Lenguaje y poder: un campo de tensión

¿Cuánto significado producimos al usar el lenguaje de una u otra maneraEn este artículo, Mercedes Bruno realiza un análisis de los usos del lenguaje en la literatura rioplatense a través de obras de Mansilla, Arlt y Oyola, y caracteriza los modos en que se cristalizan las relaciones de poder, desde la conquista española hasta el lenguaje inclusivo. 

Por Mercedes I. Bruno

La llegada del lenguaje inclusivo provocó que la sociedad actualizara el debate histórico entre la lengua y el poder. ¿Cuánto significado producimos al usar el lenguaje de una u otra manera? ¿Cómo se construye la “lengua oficial”?  
Bourdieu propone que la lingüística busca aceptar tácitamente la lengua oficial y que esa resulta de un proceso social y político: “La lengua oficial va íntimamente unida al Estado, tanto en su génesis como en sus usos sociales. En el proceso de constitución del Estado es cuando se crean las condiciones de la constitución de un mercado lingüístico unificado y dominado por la lengua oficial: obligatoria en los actos y en los espacios oficiales”.
A partir de Saussure se considera al lenguaje como la realización práctica de la lengua; es dinámico porque se articula con la comunidad que lo utiliza. Por lo tanto, el lenguaje reproduce la asimetría social de la comunidad que lo pone en funcionamiento. 

La conquista del hombre blanco 

Como latinoamericanos/as podríamos rastrear los orígenes de la construcción de la lengua dominante actual desde la llegada de los españoles a América. La colonización fue un proceso en el que se impuso una cultura, un lenguaje y un sistema económico. Somos hablantes de español, pero de un español muy distinto al que se habla en la Península Ibérica, sin embargo como comunidad naturalizamos que la Real Academia Española siga siendo una institución legitimadora de nuestro lenguaje. En Argentina no hablamos español ibérico, ni castellano, sino distintas variables locales, como el rioplatense en Buenos Aires o el cordobés en la provincia de Córdoba. 
El cuestionamiento fue formulado por la escritora Claudia Piñeiro en el Congreso Internacional de la Lengua Española del 2019. Allí, la autora propuso que el evento se llamara Congreso Internacional de la Lengua Hispanoamericana, como una forma de abrazar la diversidad a través de las múltiples maneras de hablar y escribir el español, que tenemos en Latinoamérica. 
La relación entre lengua y poder es fundacional en la cultura latinoamericana; una cultura en la que los dominados tuvimos que aceptar la lengua impuesta por el conquistador, como lo refiere Piñeiro. Esta relación de asimetría se vuelve a dar en la conquista del hombre blanco frente a los pueblos originarios.
En la literatura latinoamericana aparece frecuentemente la figura del “lenguaraz”; que era un o una “conquistado/a” que hablaba su lengua nativa y la del conquistador; era una pieza estratégica para las negociaciones entre el mundo blanco y los pueblos originarios. Mansilla describe esta actividad: “Ser lenguaraz, es un arte difícil; porque los indios carecen de los equivalentes de ciertas expresiones nuestras. El lenguaraz no puede traducir literalmente, tiene que hacerlo libremente, y para hacerlo como es debido ha de ser muy penetrante”. 
Mansilla era un hombre blanco que pertenecía a la elite cultural y política de la época. Manejaba con ductilidad inglés y francés además del español; incluso transcribió citas en lengua extranjera en el libro mencionado. Observamos que el latinoamericano tuvo que aprender las lenguas dominantes como el inglés y/o el francés para insertarse en la alta sociedad; pero no se enseñan lenguas originarias de las comunidades locales, que muchas veces eran habladas por personajes subalternos dedicados al servicio doméstico de las familias adineradas de la ciudad. 
A pesar de su condición de políglota, Mansilla mencionó la dificultad de aprender y hablar la lengua de los ranqueles. Él interactuó con un lenguaraz que es un personaje valorado y necesario, pero sobre quien caían, al menos, dos sospechas. En primer lugar, la duda sobre la fidelidad de la traducción; en segundo lugar, el cuestionamiento por el manejo de la información ¿Sería este personaje fiel a su dominador o lo traicionaría? La figura del lenguaraz se asocia con la del espía. Por ejemplo: cuando el cacique ranquel le asigna a Mansilla una mujer, Carmen, para que lo acompañe y asista en su misión, escribe: “Carmen fue despachada, pues, con su pliego de instrucciones oficiales y confidenciales por el Talleyrand del desierto, y durante algún tiempo se ingenió con bastante habilidad y maña. Pero no con tanta que yo no me apercibiese, a pesar de mi natural candor, de lo complicado de su misión, que haber dado con otro Hernán Cortés habría podido llegar a ser peligrosa y fatal para mí…”. 
La figura de Carmen es productiva para el análisis porque, además de la problemática del lenguaje, incluye lo que hoy en día llamaríamos problemática de género. Una mujer en la campaña militar; una mujer con más saberes que los hombres y cómo ese poder se inserta dentro del proyecto de Mansilla e hizo que él replanteara algunas decisiones y estrategias. Observaremos el carácter excepcional de Mansilla, que como hombre blanco buscaba celebrar un tratado de paz con los habitantes de tierra adentro y también intenta aprender la lengua de los dominados. Esta excepcionalidad tendrá consecuencias en la carrera militar de Mansilla cuando regrese a “tierras civilizadas”. 

