Murcielagos: un equipo que no baja las alas

Por Sofia Herrera

El número cinco de la Selección Argentina de fútbol para ciegos entrenó pese a las limitaciones del aislamiento social, preventivo y obligatorio en el país. ¿Cómo y qué hicieron los murciélagos para no bajar sus alas? La tecnología fue la mejor opción para acortar distancias e igualar condiciones, tanto económicas como físicas.

Aquel niño que, desde su nacimiento se maneja con el tacto y con el sistema de puntitos, más conocido como sistema braille. Aquel niño de San Pedro, que junto a sus amigos perseguía la pelota por todo el potrero. Aquel niño que jugaba a las escondidas sin encontrar a nadie. Aquel niño que quería participar del fútbol profesional, lleno de ilusiones y entusiasmo, hoy se prepara para participar en los Juegos Paralímpicos de Tokio 2020 (versión 2021).

No es Lionel Messi ni tampoco Diego Armando Maradona. En esta historia no participa ninguna pulga ni ningún Dios. El protagonista acá tiene nombre y apellido, y es Silvio Velo. Y si de animales se hablara, este es el caso de aquellas famosas ratas con alas que en los cuentos animados chupan sangre. De esos que se topan de patitas al revés y dejan ver sus colmillos. O en otras palabras, de aquel bicho que culparon de ser responsable de la pandemia del coronavirus que tuvo origen en 2019.

            Para hockey, “Las Leonas”; Para rugby, “Los Pumas”; Para tenis de mesa, “Las Lobas”; Para basquet de sordos, “Los Topos”; Para hockey sobre patín, “Las Águilas”; Para fútbol de ciegos, “Los Murciélagos”. Velo, este murciélago futbolero, tiene 49 años y es capitán de la Selección Argentina hace tres décadas.

            Velo no es de desesperarse por las cosas que no dependen de él. Como lo es el COVID-19, por ejemplo, que hizo que se atrasara la competencia donde iba a participar. Desde un principio sostuvo que hay que mantener la calma y los pies sobre la tierra, porque “la ansiedad y la negatividad, no nos llevan a ningún lado”. Y por eso respiró hondo y aprovechó la situación, para seguir trabajando.

En época de cuarentena, la dinámica de trabajo de Silvio era algo así: el zoom pasó a ser su nueva cueva. Cada lunes, martes, miércoles, jueves y viernes se acomodaba al estilo tetris. Entre la televisión y las sillas encontraba su hueco, durante al menos dos horas. Y se mantenía fiel al celular, durante la videollamada, casi tanto como lo hace la generación Z.

Con el sonido al máximo y los oídos bien afinados, la actitud era algo que no se negociaba. Pese a los susurros de las hijas de Velo, y de algún que otro ladrido que se escuchaba cerca de la casa, la cabeza del deportista siempre estuvo enfocada en el objetivo: estar en lo más alto. “Mi mente es la de un ganador. Siempre me imagino con una medalla colgando”, concluye el futbolista.

Uno de sus compañeros, Nico Véliz, se encuarentenó en Córdoba. Específicamente en un monoambiente. Cuando tocaba conducción y manejo de pelotas, los técnicos lo veían rebotar por todos lados a través de la pantalla. Hasta sus vecinos, en el horario de la siesta, se enteraban de sus días de entrenamiento. Pero la situación fue peor cuando “Coqui” Padilla, otro murciélago, practicaba en una terraza que no tenía baranda. Una situación que le ponía el corazón en la boca a todos.

Durante el aislamiento social, preventivo y obligatorio, los jugadores no tenían cintas ni bicicletas fijas para entrenar las capacidades físicas. Tampoco tenían barras, discos o mancuernas cuando lo habitual era entrenar en el Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (CENARD). Un lugar donde el sudor y el sueño de ganar, que tiene cada deportista, se esconde en cada rincón.

Pero ahí estuvo Martín Demonte, para revertir ese vacío. Él es como la cuarta pata de una mesa, así de fundamental. Por momentos director técnico y por otros también psicólogo, padre y hasta hermano mayor de algunos de los chicos. Así, como una especie de simbiosis, trata que todos estén bien. Un ida y vuelta, que se manifiesta dentro y fuera de la cancha.

Abril, mayo, junio y julio fueron los meses más duros para practicar. Hasta que en agosto fueron considerados esenciales, tras contar con un Decreto Nacional de Urgencia (DNU) que les permitía circular, y así prepararse en conjunto.

Hoy, las cosas cambiaron. Al grito de “¡Voy!”, Silvio y sus compañeros volvieron a las canchas. Un pie dentro del CENARD basta para que todo cambie. Es hora de entrenar. Short y camiseta de la celeste y blanca. Rodilleras negras. Medias largas, que por poco no rozan las rodillas. Botines sin tapón, para evitar posibles lesiones. Y lo más importante: el antifaz y la pelota.

Cinco jugadores corren tras una pelota. Pero no la que acostumbramos ver, sino una que hace ruido. Ambos equipos persiguen el sonido casi como el de un cascabel. Por lo general, son importadas desde Dinamarca, aunque también de España, y las imitaciones tienen origen en Pakistán. De todos modos, la Selección tiene inconvenientes a la hora traer productos que no se fabrican en el país.

Para igualar las condiciones de los que no ven ningún tipo de luz, como para los que no reconocen objetos, primero se colocan los parches oculares y luego el antifaz. Un elemento que se fabrica en Inglaterra y en Canadá, y que es costoso a la hora de conseguirlo.

