Poesía Sudversiva en la Feria del libro

En el marco de la Feria Internacional del Libro, varias poetas de Editorial Sudestada junto a otras escritoras invitadas, realizaron una lectura el último domingo 1 de mayo en el Espacio Diversidad Orgullo y Prejuicio del Pabellón Ocre. Mujeres llevaron sus versos a una lectura que las recibió repleta de personas y cargada de emociones. La historia de las mujeres fue el grito que se escuchó en las voces de todas. Las luchas del feminismo contra la violencia a las mujeres y diversidades fue el hilo que unió cada lectura individual en una sola voz colectiva y potente. Miss Bolivia, Martina Cruz, Samantha San Romé, Mariana Finochietto, Suriana Cichero Lalli, Alex Zani y Natalia Bericat leyeron poesías y relatos de sus libros que se entretejieron en una jornada de abrazo y sororidad.

Natalia Bericat

SUDVERSIVAS (POESÍA DE INICIO)

Retumban los pasos.
Pies descalzos sobre el fuego
y un corazón latiendo en el aguacero.
Caen las gotas
nos empapamos las manos
y las grietas
vamos formando el barro
vamos amasando la tierra.
Retumban los gritos
bajo las mortajas de hierro,
tiemblan los candados
queman las llaves del deseo;
puertas al rojo vivo
sangre antigua
y un tambor que anuncia el origen.
Brujas y desobedientes
maleducadas
conventilleras
poetas
subversivas.
Mal hecho carne
en el paraíso de los cobardes;
somos hebras de raíz profunda
nos desparramados por la hierba
como una peste sagrada.
Telas rajadas,
borde de la lengua con llamas.
La carne guarda el grito escondido.
Gritamos con el plomo en la garganta
como las hermanas en la hoguera
Útero de cristal hecho cenizas
útero de hielo hecho migajas.
Somos voces herejes que vuelven en la noche
versos que hoy son volcán y son lava
en los huesos de las mujeres rebeldes.


Bienvenides a Poesía Sudversiva

Natalia Bericat: Malparidas-Deshilachada

Martina Cruz

PARTO

Ayer entendí
que cuando digo
extraño a mi viejo muerto
estoy diciendo
extraño al tipo que le escupió en la cara a mi mamá.
Me pregunto si esto nos está pasando a todas
descubrir a nuestros padres
siendo nuestros padres
y descubrirnos a nosotras
siendo nuestras madres
ser donde cayó la mano equivocada, la rotura, la medusa en la garganta
o el aliento en la nuca.

Creo que me estoy pariendo de nuevo
y mis amigas son las parteras
ya no me pregunto de qué lado va a caer la ola
ni donde la sal está ardiendo
lo supe mirando las manos de mi abuela
porque se parecían a las de las nenas
en esa marcha
en la que yo pensaba
avergonzada
no puedo dejar de extrañarlo
tengo algo roto en algún lado
una grieta que me negué a habitar
un espasmo violento
ayer fui el mar cuando se encoge
cuando chupa
cuando se re piensa
entendí que necesitaba escribir
no para salvarme
(el poema no salva por definición no por elección)
si no para darme el espacio
y hablar sobre el hueco
no sin sentido trágico
que se arma en la comisura de la boca de mi vieja
cuando se levanta del suelo
porque ahora
que nos empezamos a despojar de la estructura
ese residuo duradero
descubro
que yo ya no quiero escribir un poema para los falsos aliados
ni para mi viejo
o los amigos que se alejaron.

Este es un poema para mi mamá
y es más bien,
una disculpa.

Martina Cruz

Samantha San Romé

Amiga, ¿dónde te duele?
vení que te pongo glitter.
Extraño nuestros pies libres
en el borde de la pileta.

Amiga, te paso esta canción
después de lo que me contaste
¿no es hermoso eso que dice
sobre nacer de nuevo?

Amiga, tengamos nuestros nunca más
y empecemos ahora:
nunca más llamar amor
a lo que nos deja sin hambre
nunca más una mujer
llorando sola en un baño
nunca más ninguna regla
que no hayamos inventado nosotras
nunca más arrepentirnos
de vivir como escribimos.

Si tenemos una recaída
empezamos de nuevo.

