Ideas periféricas / Juan Solá

Querido Sur,
Te escribo desde el corredor Santa Fe-Rosario. Anoche salí de casa y no regresaré hasta dentro de dos semanas. 
Las redes y los medios se han pasado los últimos días hablando de asuntos amarillos y aquello me ha venido como anillo al dedo para soltar la pantalla y aprovechar el tiempo con Natalia, que vino a visitarnos desde la costa y el domingo, junto a Cecilia, nos regalaron el primer recital de poesía del Nido. Con sus palabras elucubraron ficción brujeril, fabricaron hechizos, encendieron velas y allí nos reunimos, como si ellas y el fuego fueran una misma cosa que a la vez evoca y convoca, y es capaz de convertir en ronda cualquier puñado de humanidades dispersas.
Abrir la casa para recibir personas es una cosa que recién de grande me sucedió. Encuentro en esto un disfrute particular que pareciera compensar aquellos primeros años de infancia, cuando la vivienda era chica y quedaba lejos. Recuerdo que la primera vez que tuve noción de lo periférico fue en cuarto grado, cuando la maestra nos mandó a memorizar nuestras direcciones. Uno de mis compañeros dijo que mi casa quedaba en otro país, más o menos.
No nos visitaban a menudo en nuestra casa de la infancia, nadie iba porque todo lo que mi madre y mi padre eligieron para nuestra vida tenía lugar en el centro de la ciudad. Íbamos nosotros y a qué costo. Creíamos torpemente que únicamente allí sucedían el amor, la amistad, el misterio y la fiesta. Era como si el barrio nos quedara más lejos que el centro, nunca aprendimos a andarlo del todo, mi padre y mi madre jamás nos dieron permiso. Apenas salíamos a hacer algún mandado. Una vez, nos invitaron a un cumpleaños. La mayor parte del tiempo vivíamos dentro del cerco, en un patio grande del que salíamos diariamente buscando el asfalto. Me resulta ahora demasiado familiar la sensación de querer escapar de un lugar del que uno no puede irse. 
Fue por aquellos días que empecé a pensar con más fuerza en la vigorosidad conceptual del centro como territorio eje del desarrollo cultural y emotivo de quienes habitan las ciudades. ¿Qué es el centro?, pensaba. ¿Acaso el lugar donde desembocan todos los colectivos? ¿Acaso el escenario de las primeras habitaciones, del prematuro asentamiento, del genocidio sistemático de las comunidades originarias? 
El centro como fenómeno ocurre en cada latitud, monstruo que se alimenta de de la periferia, que exige de ella mano de obra que sepa lustrar zapatos, vidrieras y copas, pero antes que nada, que sepa volver furtivamente, en silencio y en medio de la noche, a las habitaciones traseras del mundo, a los patios del fondo donde dice el patrón que pueden dormir, a aquel paisaje limítrofe que le contendrá a él y a sus crías obreras, que crecerán entre árboles y lagartijas, y a lo mejor algún día deseen las bondades que ofrecen el territorio central y el aglutinamiento, pero no todavía, porque a esa altura de la inocencia los árboles y las lagartijas siguen siendo más importantes que los edificios y los zapatos lustrados.
La idea del centro como territorio deseable -espacio donde sucede el mundo, entorno al que debe aspirarse- probablemente sea herencia de la Economía y la Guerra, que en el fondo tanto se parecen. El centro siempre se ha pensado como génesis territorial, origen de las avenidas, paisaje fundacional de los vínculos comerciales que fortalecen las urbes. Sin embargo, más allá del punto en el mapa o su proximidad con los puertos, me parece importante no perder de vista que lo que termina de parir “el centro” es su contracara, su contrapeso, el barrio, el margen, aquel lugar donde se asienta la lejanía como noción y el pavimento no es más que una constante promesa de campaña. En este sentido, el centro no estaría entonces determinado por su ubicación en sí, sino por las políticas municipales de explotación del espacio. 
El under, por ejemplo, es entendido como un lugar potencialmente implosivo: geográficamente se asienta en el centro, pero se le opone cultural y políticamente. Todo centro tiene su under y toda periferia tiene su centro, y me parece que esto se debe a que la relación entre ambos contextos es simbiótica, asociante. Así como el sistema educativo expulsa a las identidades disidentes para luego tomarlas como objeto de estudio (Wayar), el centro margina existencias y al mismo tiempo se nutre de sus experiencias. Se construye con manos de personas posteriormente expulsadas. La naturalidad con la cual se dan estos procesos da cuenta de la forma en que el poder es ejecutado dentro de la lógica habitacional. Los destinos geográficos de las humanidades son decididos desde una mirada aporofóbica. 
Llegamos a Rosario, junto mis cosas, bajo en la Terminal y allá lejos veo la Casita LGBT. Sonrío. Pienso que al fin de cuentas, la periferia es un poco una diáspora y que en todos lados hay periféricos dándole batalla a la lógica cruel del centro que, como un agujero negro, se expande al tiempo que se devora la luz. 

Buenas noches,
Juan.

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