Marcha

Con Adrián nos conocemos hace poco, pero es como si fuésemos íntimos de toda la vida. Tanto es así, que ya nos volvimos compadres. El viernes fue su cumpleaños, y después de muchas vueltas (porque Adrián vive en esos barrios de calle de tierra donde se extravía hasta el gps) llegamos.
Su casa es como él: sencilla y cálida, humilde y prolija. Armamos una ronda de sillas y nos presentó a todos: a los sobrinos, a los primos, a los seis hermanos, a los otros cuatro ahijados (y sí, él es de esa gente a la que le dejaríamos lo más preciado en caso de que nos llegue la hora y nos toque irnos).
La mesa se va llenando de papitas, empanadas, sanguchitos, un poco de lo que cada uno trajo. Hace un tiempo que los cumpleaños son a la canasta, sino es imposible. Arranca la ronda de cerveza, Coca, fernet. Ya está sonando la cumbia, después salsa. Un primo quiere sacar a bailar a la hija de quince años de Adrián y vuelca un vaso de vino. ¡Alegría! gritan todos, y se apura Maru (que desde que llegamos está dele trabajar en la cocina) con un repasador y los carga con que no tomaron todavía y ya están borrachos.
Entonces pienso “ya está, se armó el cumple”.
Pero falta todavía la invitada más importante o, por lo menos, la que yo más espero: la vieja.
Me la paso pispeando la puerta, y por fin llega. Trae una fuente con dos docenas de empanadas fritas, le cuesta bastante caminar. Adrián la abraza, la acompaña a sentarse en el sillón y le dice “gracias viejita, vos sabés que son mis preferidas”. El sillón está justo al lado mío. Entonces de vez en cuando, para no incomodarla, giro y la miro.
Ella tiene las manos arrugadas, y esas manos me cuentan de la fuerza con que estrujaron tantos trapos, lavaron tantos pañales, tejieron chalecos para el frío, cosieron trenzas en el pelo, apoyaron en la frente para tomar la fiebre, dieron palmaditas a pulso para que los bebés se queden dormidos.
Esas manos revolvieron la olla cuando en el barrio rugía el hambre. Pelaron miles de papas, amasaron cientos de tortillas, pelaron cientos de huevos calientes, sirvieron miles de platos. Ella tiene en la cara pliegues donde se va escondiendo el paso del tiempo, son las huellas que quedan en la arena de la piel donde la ola del porvenir esconde todos los secretos, todo el olvido.
Cuando me ve, me abraza y me dice:
–¿Cómo andás?, ¿qué hacés acá, si yo te vi hoy en la tele?
Yo hago una pausa, no sé qué decir. Entonces Adrián me mira, me guiña el ojo y le hace una broma.
–Seguro, vieja, porque esta es muy famosa. Ojalá se acuerde de los pobres cuando se vaya para arriba.
Entonces pienso si será que con algunos nos conocemos y con otros nos reconocemos. Porque ya nos conocimos, pero lo olvidamos. Quizá todos venimos de las aguas amnióticas de la amnesia para darle una vuelta más al paseo por la vida.
–¿Hoy es tu cumple o el mío? le pregunta y se ríe –¡qué distraída! ya me olvidé ¡qué tonta!
–Ella se está empezando a olvidar, pero no se lo recordamos para que no se ponga triste –me dice mi compadre.
Me lo dice un poco con dolor y otro poco como pidiendo disculpas. Yo puedo ver ese dolor que las compuertas del dique de las palabras frenaron en la garganta pero que secuela, inefable, en la mirada. Me lo dice con la ternura de quien preserva a un hijo, con esas pequeñas mentiras piadosas que lo protegen del mundo feroz y salvaje. Esas que tanto le habrán dicho a él de pibe, y que ahora, como la vida siempre nos da la vuelta, le toca a él decirlas.
Yo veo cómo se lo toma, cómo bromea, cómo la cuida, y lo admiro tanto. Lo admiro en su heroísmo invisible y cotidiano. Entonces pienso que quizá para los que nacimos o crecemos en condiciones desfavorables tomarse la vida con humor, no ceder a las inútiles garras del dramatismo, es una estrategia de supervivencia que termina convirtiéndose en una filosofía de vida. Que quizás la vieja ya está lista y se toma todo ligera, como si estuviera yendo a sus propias despedidas. Porque tener un hijo así, con todas las cualidades de un buen tipo, de un compañero, es ya poder decir “cumplí mi misión”, es sentirse realizada.
Quizá ella olvida porque su cabeza ya hizo muchas concesiones, muchos esfuerzos, o quizá porque también nuestro cuerpo es como una casa donde las luces de las habitaciones se van apagando de a poco, de a una, hasta que llega, como en una obra de teatro, el apagón final. Yo la miro y me siento débil, pequeña, hasta estúpidamente vanidosa. Soy diminuta frente a semejante pedazo de historia. Entonces, Adrián le dice:
–Contale de cuando llegaste a Buenos Aires, a esta le va a gustar.
Todos se ríen, ya la escuchamos mil veces a la historia. Me miran y se compadecen.
–Guarda que si te agarra a contar no te larga más.
–Mirá que si le preguntás qué almorzó hoy no sabe, pero esa anécdota la repite como si fuera el preámbulo.
Pero yo sí quiero escuchar, me siento como una nena frente a la pantalla y hago un esfuerzo descomunal por abrir los ojos y los oídos, para ser una esponja que absorba todo y que no se me escape nada, ni una palabra en medio del barullo del cumpleaños.
