“La belleza es un dispositivo para disciplinarnos a las mujeres”


Lala Pasquinelli es artista, activista, abogada y fundadora de Mujeres que no fueron tapa. Junto al colectivo publicó el libro #NOSTENEMOS Historias de sororidad, y también inició la campaña Hermana Soltá La Panza, que busca mostrar la diversidad corporal e invita a liberación de nuestros cuerpos, y que ahora se transformó en una muestra en el Centro Cultural Recoleta. En exclusiva con Revista Sudestada, Pasquinelli hablo sobre los mandatos de belleza, los modelos de opresión, su obra y la salida colectiva de esta hegemonía que violenta a tantas personas.

¿Cuál fue la búsqueda con la campaña Hermana Soltá la panza? 
Nos interesaba que estas imágenes trascendieran el nicho de quienes nos miran, de quienes se acercan por estos temas que nos interesan a nosotras. Hay algo en esas imágenes que en algún momento te frena a que te quedes mirando y escuchando los audios, los testimonios que son super importantes que son las historias leídas en las voces de las mujeres de nuestra comunidad.
En ese estar y encontrarnos con nuestras historias, ir construyendo estas pedagogías que queremos construirlas juntas, desde el compartir los saberes y experiencias. Nosotras tratamos de llevar a la acción esta práctica del feminismo que es hacer político lo personal todo el tiempo. Porque creo que tiene que ver con esto de no ser habladas y que seamos nosotras las que podamos identificar las opresiones o nuestras propias historias escuchando las historias de las otras. Hay algo muy potente en esto de que la foto salga de lo virtual. Encontrarnos con cuerpos que se nos parecen. Si bien estamos rodeadas de cuerpos que se nos parecen, todo el tiempo, pero esos cuerpos no están validados socialmente. Son cuerpos que tienen que estar adelgazados, o adelgazándose, o que están fallados, o que están en transición, como dice Brenda Matto, yendo hacia ser cuerpos “como deben ser”. Y eso nos invisibiliza: a las otras y a nosotras.
Si nos ponemos a pensar, las influencers, las mujeres de los medios, las protagonistas de las series, de la música, las que son parte de esa construcción del ideal de belleza, no son tantas personas, y la mayoría no nos parecemos a esas corporalidades. Sin embargo, ese ideal construído con tan pocos cuerpos, con tan pocas personas, nos hace creer que todos los cuerpos deberían ser así, cuando la mayoría no lo somos.
La belleza es un dispositivo para disciplinarnos a las mujeres. Modela toda nuestra vida desde que nacemos hasta que nos morimos, nunca se detiene, modela nuestro tiempo, modela nuestros gestos, nuestros hábitos, nuestra billetera. Naturalizamos la violencia, naturalizamos  la incomodidad, naturalizamos la inmovilidad, callarnos, ocupar poco lugar y ser agradables a la vista porque vamos a ser valoradas por esa belleza. Le debemos belleza al mundo y punto final, lo demás que hagamos no importa.
Por eso, poner a circular otras imágenes, de nosotras, de nuestros cuerpos, de mujeres que están disfrutando, que están viviendo, que están existiendo y haciendo, son muy importantes. 


