La amistad como otra forma de amar

 ¿Cuántos contenidos audiovisuales sobre el amor romántico y cuántos sobre la amistad conocemos? En la mayoría de las películas y series mainstream, el amigo es el personaje secundario y aunque no lo sea, con él o ella se habla mucho tiempo sobre la pareja. Incluso si pensamos en series conocidas que tienen como protagonistas a un grupo de amigues, el amor romántico está siempre ahí, pinchando. Lo mismo con muchos libros y obras de teatro. El romance es un género en el cine y en la literatura. La amistad todavía no. 

Por Florencia Da Silva

Sin embargo, siempre hubo voces en los márgenes, que miraban desde una perspectiva distinta, y en el último tiempo aparecieron muchas otras. Hace muchísimos años Simone de Beauvoir escribió la novela Las inseparables, que pone el foco en una amistad cargada de amorosidad que quedó trunca. Está el libro Las Amigas, de Aurora Venturini; nuevas apuestas como Ya llegará – Margo Glantz y Tamara Kamenszain, que nos muestra las cartas que se mandaron ambas escritoras a lo largo de los años. Películas como Frances Ha que retratan la amistad de una manera que nos conmueve e identifica. Series como El fin del amor, que nos deja espiar algunos vínculos complejos y preguntas sobre la amistad, y también otras como Grace and Frankie, que relata el vínculo de dos amigas en la vejez. 
Sin embargo, en el inconsciente colectivo -aún en generaciones más jóvenes- todavía quedan restos del “Dios, patria y familia”. Y en la familia entra la pareja en muchos casos, o se convierte en tal, o tiene el objetivo de serlo. Aparece la pareja como lo principal, como ese objetivo a cumplir, el vacío latente cuando todavía no apareció esa persona que supuestamente nos completará. Está en la búsqueda frustrante, en la decepción cuando no funciona como esperábamos, en las largas charlas con amigues, en las aplicaciones de citas y en la gran cantidad de tiempo que le dedicamos cuando estamos en una relación. 
En el esquema tradicional, la pareja es el núcleo y los demás orbitan. Sería extraño para la mayoría si dos amigues vivieran juntes demasiados años o en edad adulta. Posiblemente dirían que en realidad son pareja -en muchos casos probablemente sea verdad-. Es raro para muchas personas vacacionar con amigues después de los 30, a menos que hayan enviudado o que vayan junto a sus parejas. Son unos locos los que piensan en tener un hijo en común, cuando no son pareja. Los que se abrazan mucho. Las que se dan la mano. Les que se dan un beso. Los que pasan “demasiado” tiempo juntos.  
“A veces nos sentimos solas porque no hay una pareja o porque hay un proyecto de pareja que se ha roto y, en realidad, es el momento en el que estás más acompañada porque está todo tu entorno pendiente de tí, están preocupados y te están haciendo un acompañamiento muy bonito. Es un núcleo que está ahí a las duras y a las maduras sin hacer esos cálculos tan extraños que el pensamiento monógamo nos ha metido: cuánto tiempo vamos a estar juntos, cuánto cuidado vas a invertir ahí… Cosas que tienen que ver más con el lenguaje bancario que con nuestras vidas”, dijo la escritora española y autora de “El desafío poliamoroso” Briggite Vasallo en una entrevista. 
A la amistad la cargamos menos. En muchas épocas queda en un segundo plano y pareciera que en la adultez solo entra en algunos fines de semanas al año. Tal vez por eso, como dice Vir Cano, es lo que también ha abierto un poco el juego para ese tipo de vínculos. “A veces ponemos cierta distancia (física y/o temporal) de algunas amistades, y no por eso necesariamente ese vínculo se termina. Cosa que rara vez ocurre en una relación romántica. Quizás sea ese pequeño y a la vez gran espacio de formas (no hay un único modo o temporalidad para las amistades) lo que hace que muchas veces se puedan sostener por más largo tiempo que las parejas; aunque hay que decirlo, los amigxs también parten, nos abandonan, nos decepcionan, nos dejan, incluso nos rompen el corazón y nosotrxs a ellxs. Y eso puede doler, y mucho, pero es parte de las posibilidades que se juegan en los vínculos de amistad también”, sostuvo le filosofe Vir Cano en una entrevista para Sudestada.
En la amistad encontramos un refugio de las hostilidades que nos golpearon en nuestros vínculos -familiares o románticos-. En muchos casos representa un espacio más ameno, con más amabilidad a la hora entender los pifies, menos reglas para cumplir, más paciencia ante la falta del otro. En la mayoría de los casos sabemos que no tiene la fragilidad del amor romántico tradicional. Nos perdonamos más, nos exigimos menos. Con nuestras grandes amigas sabemos que ni la distancia ni el tiempo que pase va a modificar lo que sentimos. Aunque por supuesto que puede haber complejidades: cientas. Peleas, distancias, diferencias, decepciones, toxicidades, violencias. Amistades que se cortan, de manera paulatina o de un día para otro. Incluso esos dolores, esas pérdidas están minimizadas y pocas veces nos permitimos llorar a nuestros amigos, duelar los vínculos que ya no tenemos.  “No estoy tan segurx de que haya menos desencuentros en la amistad que en el amor romántico o de pareja; lo que sí pienso es que están un poco menos penalizados, y un poco menos codificados, además de que son capaces a veces de encontrar maneras de resolución que en una pareja son imposibles o muy rara vez imaginables. También pienso que nos faltan relatos e imaginarios en torno a los duelos amistosos. Que están, ocurren, y forman parte de nuestras historias y heridas de vida”, reflexionó Cano, autorx de Po/éticas Afectivas.
La amistad también es amor. Vivimos experiencias similares a las que podríamos tener con una pareja. Nos enamoramos, tenemos momentos de más intensidad, nos amamos. “¿Cuál es el sentimiento innominado que, bajo la etiqueta convencional de la amistad abraza su corazón nuevo, entre el asombro y los trances, sino el amor?”, dice Sylvie Le Bon en el prólogo de Las inseparables. Pienso en mis amigas y sostengo la idea de que son los grandes amores de mi vida. Aquellas que me van a escuchar, sostener la mano, ponerme los puntos cuando hace falta y contenerme cuando la cosa se pone fea. Son ellas, las que están siempre ahí a lo largo de los años, para tomar un vino cuando hay que festejar, darme la mano para que me levante y para poner curitas sobre las heridas, al menos por un rato.   

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