto implica desafiar los mandatos, porque como mujeres se nos imponen ciertas conductas o expectativas muy marcadas de qué es y qué debe ser una mujer, y qué es y qué debe ser una persona negra. Desafiar, transgredir y cuestionar estos mandatos, sin duda a veces tiene costos porque es hacer ruptura de las grandes estructuras de dominación de nuestras sociedades.

–Hay algo muy interesante en lo que decís, que es esto de que el discurso y las prácticas racistas se hacen presentes de otra forma en las sociedades latinoamericanas, y quizás muchos de los sectores que salieron a repudiar lo que sucedió en Estados Unidos con George Floyd también son los que en ocasiones replican ese tipo de prácticas. Entonces, para vos, ¿qué singularidad tiene el racismo en América Latina? ¿En qué escenarios se presenta?

–Tras la abolición de la esclavitud el racismo cobró distintas manifestaciones en Estados Unidos y en América Latina. En el caso de Norteamérica, tiene un carácter muy explícito, de confrontación, muy violento y segregacionista. Por el contrario, en América Latina, tras los abolicionismos de la esclavitud, el racismo no desaparece. Sin embargo, toma un carácter orientado más a lo simbólico, a lo discursivo, un poco solapado, no tanto de confrontación, y no es segregacionista. El hecho de que no se prohibiera, por ejemplo, que personas afro entraran a determinados espacios, que pudieran o no acceder a los mismos colegios que las personas blancas, a vivir en comunidades ha creado la idea de que no existe el racismo en esta región. De hecho, existe una narrativa muy fuerte, muy instalada, que se fundamenta en el criterio de lo que he llamado el “crisol de raza”, de que acá existe mucha diversidad, somos mestizos, el mestizaje de alguna forma nos unió, nos hermanó y cualquier tipo de conflictos o tensiones raciales desaparecieron. Y esto no es más que una ficción absoluta ya que se manifiesta a través de de la sospecha constante en los espacios públicos, a través de la folclorización de la cultura en la población indígena pero también afro, a través de la pauperización de las condiciones de vida, por supuesto, la relegación del trabajo menos pagado independientemente de la formación, el nivel académico y la experiencia de la población.

–¿Qué rol cumplen las fuerzas de seguridad en Estados Unidos y en América Latina?

–Está instalada la creencia de que la brutalidad policial está presente solamente en los Estados Unidos. Si bien ahí tiene unas características particulares que están más asociadas a una sociedad discriminatoria, en América Latina también hay una gran relación sobre todo entre los estereotipos y los prejuicios raciales ante la población más empobrecida. En América Latina es muy difícil que un afroamericano, por ejemplo, sea asesinado en plena calle, como pasó el caso de George Floyd. Sin embargo, sí es recurrente que estos hechos ocurran, por ejemplo, en los sectores populares y desposeídos, ya sea en las villas o en los barrios, favelas, donde lo perjudicial entra a aniquilar cuerpos racializados. Justamente para inflar esos números de acción estatal de la violencia y generalidad.

–En ese sentido, en tu libro Racismo y brutalidad policial en Estados Unidos esbozás una tesis acerca de que no hubo voluntad política del gobierno estadounidense en combatir el racismo, ¿creés que en los Estados y gobiernos latinoamericanos está esa voluntad política?

–En Estados Unidos en efecto no ha habido voluntad política para la erradicación del racismo. Ha resultado funcional porque la base pura votante del sector republicano es esta población más conservadora con características racistas, quienes perciben con mucho miedo y malestar el cambio de status quo. Entonces, genera esas reacciones y profundización de estas formas de violencia. Sin embargo, en América Latina tampoco ha habido voluntad política de erradicar el racismo. No porque no les genere resultados electorales, simplemente por desinterés en el tema. La discriminación racial es uno de los ámbitos menos atendidos y menos problematizados en la región a nivel institucional y estatal. Las únicas o pocas iniciativas que se desarrollan en la materia ha sido, por ejemplo, la tipificación de algunos países de la discriminación racial. La creación de uno u otro instituto dirigido a la protección, atención de la población indígena o afro y la incorporación de la variable étnica en los censos de población. Es un poco lo que se puede rescatar a nivel institucional de acciones estatales en la materia. Y esto, generalmente, la mayoría de la gente no lo sabe, porque ni siquiera se divulga la existencia de estas leyes.

–Esto que decís me hace pensar en lo lejos que estamos de avanzar hacia una interseccionalidad en el sentido de pensar las políticas públicas tanto desde una perspectiva de género como de raza y clase. En ese sentido, a comparación del rol de los Estados en lo que es el combate de la violencia machista o el abordaje de ese tipo de violencias, ¿qué lectura hacés? ¿Observás diferencias, similitudes conlo que es la perspectiva de género y los reclamos de los feminismos?

