Juan Solá / Compre con orgullo

Querido Sur,

Qué agotador: junio acaba de empezar y las redes ya están vestidas de arcoíris. El mes del Pride, herencia de la resistencia travesti periférica, se despliega frente a nuestros ojos como una gran vidriera donde cada persona que se detiene a mirar anda cargando una tristeza dificilísima de explicar, una suerte de nostalgia colectiva que nos amontona y nos marca el resto de un camino por momentos interminable. 

Si algo nos enseñó la lógica del mercado es que quien llora, compra. La emotividad es un arma cargada de capitalismo que el marketing y la publicidad han sabido utilizar para emplazar sus productos discretamente en los rincones de nuestros nidos y en las profundidades de nuestros deseos. A las casas siempre les sobra plástico inútil, restos fútiles de momentos de bruma que nos arrastraron al consumo. Muchas de las cosas que poseemos son el resultado de nuestra mediocridad para discernir entre lo bello y lo útil, cosa que ya anticipó Aristóteles cuando dijo que lo bello es valioso por sí mismo y a la vez agradable, apreciado independientemente de su utilidad. Yo creo que ninguna cosa inútil puede ser bella porque la belleza debe estar supeditada no solo al valor espiritual que le atribuimos al objeto, al despertar de nuestra emoción, sino también a la forma que ha encontrado dicho objeto para desembocar en nuestra existencia: ninguna cosa que se haya instalado por la fuerza en el deseo puede ser verdadera; la belleza no puede ser forzosa. Interpreto que la belleza de un objeto debería estar dada, antes que nada, por su capacidad de construir un puente emotivo entre quien lo produce y quien lo adopta. Esos puentes hacen una trama comunitaria inexplicable desde la lógica salvaje de la acumulación.

A mí no me interesa ver cómo queda tu marca intervenida con los colores de la bandera del Pride, a mí me interesa ver cómo queda una torta atendiendo tu local. De nada le sirve la mujer trans sonriente mostrando tu producto en internet a las travas que resisten desde los márgenes del mundo. Yo no quiero que cambies la identidad de marca, yo quiero que tu posición económica de privilegio le cambie la vida a las existencias paridas en la periferia de la belleza instalada

Shop with Pride (compra con orgullo) nos pide el novedoso sticker que Instagram puso a circular durante el mes de junio y estoy de acuerdo: ¡comprá con Orgullo!, pero no con el orgullo de sentirte parte de un mundo que te desprecia, por el simple hecho de creer que esos seis colores que te miran desde el logo van a evitar que te sigan discriminando. 

Comprar con orgullo es comprarle a la marica que hace remeras, a la trava que amasa su propia vida sobre la mesa, harta de tanta esquina. Comprar con orgullo es decirle que sí a tu amiga torta que te ofrece pastelitos y a tu vecine no binarie que te pregunta si tenés ganas de cortarte el pelo. Comprar con orgullo es tomar conciencia de la existencia detrás de las manos que preparan tu comida y cosen tu ropa y, decime Sur, si hay cosa más bella que esa. Decime si hay cosa más urgente que entender que somos muchxs y podemos bancarnos si dejamos de poner nuestra guita en los bolsillos de los que nos escupen. Decime, Sur, qué puede ser más hermoso que destrozar todas las vidrieras y convertirlas en ventanas anchas por las que alcanzamos a espiar cómo mejora la existencia de aquellas personas que hace tanto vienen pidiendo una vida vivible. Estamos hartxs de sobrevivir, de pedir permiso, de bajar la vista.   

Hoy charlaba con Bruto, que me decía que hasta la idea de disidencia se ve teñida por ciertos cánones que se van instalando desde el discurso de la imagen. La urgencia de estar constantemente en alerta es un tanto angustiante, pero necesaria, no por nosotres solamente, sino también por todas esas infancias que transitan la hostilidad del mundo sin contar ni siquiera con la complicidad de quienes llevamos más tiempo andándolo. Entonces, compremos con orgullo, porque comprar es un término gélido hasta que la persona que recibe el dinero sabe que no le va a faltar techo, ni comida, ni medicina, ni amistad (que es otra forma de medicina). Hagamos intercambios, pensemos formas alternativas de economía que incluya a todas las personas. Hagamos de la belleza una forma soberana de entender el mundo como lo que es: una enorme red donde cada humanidad es un nudo que le da forma.  

Buenas noches,

Juan.

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