En este deporte, cada detalle cuenta. Y cada elemento, que refiere a la sensibilidad a la percepción, marca la diferencia. Si bien, en los torneos oficiales, el país organizador provee el elemento, el grupo cada vez que viaja a encontrarse con su contrincante, aprovecha a equiparse.

En la sala o sobre el pasto sintético, la Selección Argentina de fútbol 5 trabaja para lograr sus objetivos. Este año, nada más ni nada menos que conseguir la medalla de oro en el territorio japonés.

            ¡Plimp! Suena el celular de Silvio Velo. Era un mensaje de #EnCanchaNueva. Un grupo de whatsapp donde mensajea, junto al resto del plantel, desde 2016. El lema, en la descripción del chat, es: “En cancha nueva, una vuelta quiero dar”. Una frase que usa el seleccionado argentino, desde que tienen un estadio propio dentro del CENARD.

Por chat, los integrantes envían muchos mensajes. De día o de noche, para el deporte de alto rendimiento no hay horarios para dejar de soñar. Las agujas del reloj parecen ir a paso de tortuga. Nada de fiestas y cumpleaños, en los 365 días del año se piensa, se habla y se comparte todo el tiempo qué es lo mejor para la jugada.

Demonte, el entrenador, es una persona planificada. Pero gracias a la pandemia, aprendió que lo que hoy es de una manera, mañana puede ser de otra. “Me costó mucho adaptarme a las restricciones, porque estoy acostumbrado a respetar tiempos que son fundamentales en el entrenamiento”, dice – y continúa – “Pero si no me acostumbro y dejo que me haga mal, el resto lo percibe y le genera angustia. Por eso tengo que mantener la tranquilidad”.

            El capitán Velo entrena en el CENARD de forma presencial, junto al resto de sus compañeros que residen en Buenos Aires. Ni el coronavirus ni los 160 kilómetros, que separan San Pedro de Capital Federal, detienen los tres encuentros semanales.

             El colectivo, el tren y las largas distancias, para llegar a la cancha, exponen a los muchachos a la situación del Covid. Todo era mejor cuando, al principio de la pandemia, la Federación Argentina de Deportes para Ciegos (FADeC) disponía de autos, para que no tengan que subirse al transporte público.

            Aún así, en la medida de lo posible, los profesores, los arqueros y los técnicos manejan una combi escolar. Y no precisamente porque trasladen estudiantes sino que, de vez en cuando, pasan a buscar a los jugadores que tienen más cerca, para evitar que se anden dispersando de acá para allá.

Dependiendo del período, la planificación queda en el centro de la tormenta. A veces se enfocan en la adaptación, otras en la carga y muchas otras en la concentración de máxima intensidad. Pero de repente un caso positivo, o un contacto estrecho, los pone en aislamiento, y toda esa práctica que estaba proyectada se pierde.

En los veinte metros por cuarentena, con algunas que otras vallas transparentosas a los costados y cerca de la torre de filmación e instalación de luces, hay una pelota para cada uno. O una cada dos personas. Una cantidad que varía según la intención del trabajo que tengan los muchachos.

Silvio es el líder del equipo, pero se siente uno más del equipo como Federico Accardi, Ángel Deldo, Miguel González, Vicente Zuccala o cualquier otro. “Estoy en un equipo donde está lleno de cabecillas, porque todos tienen personalidad fuerte. De hecho, somos una formación con mentalidad ganadora”, dice.

Él sale a comerse la cancha y a devorarse al rival. Para él, no existe el mañana. Vive el momento. Paso a paso. Minuto a minuto. No es para nada cabulero en sus viajes. Él no cree en amuletos, tampoco en cruzar los dedos y mucho menos en el palo santo, para ahuyentar las malas energías.

“Es el más grande”, dice Demonte al describir a Velo. Según él, tiene el lujo de hacerlo todo más sencillo. Y agrega que es todo un protagonista: “Si no fuese así no podría mantenerse tanto tiempo al frente”.

Tokio 2020 (versión 2021), será el quinto juego paralímpico para Silvio. Y se tomará un avión a Japón, junto a otras nueve personas. Dos arqueros y ocho jugadores, sacarán los pasajes para competir entre el próximo 25 de agosto y el 5 de septiembre. Así como también viajará el cuerpo técnico, claro, que está compuesto por el DT y sus dos ayudantes de campo, el guía y el médico que los acompaña.

Y si bien cada uno tiene un rol y lo saben respetar, todos dentro del equipo saben lo que hacen y para qué están trabajando. Los murciélagos son más que un equipo. Ellos se simplifican como una familia y dentro de cada familia, la comunicación es fundamental. Alegrarse y festejar el logro ajeno es algo común, como también compartir las tristezas y momentos delicados.

            La cuarentena obligatoria, puso a todos en una situación límite. El zoom, el meet, el discord y otras tantas plataformas virtuales estaban en pleno auge. Los encuentros fueron de ensayo y error, porque nadie sabía si iba a ser posible que una persona ciega pudiera bajar la aplicación, enfocar el teléfono y simplemente escuchar lo suficiente. Pero salió mucho mejor de lo que esperaban, y hasta superó las expectativas.

            Con cuidado y protocolo de bioseguridad, Velo salió a buscar alternativas. Ahora va tres veces al gimnasio por la mañana y por la tarde hace fútbol, técnico y aeróbico. Gracias a la Secretaría de Deporte de la Nación y el Ente Nacional de Alto Rendimiento, obtuvo becas para viajar y prepararse (junto a la hotelería y alimentación necesaria) y una estructura de entrenamiento adecuada.

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