Buenos Aires: una ciudad cosmopolita 

Buenos Aires es una urbe que responde a parámetros arquitectónicos europeos. Su situación de ciudad portuaria le ha otorgado un carácter cosmopolita. A principios del siglo XX se modernizaba y los jóvenes escritores de entonces le daban voz a ese proceso. La metrópolis era hablada por sus artistas; los más encumbrados pertenecían a la elite socioeconómica. Inicialmente figuras como Leopoldo Lugones marcaron el universalismo cultural y, luego, Jorge L. Borges, Victoria y Silvina Ocampo, Oliverio Girondo profundizaron la transformación con la inclusión de las vanguardias europeas y traducciones tempranas, en la literatura argentina. Sin embargo, nos preguntamos qué sucede cuando un autor le quiere dar la voz al otro Buenos Aires; a los suburbios, a la marginalidad que se aleja de la épica nacional y de la figura del gaucho. 
¿Qué sucede cuando se incorpora el lenguaje urbano? Reflexionaremos a partir de la figura de Roberto Arlt (1900-1942), hijo de inmigrantes pobres, y que tuvo que trabajar para sobrevivir toda su vida. La escritura de Arlt no es un mero ejercicio estético, sino un medio de vida. Trabajó para los diarios Crítica y El Mundo; como escribía los policiales del diario estuvo en contacto con proxenetas y delincuentes. La literatura de Arlt incorpora la jerga de la calle; la marginalidad y la miseria de las grandes ciudades. Personajes como Silvio Astier de El juguete rabioso (1926) o Remo Erdosain de Los siete locos (1929) muestran la otra cara de la moneda. Denuncian cómo es vivir en el lugar del subalterno; exhiben con desprecio que la meritocracia no existe para los postergados. Ellos, como alter egos del autor, buscan cambiar de roles, “salir de pobre” de cualquier forma y la violencia de su búsqueda se manifiesta en el uso del lenguaje. “Toda la vida llevaré una pena…una pena…La angustia abrirá a mis ojos grandes horizontes espirituales… ¡pero qué tanto embromar! ¿No tengo derecho yo…? ¿acaso yo?…Y seré hermoso como Judas Isacariote…y toda la vida llevaré una pena…pero… ¡ah! es linda la vida, Rengo…es linda y yo…y yo a vos te hundo, te degüello…te mando al “brodo” a vos…sí, a vos …que sos “pierna” que sos “rana”…y yo te hundo a vos… sí, a vos”. 
Roberto Arlt fue criticado por escribir mal; en una de sus Aguafuertes porteñas (1933), incorporó una crítica, realizada por José María Monner Sans, en la que se refiere al uso del lunfardo como una amenaza para el lenguaje y como vulgaridad propia de los barrios excéntricos a la capital. Algo que se aleja de los altos valores que defienden los intelectuales argentinos. Arlt compara el uso de la gramática con el boxeo y dice: “Con los pueblos y el idioma, Señor Monner Sans, ocurre lo mismo. Los pueblos bestias se perpetúan en su idioma, dado que, no teniendo ideas nuevas que expresar, no necesitan palabras nuevas o giros extraños; pero, en cambio, los pueblos que, como el nuestro, están en continua evolución, sacan palabras de todos los ángulos, palabras que indignan a los profesores, como lo indigna a un profesor de boxeo europeo el hecho inconcebible de que un muchacho que boxea mal le rompa el alma a un alumno suyo que, técnicamente, es un perfecto pugilista”.
La comparación entre el uso del lenguaje y el boxeo incorpora la violencia ejercida por quienes utilizan la lengua oficial y resisten la modificación del statu quo. Se evidencia que la llegada de las voces de la calle a la literatura fue una pelea que quienes protagonizaron la renovación, como Arlt, tuvieron que dar. 

