Halcones de metal

Querido Sur,

Pienso en las amistades que tuve, en las personas que el tiempo se fue llevando y en aquellas que permanecieron inmóviles mientras el tiempo me arrastraba a mí. Pienso en Darío, que un día, después de una tormenta terrible, se cambió de escuela para siempre. 
Darío era mi mejor amigo, no por ser el único, sino por la certeza de su amor incondicional para con mis formas inusuales de atravesar la infancia, excedido de la energía propia de quien siente demasiada curiosidad por el mundo. Darío no juzgaba mi entusiasmo desmedido por descifrar los engranajes de la maquinaria universal ni se molestaba con mis preguntas constantes sobre la forma en que funcionaban los aviones que construía junto a su padre, que los fines de semana nos llevaba al campo para verlos alzarse, como halcones metálicos, contra el cielo limpio del norte. 
Darío creía que las plantas hablaban, que las casas abandonadas estaban llenas de fantasmas y que el mejor regalo del mundo es un cuaderno nuevo. Y yo creía en Darío. Creía en él y en la forma espiralada que adoptaban las palabras en sus labios cuando me explicaba, por ejemplo, cómo hacen los peces para respirar. Y entonces, Darío era mi mejor amigo, no por ser el único, sino porque yo creía en él.
Después, la tormenta, como la lona rajada de una pileta llena, como el baldazo de agua helada que las vecinas gruñonas les tiran desde sus balcones a los nenes que se juntan en los pasillos de los barrios a contarse sus sueños a la hora que empieza a anochecer. El río, lleno de plástico, y las lagunas, soterradas con propósitos inmobiliarios, cobraron una vigorosidad vengativa. El agua nos castigaba. Era como si el cielo y el río se hubiesen pedido un abrazo sin perdonar ninguna orilla, sin pensar en todo aquello que ya no es capaz de respirar en las vísceras del agua. 
Siempre digo que la inundación del 98 fue lo más cerca que estuve de perder la memoria. Juro que el corazón potámico del Paraná latió en el centro de nuestra cocina, llevándose las ollas, las medias y las fotos, todas las fotos. Y cuando volvimos a la escuela, muchos días después, la inundación también se había llevado a Darío. Él, mi único amigo, se había ido para siempre, se había cambiado de escuela, y ni siquiera habíamos tenido la oportunidad de despedirnos.
La imaginación fue mi único consuelo. Pasé mucho tiempo pensando cómo sería su escuela nueva, si allí habría un piano y un fantasma, como en la nuestra; si habría hecho amigos nuevos, si me extrañaba. Sin embargo, a tan corta edad, a pesar de ser más intenso, el dolor tiende a durar menos. Es cierto que lloré y es cierto que pasaron un par de años hasta que pude volver a entablar una amistad tan honesta, pero finalmente sucedió, y cuando Diego se convirtió en mi compañero de banco, ya no me sentí tan solo. Por supuesto, el terror a que sus padres también lo cambiaran de escuela seguía allí, pero sentarse con Diego era un poco olvidarse del miedo en todas sus formas.
Después pasaron los días y los días se fueron convirtiendo en hojas amarillas de calendarios abandonados. Era como si el mundo se fuera haciendo adulto conmigo, y no sé si fui yo o fue el mundo, pero un día me sorprendí a mí mismo volviendo a casa de mi primer trabajo y con mi primer sueldo. Creo que en vez de caminar, iba dando saltitos. Venía distraído, imagino que pensando en los planes que tenía para mi dinero, cuando la voz familiar me llenó los oídos con un puñado de palabras que no voy a olvidarme nunca: “Caminá bien porque van a pensar que sos puto.” 
Cuando volteé, lo vi. Su rostro no había cambiado mucho, pero su cuerpo era otro. Enorme, vestido con el uniforme, con el revólver a un costado y con esas gafas oscuras frente a los ojos, no supe decir a primera vista si era un stripper o un policía. De lo que estaba seguro era que aquel tipo ya no era mi mejor amigo de la escuela, el que la tormenta del 98 se había llevado. Ese día comprendí que algunos monstruos llevan la máscara de lo que alguna vez nos abrazó.  
Darío me miraba andar desde una esquina y en su gesto burlón advertí la muerte de nuestra infancia compartida. No atiné a hacer otra cosa que sonreír tímidamente y seguir mi camino. No sentí el impulso de acercarme a saludarlo; por el contrario, mi instinto marica me dijo que apretara el paso y desapareciera de su vista. Esa tarde, yo me convertí en el Zorro de la película y Darío se convirtió en el Sabueso.
Pasaron diez años y todavía sigo pensando en aquel encuentro. Pienso en mí, que no hice más que sonreír sin dar explicaciones sobre mis modos maricones que tanto espantan a los celadores del orden, pero también pienso en todas las cosas que le habrán dicho a Darío para que aquella sentencia saliera de esos labios, que antes me hablaban de peces y fantasmas. 
Mientras el tiempo me arrastra, Darío permanece inmóvil para siempre en esa esquina. Antes de que el sueño me venza, fantaseo con el derecho de las infancias a forjar amistades incorruptibles por la sombra del odio. 
Feliz día a mis amigues y también a Darío, atrapado en una casa abandonada, azul como un uniforme. Ojalá que la infancia presa en su interior se atreva a pelear contra los fantasmas que la ensombrecen. Ojalá mi mejor amigo, que duerme adentro suyo, recuerde algún día lo que se siente ver volar un halcón de metal.

Buenas noches,
Juan.

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