Jazz y Racismo #4. Nina, la sediciosa

Fue la gran diva del jazz. Su interpretación de “Mississippi Goddam”, a través del cual interpela a su auditorio racista por el asesinato de un luchador contra la segregación, marcó para siempre su lugar en la pelea de los afroamericanos contra el racismo. Nina, su voz, su música, una pelea por la igualdad y su pelea contra un sistema enfermo de racismo. Cuarta entrega del dossier Jazz y Racismo para Sudestada.

Por Hugo Montero

Todo cambió esa tarde. Algo comenzó a hacerle ruido a la pequeña pianista de doce años que estaba a punto de ofrecer un concierto en una librería en Carolina del Norte. Sus padres no podían sentarse en la primera fila; los asientos para los negros eran los últimos de la sala y hacia ese lugar fueron, desplazados por los organizadores.

Ninguno protestó por la arbitrariedad, eran las reglas de la segregación. Pero Eunice levantó la voz: “Quiero que mis padres se sienten en la primera fila”, vociferó sin timidez. Nadie pudo ignorar la exigencia de la niña, que tomó nota y jamás lo olvidó. Hasta esa tarde, todo había sido perfecto. Su familia y su barrio habían alentado lo que parecía un prodigio de la música: Eunice Waymon, la sexta de ocho hermanos, parecía destinada a ocupar un rol destacado en la música clásica, quizá sería la primera negra en llegar a concertista a partir de un talento extraordinario con el piano y de una voz que había cautivado a todos en la iglesia metodista de Tyron. Es más, gracias al aporte de los amigos de su familia, solventaron el viaje de la pequeña prodigio y su familia a Nueva York para que se inscribiera en la escuela de música de Julliard. Todo parecía encaminado: con sólo atravesar la prueba de ingreso del instituto Curtis, su futuro como la primera concertista negra de la historia de Estados Unidos sería una realidad. Pero el destino suele ser caprichoso. A los diecisiete años, de frente a un jurado de profesores blancos, Eunice recibió el primer no de su vida. Todo había terminado. Los sueños de Eunice se habían sepultado bajo aquel rechazo que, indudablemente, estaba marcado por el lastre de la segregación racial: los jueces de Curtis no parecían muy dispuestos a ser la noticia del día por haber seleccionado a la primera concertista negra de la historia.

El único refugio posible para la joven Eunice fue una pensión de mala muerte en Nueva Jersey. Allí intentó mitigar la frustración mientras buscaba la forma más decorosa de comunicarles a sus padres que todo había terminado, aun antes de comenzar. Pensó también en dejar la música, pero la necesidad la empujó a las calles para buscar la forma de hacerse con un billete. La idea era ganar tiempo hasta juntar el coraje necesario para explicar su fracaso. Entonces, consiguió que la contrataran como cantante en un sórdido boliche nocturno. Sin chance de interpretar música clásica, Eunice fue incorporando un repertorio basado en clásicos del blues, el gospel y algunos himnos religiosos modificados para la ocasión. Intentó disimular su juventud como pudo: el pelo recogido, vestidos largos, la voz gruesa, el silencio como refugio.

Cada dos horas de recital en un bar irlandés de Atlantic City, se ganaba el derecho a quince minutos de descanso en los que aprovechaba para tomarse un vaso de leche, a escondidas de los borrachos del local. Temerosa de ser descubierta en aquel antro infernal por su madre (predicadora y religiosa de estricta moral), Eunice eligió desde 1954 un seudónimo: Nina Simone, en homenaje a la actriz francesa Simone Signoret, a quien admiraba desde que había llorado como espectadora de una de sus películas.

Tiempo más tarde, cuando fue ganando la admiración de un público sorprendido por la joven voz de aquella artista singular, Nina por fin les escribió a sus padres: “Estoy donde ustedes siempre soñaron que iba a llegar, pero no precisamente tocando Bach”. Aquella decisión terminó por cimentar una personalidad rebelde y camorrera, la de una joven que hizo de la música su espacio para subvertir el orden e incomodar a los auditorios pasivos. “Para la mayor parte de los blancos, jazz significa negro y jazz significa sucio, y eso no es lo que toco. Yo toco música clásica negra”, afirmó, irreverente como siempre.


