Juan Solá / Destino de plástico

Querido Sur,

cada vez estoy más convencido de que un viaje es una chance para ir a buscarse a una misma.

El sábado me subí a un micro para ir a una cita médica y aproveché el viaje para visitar a Aries, que ahora vive en el campo y a veces piensa tanto, que la mente no sabe qué responderle y se pierde en una circularidad que le asfixia, que le hace creer que la Tristeza es una constante y no un pasillo por la cual vamos alejándonos de cada uno de nuestros terrores.

Aries mira el cielo, que el domingo estuvo limpio, y se pregunta cuánto le falta para poder escaparse de sí mismo, como si fuera posible, y en todo caso, como si fuera urgente. Me temo que ha pasado demasiado tiempo convencido de que la mente es una cárcel. Yo me arrimo y le miro los ojos negros y hondos como el Paraná y le pregunto si supo alguna vez de una cárcel tan húmeda y tan bella, pero Aries habita la Tristeza hace rato y no alcanza a comprender la intención de mis palabras. Siempre resultará agobiante atravesar el territorio hostil de la miseria ajena para alcanzar un corazón que agoniza allá lejos; un corazón que no es el nuestro, pero se le parece demasiado.

Este amigo que fui a ver y que tanto se parece a mí (sé que por eso lo visito, porque en su presencia es como encontrarme conmigo mismo) nunca tuvo oportunidad de pensar en los derrumbes de la carne. En su mundo, todo fue siempre sostener. Sostener y demostrar constantemente que a uno le alcanzan las manos para hacer mínima cada implosión, cada íntima tragedia. Hacer de la propia experiencia una exhibición de fuerza para juicio y satisfacción de quienes nos instalan las excusas del escudo, los detalles del horror de un mundo del cual debemos defendernos constantemente. Nos educan para soldados, nos mandan al frente de batalla y si vencemos, serán ellos los que recibirán las medallas, y si morimos, serán ellos quienes contarán nuestra historia.

Aries me pregunta quiénes son ellos, le digo que son los dueños de la pluma con la que se escribe el mundo; que hace falta arrebatar esa pluma, recuperar la tinta. Aries responde que está harto de las guerras en las que siempre sale perdiendo.

Ritualizamos el encuentro con la convicción infantil de la posibilidad de erigir un mundo con solo nombrarlo. Hicimos del futuro un pájaro que se asoma al río con las alas abiertas e inmóviles. El futuro cantó para nosotros más allá del horizonte fumigado. Nos prometimos que algún día volveríamos a sentirnos como si estuviéramos en el patio de la escuela un 21 de septiembre, en pantalones cortos y con los ojos llenos de curiosidad.

Hablamos de la necesidad de transformar los escenarios que nos contienen, de apropiarnos del Destino como quien atrapa con las manos un pez. Comprendimos de inmediato que, como aquel pez, el Destino tendrá el estómago lleno de plástico. Yo no quiero un Destino de plástico, le digo a Aries, que mira el cielo limpio. Quiero que sea el Destino como un cristal de nieve, con lo inevitable de sus bordes y la particularidad de su diseño. Sea el Destino de cada quien como aquel cristal, que al mismo tiempo que se somete a la matriz, se apropia del patrón. Será como aprender a reconocer las batallas, digo, pero Aries insiste en su hartazgo de la guerra. Las representaciones divinas siempre me resultaron la cosa más mundana: un Dios de la Guerra que ya no quiere pelear es como un profesor de educación física que no quiere correr la vuelta a la manzana con los pibes. Yo no podía dejarlo entregarse a semejante vulgaridad. Me rehúso a ser testigo de lo marchito. A pesar de que devolverle a Aries el instinto de combatir me resultó siempre impensable, allí estaba yo, inclinado sobre él, amarrado al verde que rodeaba los vapores fantasmales de su existencia, entregándole mis armas, suplicándole que despierte del letargo.

Aries me dice que prefiere la paz y yo le aseguro que la paz es un invento de los que siempre han estado a salvo. Que si el Destino no es caos, si es solamente este orden inmundo, debemos aceptar entonces que hemos perdido la última batalla hace tiempo y no nos hemos dado cuenta, como las estrellas que vemos y que ya están muertas, diría Yuste.

En el caos pienso revolviendo la mochila, buscando el pasaje. Son ahora las tres de la mañana y la terminal fluorescente es mi único refugio. El frío es un hombre más alto que yo, parado a mis espaldas, exhalando sobre mi nuca. Veo su holograma desparramado sobre el vidrio de la estación y luego vuelvo a verlo sobre la ventanilla, del lado de afuera del colectivo.

Subo al micro, el frío me da tregua, retira de mis hombros sus dedos de hielo. Lo veo a través del vidrio colocando las manos en los bolsillos, leyendo con pupilas grises el cartel del colectivo que dice Buenos Aires. Por esta noche me dejará dormir porque sabe que las noches duran menos para los que andan la ruta. Irá a esperarme allá, en la ciudad que no mira el río. Me pregunto si Aries dormirá esta noche. Pienso en lo poco que sé sobre la gente que amo.

Buenas noches,

Juan

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