Lealtad

Al primer sorbo del mate me di cuenta que tenía gusto a humedad. Rezongué por no haberlo lavado bien antes de irme a Chascomús la semana pasada. Al lado mío, entre las hendijas del deck, estaba Lolo. Me ponía la pata en la pierna con sus uñas largas intentando rescatar alguna sobra. Le expliqué que yo a la mañana no comía nada sólido porque me levanto sin hambre. Como vi que me había entendido, por el movimiento de sus orejas, creí que era lo suficientemente inteligente para echarle la culpa por lo del mate. Pero no me salió. Le acaricié la cabecita, le bajé la pata de mi muslo porque empezaba a lastimarme, y decidí abandonar el mate por un té de manzanilla. 
Hirvió rápido el agua. Agarré la taza de Evita que me habían regalado en una donación, y me quedé observando unos minutos más el patio, pero ahora a través de la ventana de la cocina. No lograba distinguir si el crecimiento atolondrado de las enredaderas seguía siendo rústico o comenzaba a parecer desprolijo. Lolo tampoco podía ser el culpable de eso.
En el baño empecé a maquillarme. Pasé el lápiz labial rojo que también había venido con la donación, junto a la taza de Evita. Pensaba en los labios de mi mamá, que siempre los tenía brillantes y prolijos incluso para salir a comprar pan. Me reí de su herencia, pensando en que mis planes de hoy tampoco eran demasiado sofisticados. Quedé hermosa y el vestido amarillo con flores me lo reafirmaba. Planché con las manos la tela, agachando la cabeza, para corroborar que no quedara ninguna arruga; tomé un trozo con cada una y, volviendo a mirar al espejo, revoleé el vestido hacia los costados como si me encontrara bailando un folklore. En medio de mi espectáculo, sonó la bocina del micro y salí disparando. Agarré la cartera, que también había venido con la donación. Era como un juego utilizar todo lo que me donaban hasta que los objetos comenzaran a sentirse viejos. Era divertida la idea de encarnar a alguien desconocido en su forma de vestir y en sus detalles más mundanos, como una taza de té. Mientras me iba, Evita miraba desde la taza, con el rodete firme y la boca frente al micrófono. 
Con los tacos altos esquivé los pocitos de tierra que tenía en la entrada, de los que sí Lolo tenía la culpa.
Abrí el portón notando las primeras miradas y lo cerré de espaldas al micro sonriéndole a mi casa y prometiéndole volver antes de que se haga de noche. Subiendo el primer escalón, se me dobló el taco y El Tano me atajó en el aire. Sé que las chicas de adelante pensaron que lo hice a propósito y tenían un poco de razón. Tal vez estaba un poco predispuesta a caer sobre los brazos de El Tano que eran fuertes y velludos. Le agradecí desviando la cara por la vergüenza, pero estoy segura que ambos sonreímos un poco pensando en los mensajes que nos habíamos enviado la noche anterior. Quería preguntarle qué planta era la de su foto de perfil. Yo en realidad lo sabía, eran unos helechos medios raros, pero quería preguntárselo de todos modos. Contuve las ganas y seguí caminando hasta el fondo del micro, sobre el suelo de goma, esquivando como pude las miradas de envidia que ponían las de adelante. Envidia o vergüenza. Yo, en cambio, estaba orgullosa de cargar bajo el vestido unos notorios cincuenta años y unas tetas gigantes que habían decidido esperar para caerse.
