La paradoja de la pala abandonada

Existe una serie de criterios que determinan si una pieza de información tiene el potencial para convertirse en una noticia, pero convengamos que hoy por hoy, cualquier cosa puede recibir la atención suficiente si sabemos a quién mostrársela. Podría decirse que hay una noticia para cada perfil de consumidor, aunque me parece que sería un poco dar por sentado que cualquier cosa es noticiable, cuando se supone que no es así por todo aquel asunto de los criterios.

Por Juan Solá

Más temprano me llegó al teléfono una placa de noticias con el titular: “Insólito: una pala estuvo dos días en una parada de bondis, nadie se la robó y la foto se hizo viral.” Los comentarios acompañando la publicación me hicieron pensar que se trataba de un meme, pero no. “Para qué van a llevar? Alergia”, “Se les va a romper una uña”, decían mis colegas, y yo terminé buscando la noticia para ver si todo aquello era cierto.
Una búsqueda rápida de palabras clave me llevó de inmediato al portal de Crónica. Todo el asunto ocurrió en un barrio de Formosa. Los vecinos vieron la pala y sacaron fotos para ver si daban con su propietarix. Como nadie la reclamó, una señora se la llevó a su casa. Ahí termina la historia.
¿Cuál es la noticia?, me pregunté, entonces. ¿El hecho de que la foto se viralizara? ¿Lo insólito de que nadie se haya robado el objeto, que permaneció durante dos días en una parada de colectivos? ¿Por qué un medio de comunicación nacional invertiría tiempo y recursos editoriales en convertir este dato tan random en noticia?
Nunca falla: dime sobre qué escribes y te diré quién es tu público. Es impresionante como una foto de una pala abandonada es capaz de exaltar los discursos más retorcidos, colocando una persona ficticia como chivo expiatorio, y resulta que esa persona siempre es la misma: el pobre. El pobre que no se roba la pala porque le tiene alergia al trabajo, porque el pobre es vago, pero ¡ay del pobre que se lleve la pala! Porque además de ser pobre, pasará a ser chorro. Y no hay nada peor que un pobre que roba, nada más peligroso, porque uno puede ser pobre pero no perder los modales, porque como dice la Lucy, nadie dice soy rico, pero honrado, pero el pobre tiene que avisar que no afana, que no mata, que no pasa falopa. Lo cierto es que el único ladrón que molesta es el ladrón pobre. La noticia aquí podría ser que en un barrio de Formosa un grupo de vecinos y vecinas se organizó para devolverle su herramienta de trabajo a unx obrerx, pero evidentemente genera más views, más comments y más likes pintar todo de amarillo.

He aquí la paradoja de la pala abandonada: si la dejan, son vagos, si la llevan, son chorros.
El pobre pareciera no tener derecho a optar jamás por una categoría que le destaque alguna virtud. La gente que se cuelga de la luz solamente es mala si es pobre, porque si tiene una pastelería en Belgrano la cosa cambia. La gente que usurpa terrenos es mala si es pobre, porque si viene de Italia con los bolsillos llenos de euros, hasta le dejan usurpar lagos. La gente que se apropia del espacio público con fines comerciales es mala si es pobre, si vende chori, algodón de azúcar, remeras Adida y Niko, no si vende sánguches hechos con galletitas de agua a mil mangos a la gente que vive en Buenos Aires pero entrecierra los ojos y sueña despierta que está en París. Qué cosa terrible que nos colonicen hasta la imaginación.
Nuestra aporofobia es tan constante como invisible. La ejecutamos y negamos al mismo tiempo. Disfrazamos el odio con la excusa de los modales y las buenas costumbres, construimos la imagen del pobre no desde la persona empobrecida, no desde la urgencia de la justicia social, sino desde las perversas ideas del mérito, del esfuerzo y de la voluntad, porque el que quiere, puede. Spoiler alert: es más fácil conquistar la voluntad con pan, tierra y trabajo. Levantarse cada día y tender la cama es una conquista, pero tener una cama debería ser un derecho. No se tienden las sábanas de concreto. No se doblan las frazadas de cartón. No se compran dólares cuando asfixia el alquiler, por más esfuerzo que una haga. 
Y el pobre que dice que el pobre es pobre porque quiere, realmente hace un esfuerzo para no querer ser pobre, pero no le sale, no puede, y supongo que al menos encontrará algo parecido al consuelo en decir que el pobre es pobre porque quiere, como si de alguna forma aquello lo alejara un poco de la pobreza, o en todo caso la hiciera más digna, como esas pobrezas de la gente que dice no nos sobraba nada, pero nunca nos faltó para comer.
Uno piensa que está hablando de vagos, de chorros o de honrados, pero en realidad solamente está hablando de pobres, y hablar de pobres así, tan desde afuera, es peligroso, porque cuando vengan por los pobres, por todos los pobres, no comprenderás a tiempo que llegó tu momento de defenderte.

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