Nosotras vimos al viento
convertirse en tormenta
nosotras vimos lo verde
florecer sobre lo árido.

Amiga, sacale una foto a mi risa de ahora
y mandamela cuando vuelva el drama
recordame que estoy acá
para sentirlo todo.

Amiga, tomemos mates
en un montón de playas
seamos la esquina del grito
de la media sanción
quememos obligaciones, sufrimientos y flores
tengamos nuestro vino
hagamos una estampita
con nuestros nombres
y rescatemos al amor
de los instantes de peligro.

Samantha San Romé

Mariana Finochietto

MADURA

Sin ánimo de inventario,
puedo ahora
ensayar un balance
sin que duela
la certeza de final
que eso supone.

A estos fines,
decido perdonarme
no ser la mujer que quise un día.
Asumo
las ganancias
y las pérdidas
de ser la que se para en estos huesos.

Conozco la bondad,
la ejerzo a veces.
Amo con la lealtad de los perros.
Olvido cuando quiero olvidar.
Me permito ser cruel.
Elijo, entre todos los males,
la inocencia.

Puedo mirar de frente:
me he honrado.
Tengo la pureza de las piedras
pulidas por el mar.

Mariana Finochietto: “Madura”

Paz Ferreyra (Miss Bolivia)

PAREN DE MATARNOS

Salí para el trabajo y no fui
Salí para la escuela y no llegué
Salí del baile y me perdí
De pronto me desdibujé
Mis amigos me buscan por ahí
Los vecinos pegaron un cartel en los postes de luz del barrio
En la calle, en el subte, en el tren
Me busca mi hermano, me busca mi madre
Perdí contacto ayer a la tarde
Vino la tele, habló mi padre
La red explota, el Twitter arde
Si tocan a una, nos tocan a todas
El femicidio se puso de moda
El juez de turno se fue a una boda, la policía participa en la joda
Y así va la historia de la humanidad
Que es la historia de la enfermedad
Ay, carajo, qué mal que estamos los humanos, loco
Paren de matarnos
Paren
Paren de matarnos
Paren, paren
Paren de matar
Dicen que desaparecí porque andaba sola por ahí
Porque usaba la falda muy corta, se la pasan culpándome a mí
Me dijeron que diga que sí, me mataron desde que nací
Me obligaron a ser una esclava: lava y lava, y a parir
De sol a sol, de noche y de mañana
Me matan y mueren todas mis hermanas
Me duele el cuerpo y las entrañas
No quiero que me toques, chabón, no tengo ganas
Me matan y se infecta la raza humana
Le temen al poder que de mi boca emana
Soy esta herida que pudre y no sana
Me matan y conmigo se muere mi mamá
Y es la historia de la humanidad
Que es la historia de la enfermedad
Ay, carajo, qué mal que estamos los humanos, loco
Paren de matarnos
Paren
Paren de matarnos
Paren, paren
Paren de matar
Ovarios, garra, corazón
Mujer alerta, luchadora, organizada
Puño en alto y ni una menos
Vivas nos queremos
Paren
Paren de matarnos.

Miss Bolivia
Miss Bolivia

Alex Zani

NUNCA MÁS UNA ESPADA EN MI NOMBRE

teníamos diez años
sentadas al borde
en la pileta
nuestros pies
en el agua
me miraste
las piernas
no podemos ser amigas
dijiste, tenés
que depilarte

en casa
mamá me explicó
es lo que hacen las mujeres
cuando llegan a una edad
se sacan los pelos de
la piel las axilas el bigote
no de la cabeza
de ahí no
respirá hondo
dijo y tapó
con cera hirviendo
las estrías en mis piernas

la primera vez
que me gritaron
[gorda
yo ni siquiera sabía

crecí
un hombre golpeó mi puerta
se nombró padre
me observó
por primera vez
nací
entre sus ojos
por salud me aconsejó
tenés que bajar unos kilos
y me cargó el cuerpo con trapos
que no cubrieron
su ausencia

[después yo
dejé de depilarme
me rapé la cabeza
jamás hice dieta
y cada vez que
vuelvo a casa
tarde en la noche
zapatillas bajas
labios despintados
ellos me saludan
¿qué tal, señorita?
sonrío, giro
corrijo

l e s b i a n a

dicen aprendo rápido:
nunca más una palabra ajena
nunca más un taladro en la nuca
nunca más una espada en mi nombre

Publicada en: Alguien muerde el extremo de su nombre. Poemas lesbianos de salida del clóset (Elemento Disruptivo, 2022).