Y entonces me empieza a contar… “Cuando con mi mamá vinimos a Buenos Aires, estábamos solas. O sea, era madre soltera, algo que hoy en día es muy común, pero en aquella época era un escándalo. Nos fuimos a vivir a una piecita, pasamos mucho hambre, era difícil conseguir algo y la mami no quería dejarme sola. Necesitaba un trabajo donde me pudiera llevar. Un día la vecina nos contó que iba a haber un acto con desfile por el día de la bandera y que iban a estar el General y la señora. Fuimos, me subió a cocochito y me dijo ‘vos gritá’. Yo empecé a mover las manos como loca y le decía ‘¡Señora, señora, acá, por favor!’. No vas a creer pero me miró. Me miró a los ojos, me sonrió y le dijo algo en el oído al General. De repente nos señalaron, y un señor de traje nos hizo señas para que subiéramos al coche, al carrito ese desde donde saludaban. Mi mamá pensó que le iba a hablara ella, pero la señora les pidió que subiera yo. Me sentó al lado de ella y me preguntó:
–¿Qué querés vos? ¿Una muñeca, unos patines, una bicicleta?
–Sí, gracias, todo eso también, señora, pero con mi mamá lo que andamos buscando es trabajo. Ella se sonrió y dijo:
–Te felicito, el trabajo es la sustancia de nuestra vida y el futuro será nuestro por prepotencia del trabajo. Decile a tu mami que vaya mañana al ministerio, que la voy a atender. ¿Vos podés creer que fuimos, tuvimos que esperar, sí, pero mientras tanto nos ofrecían masitas?, ¡masitas! ¿podés creer? Yo nunca había comido masitas y me desesperaba por agarrarlas, pero la mami me miraba como diciendo “despacio que no quedemos como maleducadas”. A la noche nos atendió:
–Me siento mal, señora, –le dijo la mami–. Usted en su estado y trabajando de noche. Si quiere vuelvo mañana. Pero ella le sonrió y dijo:
–Es que este lugar estuvo tantos años cerrado para el pueblo, que ahora tenemos que trabajar día y noche. Sangra tanto el corazón del que pide que hay que correr y dar, sin tanto esperar. Además, ya sabe que acá los únicos privilegiados son ellos–.Y me tocó la cabeza.
Después no me lavé la cabeza como por tres semanas. Mamá de noche rezaba y me apoyaba las manos ahí porque decía que ella era como un canal directo de Dios a los pobres, algo así como una Jesús de Argentina. Yo no entenía nada, pero mejor que no tenía que bañarme con los cacharritos.
Ay, vas a pensar que soy mugrienta. No, mi vida, ya sé, son cosas de chicos. ¿Por dónde iba? Ah, sí, la cabeza.
Cuestión que nos consiguió un trabajo en un hospital gigante, nos dio una casita hermosa que era para los que trabajaban ahí. ¡Vos no sabés la primera vez que me duché! ¡No quería salir más! Desde ese día sí me bañaba todos los días. Yo iba a una guardería que quedaba ahí adentro, en el mismo hospital. Mi mamá limpiaba pero a ella y a sus compañeras la señora les dijo que nunca jamás se dejaran pisotear, porque eran trabajadoras, no esclavas de nadie. Mamá me decía que si me preguntaban de qué trabajaba ella, yo dijera sirvienta, pero sirvienta de la patria. Porque ella tenía una misión patriótica, que era cuidar lo que era de todos. ¡Qué hermosa la casita, todavía sueño con ella! La primera vez que cobró el sueldo mamá lloraba, yo no entendía nada. ‘Es diez veces más de lo que cobré nunca, ¿qué vamos a hacer con tanta plata?’, me dijo. Bueno, ahí fue que conocimos Mar del Plata. ¿Qué te decía? Ah, sí, de la casita, hermosa. Pero después en los años negros tuvimos que irnos de raje y bueno, mi primo me ayudó para poner la casilla acá en el cruce. Uy, bueno, llegó la torta, otro día te sigo contando”.
–¿Hoy es tu cumple o el mío? –le pregunta cuando ve las velitas. Lo agarra de los cachetes a su hijo y se ríe– ¡Qué distraída!
Ya me olvidé ¡qué tonta! Maru viene con la torta que tiene encendidas las velitas y con ella trae la hora de cantar el feliz cumple. Todos cantamos, Adrián está por soplar, y como picardía, justo antes, empiezo a cantar la otra versión, la compañera, de “la marcha”. Miro a la vieja y me asombro porque se sabe con exactitud toda la letra. Se para, levanta los dos dedos y se pone a cantar la marcha toda entera. Me mira, me guiña el ojo y Adrián me dice:
–Y claro, eso sí que nunca se lo va a olvidar.
Entonces pienso que, quizá, las fronteras del tiempo se desvanecen, ella está acá pero a su vez está allá, en aquel acto donde conoció a la señora. Ella está proyectada, pero no ausente. Ahí, con los dos dedos erguidos y mira lejos, como hacia el horizonte que traspasa los límites ordinarios de las paredes, de los nombres, de las mezquindades, de las divisiones. Me paro, la sigo, me voy con ella ahí donde fue digna, y no sé si es tu cumple o el mío, si soy una, somos dos o millones, porque ya me olvidé ¡qué tonta! porque eso ahora ya no importa.

Nina Ferrari nació en enero de 1983 en Capital Federal. Vive en Moreno, conurbano bonaerense. Es escritora, dramaturga, actriz, directora, docente. Publicó la novela Los días se volvieron ceniza y el poemario Sustancia, ambos editados por Editorial Sudestada. Es también autora y directora de las obras de teatro independiente La misma y Quiebra, la inmensa mayoría. Su último poemario salió por Editorial Níspero y se denomina Suave vorágine.

Compartí en tus redes favoritas

Leer anterior

Prohibido envejecer

Leer siguiente

Para Bellum: una escritura que se escucha