La máquina de mostrar los dientes / Juan Solá

Querido Sur,
Vengo cargando una pereza tremenda a razón de verme envuelto en situaciones burocráticas de la vida adulta. Le rehúyo a la palabra “trámite” hace bastante. Durante muchos años fui empleado y eso me organizaba de cierta forma. El acto de depender, organiza. El acto de depender indica qué hacer, proporciona linealidad a quienes no esperan otra cosa que órdenes pero también al absurdo incomprensible del tiempo, tan caótico y a la vez poliédrico. 
Después de “sonreír mostrando los dientes”, como me exigía la aplicación de AFIP para validar mis datos biométricos, me quedé con ese gusto amargo de la mueca impuesta. No debe haber mayor prueba de adultez que sonreír por la fuerza, sin ganas, por obligación. Sonría, lo estamos filmando. Sonríe, Jesús te ama. En qué momento la humanidad terminó convertida en una máquina de mostrar los dientes. 
Cuando dejé de ser empleado, me escapé a un pueblo brasileño y anduve de ilegal un tiempo en un último esfuerzo por estirar como a un chicle sin sabor una adolescencia que me pedía a gritos que la suelte. Entonces se enfermó papá y tuve que volver y enfrentarme a los trámites y al hecho de que había crecido. El tiempo me enrostraba su inapelable existencia. Me resulta amargamente poético que el padre y el niño hayan muerto el mismo día. Me llené la boca negando el reloj, pero cómo puede un ser inferior atreverse a negar la hiperonómica dimensionalidad donde está preso. Era la mosca en la tela negando la araña. 
Franco me dice que el árbol del patio recién nos dará pomelos en enero y respondo que no falta mucho (aunque falte tanto) porque el tiempo, al fin y al cabo, termina siendo poco para todo lo que se nos presenta como un milagro. Me pregunto si seré el fruto que añoraba el hombre que esperó hasta enero para conocerme, pienso en sus manos frías, pienso en sus dientes mordiéndome la pulpa y en la palidez mórbida de su eterno descanso, y no entiendo cómo puede todo eso caber en este ahora tan diminuto, tan efímero. El tiempo es flexible, como la capacidad de un niño para perdonar. Mi adultez hoy se parece a sonreírle a los aparatos mientras espero las frutas. No debe haber mejor definición para esta modernidad robótica.

Buenas noches,
Juan.

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