El conurbano bonaerense y sus lenguajes 

La novela Kryptonita (2009) de Leonardo Oyola pone en escena a una banda de “forajidos” oriundos del barrio Los eucaliptus, que desafía el determinismo social y “compensa” las desigualdades y los condicionamientos sociales con métodos heterodoxos. Kryptonita exhibe el derrotero del sistema de salud en el conurbano bonaerense. Propone que dicho sistema –como también podría ser el sistema educativo– efectiviza las diferencias sociales. Esas distinciones también se transparentan en los distintos usos del lenguaje.
La banda de Nafta Super respondió con violencia a la violencia estructural que fue ejercida contra ellos. El líder de la banda es Pinino o “el Súper”, lo acompañan: Lady Di, una travesti; el Ráfaga; Juan Raro; El Faisán, El Fede, que es un policía de la Federal, y una chica paraguaya Cuñataí Güirá. Todos tienen una historia de postergación, marginalidad y búsqueda de la identidad. Cada uno de los personajes fue víctima de un sistema excluyente y discriminador; ya sea por ser inmigrante como Cuñataí Güirá, por ser huérfano como Federico, por travesti como Lady Di o sencillamente por ser pobre, como todos ellos. Ellos irrumpen en la guardia del hospital Paroissien para que atiendan a Pinino. El médico que los recibe y que protagoniza la historia es un subalterno; un trabajador precarizado. 
Oyola deconstruyó la idea de la heroicidad en la literatura épica tradicional para pensar en la heroicidad en el conurbano bonaerense. Las diferencias sociales están potenciadas por los distintos usos del lenguaje de los personajes. La novela se inicia con una digresión del médico sobre el uso del verbo “obitar”. “Obitó es una palabra, un verbo, que jamás se pronuncia en una clínica privada. Porque donde hay dinero de por medio es otro el procedimiento. Porque si se paga es para recibir algo diferente. Algo mejor (…) La práctica igual avala. Pero podrían recibir algo mejor. El consuelo de tontos es que peor están los que no tienen obra social. Y esa es una verdad irrefutable.” 
Cuando el doctor pronuncia el verbo “obitó” realiza un acto de habla, produce una acción con la simple enunciación de esa frase. Por un lado, cambia el estado del paciente de convaleciente a fallecido y, por otro lado, el lenguaje delimita quiénes quedan mejor o peor amparados por el sistema de salud y quiénes son excluidos. 
La banda incorpora el consumo y la cultura de masas en sus conversaciones: canciones, avisos publicitarios, malas palabras y personajes de la televisión argentina de los años 80, como el doctor Socolinsky y los muñecos Carozo y Narizota.  Destacaremos al personaje de Cuñataí Güirá, que habla en guaraní y solo su novio la comprende. Ella casi no habla; es una mujer joven e inmigrante paraguaya. Su mutismo es una metáfora; los delincuentes de la banda tienen “menos voz” que un trabajador de la salud precarizado; pero entre los que no son oídos frecuentemente, hay algunos que parecieran predestinados al silencio como Cuñataí Güirá.  