–Bueno, es posible identificar muchas similitudes en el abordaje de las desigualdades y violencias contra las mujeres básicamente porque son ámbitos y sujetos que poco le importan a los Estados e incluso a la población en general. Esto puede explicarse porque tanto las mujeres como la población racializada -en el caso latinoamericano me refiero a los afro e indígenas- ha sido históricamente subordinada, inferiorizada. Tradicionalmente ha sido un sector vulnerado y, además, instrumentalizado por los hombres, los blancos y todos aquellos que pueden hacerse acreedores de posiciones de poder. En este contexto, si en el grueso de la población los siguen considerando inferiores, les sigue considerando subordinados y desiguales, nuestras sociedades siguen organizándose en torno a perspectivas jerárquicas. Esto se va a traducir en prácticas concretas. En el caso del Estado, son formas de desatención de estas poblaciones, de invisibilización de sus problemas, de exacerbación de sus condiciones de vulnerabilidad y de revictimización de sus situaciones de violencia. Y el resultado es el mismo: hay fuertes similitudes en la situación de las mujeres y la de la población racializada en América Latina. Es un escenario de absolutamente desatención, precarización, discriminación, subordinación y violencia, pero también de significativa letalidad sobre estos rumbos.

–Pensando en los feminismos afrodescendientes y en su diálogo con lo que vos denominás “el feminismo tradicional o eurocéntrico” de una matriz más colonial, ¿cuáles son las reivindicaciones de los feminismos afro y cómo dialogan con los otros feminismos?

–Generalmente, más que de feminismos hablo de feminismo partiendo de la idea de que el feminismo en efecto es uno porque busca la visibilización, denuncia, vindicación de los derechos de las mujeres. En este contexto, en términos generales, tiene distintas expresiones y manifestaciones. Y estas son las que están asociadas o ligadas a experiencias concretas específicas, a intereses y demandas puntuales de la diversidad de mujeres en nuestra sociedad. De ahí surgen otras denominaciones a las que se suele hacer referencia. En el caso del feminismo afro, el feminismo negro, yo creo que la demanda es visibilizar la especificidad de nuestras experiencias. En nuestro caso, las mujeres no solamente somos víctimas de la violencia patriarcal y sexista, sino que además esta experiencia de subordinación se encuentra profundizada por el racismo. Esto ha sido un poco difícil de visibilizar e incorporar, existen resistencias en los diferentes espacios en los que hemos vivido. En el feminismo, de alguna forma, en algunos sectores (no voy a hacer referencia a todos ni a un grupo específico, sino a unas feministas en particular) hay resistencia a cuando se enfatiza en la racialidad. De alguna forma esto se percibe como intentos de dividir el feminismo y genera tensiones entre las mujeres racializadas, lesbianas, entre otras, con este feminismo que se ha denominado como hegemónico. Sin embargo, estas desigualdades y resistencias se experimentan también al interior de los movimientos afro los cuales principalmente siguen siendo nominados o acaparados por los hombres afros, y en el caso indígena por los hombres indígenas. Las mujeres aparecen allí en posiciones subordinadas, precarizadas, desplazadas de la visibilidad o centralidad ya sea narrativa, mediática, organizativa y la toma de decisiones en estos espacios.

–¿Qué avances identificás en la región durante las últimas décadas tanto del feminismo afro como del movimiento en general?

–Básicamente es la necesidad de visibilización de esa experiencia concreta y diferenciada entre las mujeres negras. Hay una necesidad de reconocimiento de esa experiencia y transversalidad, pero también una de las demandas más fuertes o centrales es poder incorporar la perspectiva étnica y racial en las políticas públicas y en los procesos de prevención y atención de las distintas formas de desigualdad y de violencia. Cada vez se produce más contenido latinoamericano, pero la mayoría de aquello que consumimos en el feminismo viene de Estados Unidos o de Europa. Lo que se produce en América Latina sobre las mujeres latinoamericanas y que es generado por las feministas latinoamericanas sigue una posición relegada. Es decir, una posición de alguna forma desplazada. Yo particularmente soy muy latinoamericanista. El enfoque de mi trabajo es regional, con la idea de vindicar los aportes pero también las problemáticas de nuestra región, que creo que ha sido la más desatendida en estos productos concretos. Una de las debilidades del feminismo afro ha sido ese tema de la visibilización y denuncia de las formas de violencia y los femicidios a lo interno de las comunidades afro. Hay que fortalecer ese ámbito que ha sido el más desatendido por este sector.

Entrevista publicada en la Revista Especial de Sudestada “Dónde está Facundo”

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