Alex Zani
Alex Zani

Suriana Cichero Lalli

ME CARBONIZARON EL ALMA

Estamos en Yabrud nuevamente. Creo que el hecho de que el pueblo sea chico y el infierno haya sido tan grande hace que quiera subirme a cualquier miniván vieja, de esas que hay en Siria, y volver acá. Pero no solo por la cuestión bélica… No todo es guerra en mi cabeza, también son las cosas irresueltas… Será mi historia y la de mi familia, tal vez… Será caminar por los lugares donde mamá se trepaba por los árboles y volvía a la casa con las rodillas moretoneadas; será pasar por su escuela, en donde se agarraba a las trompadas con quienes la molestaban; será pasar por la casa de mis abuelos… O, tal vez, caminar, y que alguien me diga: «Argentina, mate, Maradona… Lo tienen todo, ¿eh?». Será caminar, y que otro me diga: «¡Ey! ¡Aquel es tu primo! ¡Aquel, el que trabaja en ese local!». Será conocer a mis parientes que sí siguen vivos. Yabrud no es un lugar muy lindo, digámoslo así. Pero quizás yo tampoco lo sea. Hay que dejar de reclamarle tanta estética a todo.
—¿En dónde queda la casa de la viejita a la que vamos? —me pregunta Mariam.
En Siria no funciona Google Maps. La multimillonaria empresa bloqueó el servicio en este país.
—Disculpe, señor. Estamos buscando la casa de Jadiye. Me dijeron que está por acá —digo a un vecino del barrio.
—¿Ella quién es? ¿Es extranjera? —pregunta el hombre a Mariam.
—Está conmigo, es una pariente lejana, pero entiende bien el árabe. Estamos buscando a Jadiye, que es amiga de la señora Rim, que es mi tía por parte de mi madre, vive aquí abajo y es quien nos ha dado el contacto de Jadiye para que viniéramos a visitarla.
—Es esa casa de allá…
Mariam es veloz. Y la desconfianza por los extranjeros sigue a la orden del día.
Tocamos timbre.
—Me llamo Jadiye, tengo 69 años y soy ama de casa. A los 14 años me casé con mi esposo, el padre de mis cinco hijos —cuenta, sentada en un living de proporciones gigantes—. Ojalá Dios lo tenga en la gloria…
—¿De qué murió? —pregunto a Jadiye.
—De tristeza… —sintetiza—. Nunca más salió de casa después de lo que nos sucedió. Nunca más agarró su auto, nunca más vio a un amigo, nada. Le decíamos: «Vamos a salir un poquito, a caminar…», y él susurraba: «No, no quiero», ya sin fuerzas para hacer salir su voz. «Andá a la fábrica, así te despejás», le decíamos… y él susurraba que no. No pudimos hacer nada —cuenta—. Murió de tristeza.
La abuela Jadiye es una mujer de rasgos bien duros. Musulmana, fervientemente creyente en Dios, se cubre el pelo con un pañuelo blanco largo y viste un saco de traje gris oscuro.
—Se llevaron a mi hijo…
—¿Quiénes? —pregunta Mariam.
—Los terroristas. Los terroristas del Frente Al Nusra, el grupo que invadió y ocupó nuestro pueblo.
El 4 de septiembre de 2012 se lo llevaron, en sus tempranos 38 años, padre de tres criaturas.
Faltaban cuatro días para su cumpleaños. Cuatro días.
—¿Cómo era su nombre? —indago.
—Mahmud… Mi bendito hijo… Tan querido por todos, tan empático, tan dispuesto a ayudar a quien lo necesitara… —se lamenta.
—¿Quisiera contarme un poco más acerca de él? —pregunto a Jadiye, en quien se vislumbran poderosas ganas de acercarnos su historia.
—Mahmud era docente. Trabajaba en una escuela para personas con discapacidad. Tenía 65 alumnos a su cargo. Un día, lo secuestraron y no supimos más nada.
—¿Cómo fue que se lo llevaron? —pregunto a la abuela Jadiye.
—Recuerdo que Mahmud había viajado para Damasco un día sábado; volvió a Yabrud el martes, llegó a casa, se bañó, se cambió para irse a trabajar y, cuando bajó a la calle, se lo llevaron, así, sin más… —cuenta—. Estuvimos ocho días sin saber nada de él en absoluto, nada de su paradero ni con quiénes estaba, nada de nada. Estábamos completamente desesperados. No sabíamos a quién acudir.