¿Qué disparadores aparecieron a partir del lanzamiento de la campaña en redes sociales y la exposición en el centro cultural? 
La campaña tuvo la particularidad de sostenerse en el tiempo en la profunda convicción de que hace falta tiempo para que pasen cosas, para que la conversación crezca, para que sea nutritiva y por capas, para que podamos seguir creciendo en la conversación. En estos contextos de velocidad de las redes sociales sostener una conversación es muy contrahegemónico, es difícil, así que eso fue un factor fundamental.
Arrancamos preguntando cómo aprendimos a meter la panza y empezamos a hablar de toda esta pedagogía de meter la panza y esto da cuenta de que es un dispositivo político, porque hay una educación que recibimos desde que nacemos que nos dice que nuestro cuerpo tiene que ser de una determinada manera. Y lo de la panza es casi universal: te lo dijeron en tu casa o lo hiciste por imitación o te hicieron bullying en la escuela, pero más o menos es la historia común de todas.
Mientras hablábamos de eso, íbamos recibiendo las fotos, muy tímidamente, porque al principio costó recibir las primeras fotos. Después surgieron  muchas conversaciones sobre lo que nos generaba vergüenza, qué cosas dejamos de hacer por este ideal de belleza en el que casi nadie encaja, y después ver esto de cuáles son las panzas válidas, las fundamentaciones del “por qué la panza”. Luego empezamos a recibir mensajes que decían, “es la primera vez que veo un cuerpo como el mío”, o “yo no sabía que había panzas como la mía”. A mí eso me emocionó a niveles que no puedo explicar, lloré mucho todos esos días porque es recuperar una parte tuya y pegartela, una parte que te faltaba, y volver a sentir que está bien como sos, que no sos un error del sistema ni de la naturaleza. Sos vos como tantas son. También apareció en la conversación todo esto que nos roba el ideal de belleza, nos roba la potencia, nos roba el tiempo, la posibilidad del disfrute, el goce, la ternura, el erotismo, deserotiza todos nuestros cuerpos porque los únicos cuerpos erotizados son esos cuerpos hiper delgados, aniñados, los que muestra el porno, el cine, etcétera.
La verdad es que la invitación era a salir de la vergüenza, y salir implica diferentes cosas para cada una. Salir de este modelo de opresión, salir de esa vergüenza por todo lo que nos dicen que no tenemos derecho o no nos corresponde porque no somos como se supone que debemos ser. Cuando eso empezó a pasar, también genera mucha imitación, y me parece super potente también como reflexión. Esto de empezar a ver normalidad en nuestros cuerpos cuando veíamos el de las otras, que también nos hace mierda estar expuestas todo el tiempo a esos cuerpos que no se nos parecen. Contándonos nuestras historias fuimos creando una pedagogía y aparecieron las herramientas para ir soltando la panza y las gestualidades que tenemos que adoptar si queremos ir a otro lugar, construir comunidad y tener vidas más dignas.

Recientemente sacaron su primer libro, Nos Tenemos, que recopila historias de sororidad. De alguna forma, viene a intentar ayudar a desarmar esta etiqueta que nos impusieron de que las minas somos jodidas, que nos odiamos entre nosotras, que somos falsas y competitivas  ¿Cuál fue la búsqueda de este libro?  ¿Cómo fue la experiencia de estar en contacto con esas historias tan potentes? 
Fue super intenso lo que pasó con este libro. Con las historias que nos empezaban a llegar a partir de las preguntas ¿alguna vez te ayudó o recibiste ayuda, ayudaste a otra mujer, conocida, desconocida? Empezaron a llegar estas historias profundamente conmovedoras, donde había mucho para aprender entre nosotras y creíamos que debía circular. Algo contado por nosotras mismas, contando cómo ayudamos a otras mujeres y no un manual que te lo venga a contar no sé quién, sino nosotras mismas contando. La idea era seguir creando esta pedagogía de cuidado entre nosotras y hacia nosotras mismas. También salir de la virtualidad y que quede un registro histórico de cómo vivíamos las mujeres en nuestra época, cuáles eran las opresiones a las que nos exponían. El libro también habla de eso. Nosotras somos todo el tiempo ayudadas por otras porque todo el tiempo estamos expuestas a las violencias, no estamos seguras en ningún lugar, el lugar de las mujeres es el no lugar. No estamos seguras en nuestras casas, en la calle, en los trabajos. Pero por suerte nos tenemos a nosotras mismas y a las otras en esto de que las violencias las tenemos normalizadas en nuestras vidas, esa experiencia que sólo otra mujer entiende.

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