Al final del micro estaba Momi, que también tenía un poco de vergüenza. Pero después de un rato se daba cuenta que yo era la más divertida y que hablando conmigo ella también liberaba un poco la mujer que tenía ganas de ser. Aparte, era la única que le preguntaba cómo estaba con su marido, que había caído preso hace dos semanas en una persecución con la policía. Me convidó unos mates libres de humedad, con un sabor riquísimo que me calentaron un poco el espíritu. Solamente el espíritu porque el cuerpo ya hervía dentro de ese micro con mucha goma en su interior y con mucho verano ahí afuera. Le dije a Momi que tenía que pasarse una tarde por casa a ver la feria. Tengo una blusa lila que sé que le va a quedar perfecta. Ella sonríe y dice que va a pasar, pero yo no le creo. Cuando cruzamos la General Paz, intento contarle en voz bajita que ayer me mandé mensajes con El Tano, pero Momi es medio sorda y el micro frena de golpe porque hay una caravana gigante con gente de todo el país. El Tano se acerca al pasillo y pregunta quién puede ayudar a armar las banderas y yo pego un salto ofreciéndome. El grupo de las de adelante revolea los ojos y me río nerviosa porque un poco las entiendo. Quiero adelantarme y explicarles que no lo hago para llamar la atención. Que realmente me emociona armar las banderas porque recuerdo mucho a cuando lo hacía con mi mamá. Ella, en vez de una taza tenía muchos libros de Evita que tuvo que enterrar con el tiempo. También quería decirles que  si grito y salto es porque estoy un poco loca. Al menos eso siempre me dijo el padre de los chicos.
Me ahorro las explicaciones, y bajo a organizar las cañas y las banderas. Momi me ayuda torpemente y entonces le doy mi celular y le pido que saque unas fotos, y  al micro, y a ella, y a El Tano, y al grupito de las que me detestan. Una foto a todo lo que pueda ser fotografiable alrededor. Ella es un poco tímida entonces apenas pudo sacar tres o cuatro. Aunque yo no dejé de darle ideas mientras me clavaba algunas espinas en las manos. Insatisfecha, las mandé al grupo que tengo con mis hijos y agregué dos o tres selfies para que vieran lo lindo que me quedaba el labial y el vestido. Contestaron rápido y le mandaron saludos a Momi porque la conocían a través de un comedor comunitario. 
Caminando por la calle voy saltando. Recuerdo esa canción que sonaba en una propaganda de manteca cuando era chiquita, y pego pequeños saltitos que levantan un poco el vestido. El Tano se da cuenta y se ríe desde el frente de la columna y yo le devuelvo una sonrisa provocativa. Saco el celular para corroborar con la pantalla que el lápiz labial no se haya corrido y escucho mientras me acomodo apenas la comisura con el dedo índice, el comentario de las de adelante –ya las bauticé así porque no se ven con muchas ganas de que les pregunte el nombre y Momi no los sabe-.
 — Che, ¿es el día de la lealtad o un cumpleaños de quince?- dicen entre risas.
Sé que lo dicen por mí y por mi vestido y por el labial y por los saltitos entonces para que se revuelquen en la bronca salto unas veces más casi dejando al descubierto la colaless que, a propósito, no me vino en la donación. Esa sí la compré yo porque con la ropa anterior no doy tregua, ni siquiera para meterme en la vida de Juana de Arco. Pero parece que ahora los saltitos también le incomodaron a Momi porque sin que me diera cuenta se esfumó y se puso muy cerquita de las envidiosas de adelante. Entonces yo sentí un poco de vergüenza y me dediqué a caminar como el resto, mirando para abajo y planchando con las manos el vestido para que dejara de moverse tanto. Vi que Jorgito, uno de los pibes que toca el redoblante, se estaba prendiendo una tuca en la parte de atrás de la columna, y disimulando ajustar el elástico del taco, dejé que la gente siguiera caminando. Esperé a que Jorgito pasara por al lado mío. Él lo entendió todo porque no era la primera vez que fumábamos juntos y antes de que le preguntara ya me lo estaba pasando en la mano.
 — ¿Son flores? 
 —¡Nah! ¡Aguantá! Es un prensadito que pegué ayer volviendo del laburo
Yo le dije que mejor porque las flores pegaban muy arriba y me daban ansiedad y que prefería fumar prensado. Me dijo que estaba loca, pero en un tono distinto al que lo decía el papá de los chicos. 
Loca estuve unos minutos más tarde después de darle dos sequitas a pulmón y toser con Jorgito al lado esperándome para seguir caminando. Y casi sin darme cuenta, volví a dar unos saltitos cantando la misma canción de antes. Caminando por la calle voy saltando. 
Reí de mí misma pensando en la censura que me habían hecho las envidiosas de adelante. Eso tiene el porro: libera de la gilada. Se lo digo siempre a la psiquiatra aunque no le gusta tanto que fume mientras atravieso los primeros meses con Paroxetina. 