Jadiye cuenta su historia casi como si la estuviera leyendo desde sus propias retinas, como si ya la tuviera integrada en ella, ya elaborada desde los puntos y las comas, sin dejar intervenir sus emociones fuertes al momento del relato. Una historia que se cuenta todos los días de su vida… Una historia que deviene en identidad.
Se la nota una mujer endurecida. Sus ojos negros, como dos rocas duras, no evitan la cámara en ningún momento de la entrevista. Me mira fijo siempre y, a lo sumo, voltea la mirada cuando quiere extraer algún recuerdo borroso de su memoria, que son los menos porque están todos frescos.
—Después de esa eterna espera de ocho días por tener, por lo menos, una noticia de nuestro Mahmud, a las dos de la mañana nos llamaron unos muchachos, desde el celular de mi hijo, y nos dijeron que lo tenían secuestrado y que si no les dábamos diez millones de liras sirias y una Dushka[1]no lo veríamos nunca más con vida.
—¿Cómo fue la conversación que mantuvieron con ellos? —interviene Mariam.
—Atendió mi hijo mayor.
»—Nosotros estamos dispuestos a darles todo, pero antes, sí o sí, queremos escuchar su voz. ¡Que nos hable él! —les reclamó mi otro hijo, furioso. Pero en aquel momento nos cortaron, no hubo más noticias. Y, así, pasaron tres largos meses sin saber nada de él, sin saber qué hacer ni cómo comunicarnos una vez más con ellos —rememora la abuela—. Todas las madrugadas, yo bajaba a la puerta de casa para ver si lo habían traído, pero no…
—¿Durante esos tres meses no los volvieron a llamar en ningún momento? —pregunta Mariam. —Durante esos tres meses me la pasé caminando por cada calle del pueblo. Con el resto de mi familia íbamos a los bosques, a las quintas, dimos vuelta cada centímetro de la zona. Todos fuimos a buscarlo: mis hermanos, mis hijos, amigos nuestros, todos —recuerda Jadiye—. Mi hijo mayor iba a la quinta de ellos a pedirles que por favor lo soltaran, a decirles que Mahmud tenía tres hijos, que pronto se acercarían las festividades religiosas y que seguramente querría pasarlas con ellos. Pero no hubo caso, ¡si son bestias sin compasión! —exclama, furiosa, para luego continuar—: Y me ponía a pensar, durante esos tortuosos tres meses, cómo la estaría pasando mi hijo porque Mahmud era un tipo muy pulcro, muy sensible con todo y para todo. Me preguntaba en dónde y cómo lo tendrían atado, en qué lugar estaría, si sería un ambiente higienizado, si dentro de las posibilidades tendría alguna comodidad. Pensaba muchas cosas —concluye—. Y recién tuvimos noticias al tercer mes, en diciembre.
—¿Cómo las recibieron? —pregunto a Jadiye.
—Unos vecinos nuestros nos contaron que habían visto a mi hijo —cuenta—. Estos vecinos eran rebeldes, de grupos que peleaban contra el Ejército sirio, pero supongo que, por ser aledaños a nosotros, le tenían algún cariño a Mahmud y colaboraron con la información —explica—. Lograron que los terroristas se comunicaran con nosotros: estos nos mandaron un mensaje directo, sin medias tintas, preguntándonos si queríamos recibir el cuerpo de Mahmud. Y si lo queríamos tener, debíamos pagarles ochocientas mil liras —relata.
—Es decir…
—Sí. Mahmud ya no estaba más…
En ese instante me carbonizaron el alma.


Suriana: autora de Para bellum, un viaje a la guerra en Siria
Suriana

Podés encontrar los libros de las poetas en el Stand 124 de Editorial Sudestada, pabellón azul, en el Stand 2125, pabellón amarillo de la Feria Internacional del Libro o a través de nuestra Librería Sudestada

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