No son (sólo) los Talibanes, es el intervencionismo

Por Carlos Álvarez

Hablar de temas sobre regiones alejadas no sólo espacial, sino socioculturalmente, merece al menos un poco de prudencia para desasnarnos de la ignorancia que tenemos sobre el caso, así como para evitar impulsos que nos lleven a tomar posiciones aceleradas en las cuales caigamos con facilidad en apoyar la victoria talibana “contra el imperialismo” o lamentar la “retirada de la única esperanza de democracia en Afganistán”. Pues ni lo uno ni lo otro pareciera estar ocurriendo en dicho país del Asia central, más bien es un juego de suma cero donde quienes siguen perdiendo la partida son lxs afganxs. Es por ello que no resulta ni convincente ni genuino querer ver (y lamentar) en la retirada norteamericana una posibilidad perdida, tanto menos querer preferir la reocupación talibana del territorio por ser un mal menor o una dominación vernácula preferible a una extranjera.
El entrañable Eduardo Galeano dijo una vez que la historia era una señora de digestión lenta, quizá por eso está mejor protegida contra las indigestiones que suelen atacar a cierto periodismo atragantado con la inmediatez de un bocado caliente, como es hoy día Afganistán. Las imágenes de un avión que sin reparos despega a pesar de estar levitando sobre un mar de personas desesperadas recorrió las redes y medios en todo el mundo, alimentado por el morbo de la gente cayendo del avión, lo cual es lamentable. Sin embargo, dicha sensación no debería provenir meramente del cruel y nefasto espectáculo morboso de ver un redondel siguiendo la caída libre de dichas personas, sino de comprender la cruel relación que existe entre esas personas que entiende que su única salvación es irse en ese vuelo con los norteamericanos y el hecho de que hayan sido ellos quienes posibilitaron y oficiaron de mecenas para la existencia de grupos armados islámicos, entre los cuales nacerían los talibanes en los años noventa, cuando aquellos surgieron como contra peso al comunismo afgano alentado desde Moscú desde los años setenta, en plena coyuntura de una Guerra Fría que empezaba a transformar a Afganistán en la Vietnam soviética.
Los talibanes no sólo atrasan el reloj de la historia con sus prácticas y diatribas, sino que realmente son una amenaza para los derechos humanos más elementales, empezando por los de las mujeres y disidencias (no sólo sexuales, sino cualquiera que esta sea). No obstante, gozan de grandes bases de apoyo, de lo contrario sería imposible comprender cómo logran controlar todo un país en días, situación que se repite siempre como tragedia, y que después de veinte años de ocupación militar estadounidense, vuelve a tener predicamento y poder en un país dejado en sus manos con la nada honrosa retirada norteamericana una vez completada su agenda mínima en el país.
El movimiento talibán es producto de la experiencia armada financiada por Estados Unidos en su lucha contra la URSS en Afganistán, pero una vez desaparecida ésta, desencadenó una guerra civil entre 1996 y 2001 en la cual los talibanes lograron vencer y erigirse como grupo de poder. Sin embargo, aquel año signado por el 11S, abrió al nuevo siglo a la doctrina antiterrorista del pentágono en la cual aquellos grupos aliados de antaño ahora eran el chivo expiatorio norteamericano para comenzar una ocupación militar en toda la región del Golfo y más allá. Como sabemos, las cacerías de Osama Bin Laden y Sadam Hussein fue un buen negocio para Washington y una pesadilla para toda la región que ofició de teatro de operaciones.

El representante especial de Estados Unidos, Zalmay Khalilzad, da la mano al cofundador del Talibán, Mullah Abdul Ghani

¿Cómo se explica entonces que durante veinte años Estados Unidos llevó adelante una guerra para acabar con el terrorismo islámico pero que, cuando se retira, todo vuelve al cause previo, pero más devastado, como si sus veinte años de intromisión sólo fuesen un paréntesis? La respuesta es retórica, por supuesto, pues se engaña quien no quiera leer entre líneas las motivaciones de aquella aventura veinteañera por tierras afganas.
Estados Unidos invadió el país bajo la excusa de combatir al terrorismo, mantra que, si no fuera por el tendal de catástrofes que generó en toda esa región, diríamos que es ciencia ficción clase B. Sin embargo, no sólo no lo combatieron, sino que lo alimentaron y protegieron, tal como lo hicieron con grupos armados islámicos que fueron sus amigos y entrañables compinches en la lucha contra la injerencia soviética. Ahora Estados Unidos se retira mostrándose como el paladín de la libertad que se lleva en su último vuelvo las esperanzas de un Afganistán pacífico y vivible, entregando el territorio a sus antiguos aliados, los talibanes.
Pero entonces, ¿son los talibanes a secas el problema? ¿O será más bien el medio siglo de injerencias soviéticas y estadounidenses que desde los años setenta hasta el presente digitan la política regional, con un breve impasse en los noventa signado por la guerra civil afgana? ¿Y qué pasa con la OTAN, esa organización que se suponía que sólo existía a los fines de combatir el avance del comunismo ruso pero que, una vez caída la URSS, lejos de carecer de sentido y desaparecer, no hizo más que crecer año tras año hasta transformarse en la fuerza colonial-militar al servicio de la agenda de estado de los EEUU?
No se trata de restar peso a la dimensión trágica que supone el retorno de los talibanes al control de Afganistán, ni sobredimensionar sus bases de apoyo, que las tiene sin dudas, sino de mirar el cuadro completo para comprender que aquello tiene un culpable mucho más letal y que, disfrazado de cordero de la libertad y el progreso, es en realidad el conocido lobo de la geopolítica y los recursos naturales. De esta forma, mirando para atrás como el Ángel la historia de Klee que tanto maravilló y perturbó a Benjamin, y peinando a contrapelo un relato orientalista sobre la incapacidad civilizatoria de los países islámicos, vemos una población afgana que, como adelantamos, perdió tanto con la injerencia soviética como con la norteamericana, pero que tampoco encontró un remanso de paz en una guerra civil de la cual surgieron fortalecidos los talibanes, quienes dudosamente representen los genuinos sentimientos del común de la población. De esta forma, de lo que se trata no es de debatirse entre talibanes o la dupla EEUU/OTAN en la región, sino de comprender y apoyar a lxs afganxs que llevan cincuenta años a la deriva y presxs de una encrucijada que en poco lxs beneficia, siendo esa la pregunta y el debate que hay que dar.

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