El lenguaje nunca fue inclusivo 

Los tres ejemplos referidos responden a tres momentos históricos distintos; en cada uno de ellos se observa que el uso del lenguaje no es inocente, sino que exhibe un estado de cosas.  
Roland Barthes en La lección inaugural  afirma que la relación entre lengua y poder es insoslayable. Propone al lenguaje como una legislación y a la lengua como aquello que ejecuta la legislación. En sus términos, nosotros/as como hablantes no vemos el poder que hay en la lengua porque olvidamos que la lengua es una forma de clasificación y como tal es opresiva. La lengua está al servicio del poder, es su vehículo y la única forma de libertad es fuera del lenguaje. 
El lenguaje nunca fue inclusivo y su dinamismo se debe a conquistas sociales, que encuentran resistencia en los sectores hegemónicos. Las autoras Calsamiglia y Tusón refieren que en momentos de crisis social se dan vacilaciones en el uso de términos que se adaptan a las nuevas situaciones sociales, por ejemplo términos como: familias ensambladas y/o matrimonio igualitario, etc. Estas incorporaciones suelen tener un signo democratizador en el uso del lenguaje. 
En la actualidad, la misma comunidad lingüística que utiliza neologismos como “googlear” o “whatsapear” sin ningún cuestionamiento; alza voces sobre normativa del lenguaje cuando se incorpora el uso de la “e” o se da la flexión de género femenino en cargos ejecutivos relevantes: “Es interesante constatar que la referencia de persona (deíctica o nominal) constituye un ámbito del sistema lingüístico sensible a los cambios sociales y culturales, ya que en la vida social la desigualdad entre personas por razón de edad, sexo, origen étnico o clase social se plasma en el uso lingüístico (…) Uno de los ejemplos recientes más claros ha sido la progresiva adaptación de formas de género para las referencias a cargos de mujeres: concejala, jueza, catedrática, abogada, arquitecta, médica”, explican Calsamiglia y Tusón en Las cosas del decir. Manual de análisis del discurso. 
Otro ejemplo de resistencia es el que cita la Dra. Graciela Morgade en Mendoza durante el 2019, cuando una Vicedirectora fue separada de su cargo y de la escuela por presión de las familias por haber dicho “todos, todas y todes”. Morgade refiere que las búsquedas sociales dirigidas a poner nombre a quienes se sienten fuera del discurso público están en ebullición. La discusión sobre el lenguaje inclusivo es un paso más en las tensiones propias de la democratización de la sociedad y, por ende, del lenguaje. 
Como comunidad hablamos y somos hablados/as por el lenguaje que usamos. Cómo decimos aquello que decimos habla mucho de nosotros/as. Como sostiene Beatriz Sarlo “la lengua nos ocupa a nosotros más de lo que nosotros ocupamos a la lengua.” 
Según Heidegger el lenguaje es la casa del ser y los pensadores y poetas son los guardianes de esa morada. En buena hora aparecen en la historia personajes como los lenguaraces, como Roberto Arlt, como Oyola que renuevan esa casa. Bienvenido el momento en que la juventud tiró unas cuantas paredes y construyó una casa más amplia que se propone que nadie quede afuera. 

Esta nota fue publicada originalmente en revistabordes.unpaz.edu.ar

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