Frena la columna y quedo cerca del Tano y de las de adelante. Momi la verdad es que se puede ir bien a cagar porque no se acercó nunca más. Veo de reojo la cabeza redondeada y calva del Tano, que se inclina para mirarme las piernas, y yo lo codeo. Él se pone pálido y devuelve la mirada al frente. Siento del otro lado un tirón fuerte en la manga del vestido que me hace perder un poco el equilibrio. Una de las envidiosas de adelante empieza a insultar tan rápido que me cuesta entender lo que dice. 
 —No te hagas la boluda rubiecita, ¡eh! Que vi los mensajitos que te mandaste ayer con mi marido.
Giro instintivamente hacia El Tano y me doy cuenta que desapareció muy habilidoso en esos quince segundos que pasaron. La vuelvo a mirar a ella, con miedo y culpa. Intento explicarle la confusión, mientras comienza a sonar el himno nacional. Aunque, a decir verdad, no era ninguna confusión. El Tano me había hablado tirándome onda y jamás me había dicho que tenía esposa. De haberlo sabido nunca le hubiese respondido porque yo también fui cornuda y si hay un lema que tengo desde que estoy separada, es con todos menos con casados. Ella, la envidiosa que ahora me urge saber su nombre para explicarle, no me escucha y sigue gritando violenta mientras las trompetas del Himno comienzan a zumbarme en los oídos. Dice que me va a cagar a trompadas. Y yo le creo. Tomo aire, inflo el pecho, y le digo que bueno. Que ella puede cagarme a trompadas, pero que yo no voy a mover un  solo dedo. Esa frase me la contó mi hijo cuando otro muchacho le quiso pegar, pero no había funcionado. Le había pegado igual y llegó a casa con toda la ceja rota. 
Vi que la envidiosa no atinó a darme ningún golpe, tal vez, porque ya se me salían las lágrimas por el miedo. Le dije, casi abusando de mi suerte, que si no iba a hacerme nada entonces me dejara tranquila y también que sea más respetuosa, porque ahí en frente suyo estaba sonando el Himno Nacional. Miré hacia el escenario con la frente en alto, pero con las lágrimas aún saliendo como catapultas. Pensé en mi vieja. Y en Evita.
Canté el himno en voz alta, obstruyendo la angustia y las ganas de decirle al Tano que era un flor de sorete. Mis ganas de pedirle perdón a la envidiosa. Mis ganas de condenar a los hombres para siempre. Nico siempre decía que quería una mamá lesbiana y mientras entonaba oh juremos con gloria a morir, yo solo pensaba oh que ganas de hacerme lesbiana. Cuando todos aplaudieron al final, aproveché para salir de la columna y tomarme el ciento sesenta que me dejaba cerca de casa. Subí y, en vez de envidia, vi en un muchacho de adelante una mirada de deseo. De todos modos no estaba preparada para ninguna aventura esa tarde. Me senté en la parte de atrás y les conté a mis hijos en el grupo que estaba volviendo a casa porque estaba triste. Nico me dijo cosas lindas y mandó unas fotos de cómo le había quedado el corte de pelo que se había hecho hace un rato. Sofi no me respondió, seguro estaba ocupada estudiando, pero al rato le mandé la foto de un mural que vi desde el colectivo, con la misma frase que ella había enviado hace unas noches. 
Que sentir no de vergüenza. 
Me planché el vestido con las manos y me crucé de piernas evitando mostrar la bombacha. Cerré los ojos para intentar dormir hasta cruzar de nuevo la General Paz y entrar, finalmente, a la cálida y acogedora Provincia de Buenos Aires.

Luca Andrea Mele nació el 18 de febrero de 1997 en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Se crió bajo el sol del conurbano bonaerense en el municipio de Almirante Brown. Fue allí que trabajó en la Coordinación de Diversidad y Géneros. Es actor, poeta y escritor. Publicó su primer libro Pogo (2019) y el segundo -de acceso gratuito- Mirar a través del fuego (2020) ambos con la Editorial Sudestada. Actualmente reside en Barcelona y brinda encuentros de poesía marica Argentina.

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