Las flores son para los muertos

Por Gabriel Rodríguez Molina

Hoy cargo una rosa arrancada en un jardín ajeno, camino por el cementerio, voy por una callecita angosta en esta ciudad de los muertos. Tengo una flor roja en una mano y en la otra un cigarro austero. Me perfuman las tumbas, las cruces y ese olor a incienso. Piso las frágiles hojas que ha dejado el invierno. Las flores marchitas apagan el alma, me digo para adentro. Casi que se pierde el sol del otro lado del cielo. Desde atrás de las cúpulas me viene un tarareo, una canción que desconozco si te soy sincero, una melodía que me toma por asalto, que toma por asalto mis labios, mis ojos, mis huesos, una melodía que me llega como si me llamara a su encuentro. Hasta que apareces, te veo al fondo de la callecita angosta, la tercera desde la entrada al cementerio, doblo hacia la izquierda y voy a paso lento, poco a poco me acerco, tu sombra cae entre lápidas y floreros, entre la hojarasca vieja y el trinar de los jilgueros. Te veo, sí … ay … te veo. Te veo pero aún lejos, muy lejos, salís de la estatua como en una niebla envuelto, misterioso en tu vetusto aposento, y yo sigo silbando esa melodía mientras camino, ese pequeño rezo y vos me esperas ahí, no decís nada, nada de nada, sos solo silencio. Te acercas de a poco, venís a mi encuentro. Tomas el cigarrillo de mi mano, yo, con las manos temblando, te lo prendo. Como si nada sacas el humo por la boca y te pones de perfil: Pose de tanguero. La ciudad parece encallar en tus ojos negros como si allí se cruzaran todas las esquinas y los espejos. Ah la flor …la flor que te traje, por un segundo, me la quedo. No sé cuál es el justo momento, dudo, tiemblo, amago a dártela, quiero que sea perfecto pero me miras de reojo y me decís: Amigo, mejor cante un tango, las flores son para los muertos. 

Con tono arrogante me miras, pitando el faso, sabiéndote eterno. Para los vivos, tabaco y … alguna copita ¿No es cierto? Retrucas, siempre canchero. Miro mis manos, tengo miedo, pero vos te reís, terminas el faso y te volvés ahí arriba, a donde estabas antes de este momento. Nada de esto, puedo jurarlo, nada de esto fue un sueño. El humo, tu sonrisa, tus ojos, todo verdadero. Te miro, hacia arriba, de nuevo. Guardo la flor en el saco y sin más me vuelvo. Camino despacio, total no hay apuro en el cementerio, voy con las manos detrás de la espalda, silbando bajito con tu recuerdo. Voy entre cúpulas, santos y rezos, pero tus ojos me vuelven un espectro. Los ojos de Gardel, me digo, los ojos de Gardel: donde confluyen todas las calles del tiempo ¿Y mi voz? Me preguntas, allá a lo lejos. Y tu voz, mudo … qué decir de tu voz … si es la voz de todo un pueblo. De repente, un zorzal se me posa en el hombro y me quedo quieto. El pájaro empieza a cantar esa melodía desconocida que sale de mi propio cuerpo, esa que cuando llegué había tomado mis labios como un cuenco. 

Salgo, feliz, contento. Dejo atrás el rosado cementerio, por la Chacarita voy, me dejo llevar por las luces y dejo que el pájaro que reposa en mi hombro me cuente un cuento. Contemplando la augusta figura del atardecer voy con el rostro hacia el viento, veo como detrás de mí quedan las callecitas olvidadas de los barrios ajenos, pero yo respiro hondo, se me agranda el pecho y el pájaro … el pájaro se queda allí, sobre mi hombro, como si él fuera tu propio aliento. Rompo la flor que te he traído y me voy, como pez en el agua en la ciudad me pierdo, la pesadumbre trasluce de silencio, golpea y golpea durante las noches de invierno, pero cuando estoy triste, ahora, el zorzal canta y canta con esmero, me alegra los días y yo le digo que cante más fuerte, como vos, con sentimiento, y silbo esa extraña melodía que nació en aquel momento, aquella canción misteriosa que se perdía entre los templos. Entonces, como si de una revelación se tratara, una visión de brujo ciego, es que me doy cuenta que realmente de mi voz ahora estás naciendo. 

Extraído de “Aventuras de un Zorzal en el cielo” trabajo inédito de Gabriel Rodríguez Molina.

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