Juan Solá / La génesis del hambre

Querido Sur,

Me siento a escribir mientras espero la cena. La olla de barro desprende el perfume de una casa cuando hace frío; el aroma vaporoso de las verduras y el laurel le ofrecen a esta escena de objetos inmóviles una intimidad inesperada, como si la cocina sucediera debajo de una cobija pesada, sobre una cama donde dos se acarician. Cada cosa que se manifiesta en invierno hace pensar en refugios, como si fuera el frío el primer espejo de nuestro deseo de estar a salvo. 
Vengo pensando en la comida obsesiva y torpemente. Obsesiva la gota constante que cae sobre mi coronilla y produce un sonido, como un eco húmedo, que pregunta una y otra y otra vez qué vamos a comer ahora. Torpe yo, buscando a ciegas en una ciudad de plástico un trozo de alimento, a veces con éxito, a veces lleno de un conformismo que me espanta.  
Escuchaba más temprano a una médica Ayurveda explicar que alimento es todo aquello que entra por nuestros sentidos. En consecuencia, una comida decente poco puede hacer por un cuerpo que constantemente traga rabia, oye lamentos y observa miseria. La mujer explicaba cómo la antigua civilización hinduista pensaba al mundo como un gran templo hecho de pasión, inercia y el equilibrio entre ambas cosas y cómo, en consecuencia, organizaba la alimentación en torno a la búsqueda del equilibrio energético de cada ser. 
Frente a la categórica crueldad del Tiempo, sin embargo, cualquier intento de pensar la alimentación más allá de la noción de respuesta al hambre es cubierto con un manto de misticismo que despoja al asunto de sus significados atávicos. Poco podrá hacer la filosofía hinduista por el padre que cocina a contrarreloj cuatro porciones de lo que había en la heladera antes de subir a un tren repleto, por la niña siria que mastica pensando en el sonido del concreto explotando en mil pedazos, por aquella otra infancia que como los árboles, crece en silencio y en el monte y nada llega a escuchar jamás acerca de soberanía alimentaria. ¿Cómo puede el futuro comenzar en un plato tan cargado de injustos ayeres? Y sin embargo ahí está el mañana, desperezándose sobre la lisura de la loza, configurando con precisión perturbadora los permisos de existencia de cada quien. 
Me resulta impensable elucubrar retorcidos juicios sobre lo que para cada persona significa el alimento, especialmente en una sociedad tan hundida en la publicitaria impronta del fast food y cargada de significados convenientemente religiosos acerca de la bondad del pan. La historia de la acumulación que somete al obraje podría medirse en la cantidad de veces que a la prole se le permite repetir el almuerzo o en la forma en que los asados se distribuyen entre las efemérides de los calendarios pegados a heladeras viejas, en cocinas diminutas, para mal disimular el sufrimiento que les representa la celebración.  
Mientras algunas personas piensan en comida, otras sueñan con ella. Mientras yo puedo darme el lujo de decir que ya no comeré queso porque pobres las vacas con las tetas venosas y llenas de pus, una mujer en un supermercado se mete un pedazo de cremoso debajo de la pollera para hacérselo con pan y mate cocido a sus hijas esta noche. La experiencia con la comida es un territorio demasiado personal como para darnos el lujo de criticarlo sin compromiso real, solo por el anhelo de satisfacer el morbo del ciudadano ilustre, aquel sujeto modelo que es vegano, asceta y si te descuidás, couch.  Aquella holografía de lo deseable, como los vecinos sonrientes de Truman que al mismo tiempo vigilaban su deseo de ir más allá del mar. Ese que cree que está salvando el mundo apuntando con el dedo y se olvida que el mundo está hecho también de personas hartas del perro sarnoso que le gruñe en las vísceras exigiendo satisfacción. Por eso nos dicen que no hablemos con la boca llena. 
¿Sin gluten? ¿sin conservantes? ¡como sea! ¿Integral? ¿Al vapor? ¡como venga! El mundo es hostil con quienes problematizan la comida, pero mucho más con quienes ni siquiera sospechan que un plato vacío es excusa suficiente para alzar la voz, porque el plato también es político. 
Sospecho que quien no tenga tiempo para pensar en lo que come (ya sea porque así lo prefiere, porque nunca había reparado en ello o porque en su mundo la comida se constituye como un interrogante cotidiano, como una aparición milagrosa) probablemente tampoco se detenga a pensar en las decisiones y caprichos de terceros que le enfrentan ahora a esa porción, siempre miserable comparada con el banquete de los propietarios. Si somos lo que comemos, creo que es hora de dejar de atragantarnos de injusticia. 
Antes de hacer un juicio sobre lo que pueden poner sobre la mesa otras personas sobre las que nada sabemos, pensemos en la Génesis del hambre, en sus formas siempre crueles; preguntémonos si las condiciones para que el hambre exista no estarán sostenidas en la saciedad de otros, como vos o como yo. Cuando llegue la hora, ¿tendrás el coraje de señalar la barriga del satisfecho antes que el plato del miserable? ¿Estarías dispuesto a dividir tu ración? ¿Cuánto demorarás en llegar al fondo del plato? Las cucharas de los pobres siempre descubren la loza antes. La conciencia alimentaria tendrá que ver con lo sátvico y lo vitamínico, sí, pero antes que nada, con la urgencia de reconocer nuestro lugar de privilegio en la mesa del Tiempo: el futuro es un premio al cual solamente pueden optar quienes comen. 

Buenas noches,
Juan.

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