Llave equivocada

Por Marcela Alluz (*)

Los vecinos de la casa del lado se habían ido de vacaciones y le dejaron la llave a mi madre para que regara las plantas de su amado jardín. Yo la miraba salir por las tardes, abrir la puerta de la reja altísima con una llave que pendía de una herradura de acrílico con siete agujeros. Movía la perilla del grifo y el agua salía de la boca abierta de la manguera. Había achiras, geranios, begonias, calas y todo tipo de plantines de flores de color.

Mi infancia espiaba con ojos de transgresión atravesada bajo las cejas. Recordaba uno por uno los nombres de quienes vivían en la casa y el exacto color gris perla de la renoleta break en la que se amontonaban cuando subían a ella. Los apreciaba, era amiga de las hijas y algunas veces jugábamos juntos varones y mujeres a trepar en los paraísos de la cuadra. Una siesta me enojé con mi madre por algún motivo que no puedo recordar. Ella, como siempre que se enfadaba, se guardaba detrás de su silencio y me hería con eso más que con cualquier gesto que pudiese haber hecho. Yo me escondía, esperaba horas detrás de algún mueble o debajo de una mesa, deseando, con el corazón entre los dientes, que ella me buscara. Creo que jamás se le pasó por la cabeza buscarme. A veces simplemente dejaba de verme.

De reojo la miraba pasar ensimismada en sus cosas, el cigarrillo en la boca, el aire preocupado, las manos ocupadas, siempre. Intentaba con llamarla y cuando respondía, volvía a quedar callada esperando intrigarla, rogando que levante el mantel pesado bajo el que mi niñez esperaba sus ojos. Muchas veces desistí de ese juego y paseé mi desolación en forma de enojo o de muda pena. Pero esa siesta mi mirada dio con la llave que pendía de una herradura acrílica con siete agujeros. El diablo me tomó el cuerpo y la sangre espesa de coyuyos me circuló envenenada por las manos. Abrí la reja sosteniendo la llave apretada para que no crujiera, entré con los pasos flotando al jardín del lado y arranqué una por una del barro húmedo las raíces de las plantas. Deshojé todas las flores, desabrojé cada brote y cada tallo. Cuando terminé de hacerlo, y me comenzaba a ir, vi los macetones intactos al lado de la ventana. Me acerqué a ellos y los tumbé con toda la fuerza y zaña de que fui capaz. Salí, di dos vueltas de llave, y en el último segundo, supe, antes de verla, que la renoleta gris perla estacionaba al frente de las rejas que acababa de cerrar.

Me fui corriendo, entré a mi casa, me encerré en el ropero y esperé. Esperé el sonido del timbre, los gritos, el asombro, los pasos de mi madre con el cinto en la mano, sus ojos preguntándome por qué.

Nada. Puro silencio. La tarde pasó y se hizo la noche. Salí a cenar con los ojos clavados en el piso esperando una cachetada, un reto, algo. Cenamos en silencio, las mismas charlas vacías de siempre, los ruidos de los cubiertos, el vino vertiéndose en la copa que ella después llevaba al cuarto.

Mientras mi madre terminaba de lavar los platos, me acerqué cautelosa por detrás.

Yo fui, le dije.

Giró, me miró a los ojos. Movió la cabeza con una resignación infinita.

Ya lo sé, dijo. De vos siempre espero lo peor.

(*) Es narradora, su último libro es Brasas.

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