Con la clásica balada “I love you, Porgy” alcanzó el reconocimiento, y en 1958 grabó su primer disco. Como era usual con los artistas negros, la estafaron a la hora de firmar el contrato. Después, llegaron de la mano las turbulencias del amor y los conflictos con el alcohol, pero también la mirada atenta ante una realidad que se filtraba en cada melodía. Amiga de Malcolm X, su participación activa en el movimiento por los derechos civiles fue una constante en su vida: consciente de su influencia, encabezó la marcha de protesta contra la segregación en Alabama, la misma que en ediciones previas se había frustrado por la irrupción de la policía y del Klu Klux Klan con armas y gases lacrimógenos. Además, grabó varias canciones marcadas por la protesta política y el orgullo negro, como “To be young, gifted & black” (un homenaje a su amiga, la dramaturga y activista política Lorraine Hansberry), y, muy particularmente, “Mississippi Goddam”, compuesta en marzo de 1964, poco después del asesinato del activista afroamericano Medgar Evers, un veterano de guerra que se había ganado el cariño de sus pares encabezando la protesta contra la segregación racial en Mississippi.

La interpretación de ese tema, que con el tiempo se transformaría en un himno, siempre fue un revulsivo en cada concierto de Nina: el recitado en la voz de Simone se asemeja a un reproche intimidatorio desde el comienzo, cuando arranca con el tema con la siguiente advertencia: “Cada palabra de esta canción va en serio”. “Alabama me ha afectado tanto/ Tennessee me hizo perder el resto/ y todos saben lo del maldito Mississippi”, comienza. Simone canta y recita mirando irascible a los ojos a su auditorio –blanco en su mayoría–, y sus palabras se alinean detrás de un ritmo constante, como el de una locomotora en marcha que va describiendo, paso por paso, la realidad de un presente de racismo: “Perros sabuesos en mi camino/ Niños en edad escolar sentados en la cárcel/ Un gato negro cruza mi camino/ Creo que cada día va a ser el último”.

Después de un multitudinario mitin donde habló Martin Luther King, Nina cerró aquel encuentro cantando las estrofas de “Mississippi Goddam”, acompañada por la voz de cuarenta mil almas, en sus estrofas finales: “Los piquetes, escuela de boicot/ Tratan de decir que es un complot comunista/ Todo lo que quiero es la igualdad/ para mi hermana, mi hermano, mi pueblo y yo./ Oh, pero este país está lleno de mentiras/ todos vamos a morir y morimos como moscas/ Ya no confío más en ti/ Y usted sigue diciendo ‘¡vayan despacio!’/ ‘¡Vayan despacio!’”.

La radicalización de la pelea por los derechos civiles contó con el aporte de Nina en primera línea, quien nunca dudó de que la violencia fuera la única respuesta posible a tanta impunidad. “Si me hubiera salido con la mía, habría sido una asesina. Habría sido genial. Si hubiera tenido armas, habría ido al sur y habría esparcido violencia y más violencia con disparos y más disparos. Pero mi esposo me recordó que no sabía nada de armas. Insistió en que lo que yo tenía era la música, así que le hice caso. Pero si de mí dependiera, habría usado armas”, confesó algunos años más tarde.

Perseguida por los recaudadores de impuestos y por el FBI, estafada por los empresarios discográficos, triste por los asesinatos de Malcolm X y del propio King, en septiembre de 1970 Nina decidió abandonar el país. Para ella, era el adiós a su United Snakes (Serpientes Unidas), asqueada de un país donde el racismo era un virus en todos los barrios del sur. Poco quedaba de aquellas utopías que la habían transformado en un símbolo de su pueblo: “Del país que habíamos soñado construir en los sesenta, sólo queda una pesadilla: Nixon en la Casa Blanca y la revolución negra transformada en música disco”, explicó decepcionada, antes de viajar primero a Barbados y luego a Liberia. En aquel exilio tormentoso, manifestó su solidaridad con las luchas de los pueblos del Tercer Mundo por su liberación, pero también se adentró en la pesadilla de sus adicciones y vivió pasionalmente cada romance como si fuera el último; hasta se enamoró del portero de un hotel en Barbados que jamás supo quién era aquella morocha inquietante que lo seducía con su voz jadeante y sus labios gruesos. Desde 2000 y hasta su muerte tres años después, se recluyó en Marsella, protagonizó algunos incidentes con sus vecinos y abrió las puertas de su casa a los fantasmas de la soledad, que la atacaron sin piedad. Tiempo antes, había confesado: “En todos estos años he recibido muy poco amor. Me obsesiona, sobre todo por las noches, cuando estoy sola”.

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