Solidaridad obrera, ese animal mitológico

Marcha de peones rurales en el Puerto de Santa Cruz, 1921. AGN, Inventario 34080

¿Cómo llegamos al punto de que cada primero de mayo sea lo mismo que cualquier otro feriado? ¿De que para muchxs sea un “feliz día” en vez de un día de lucha y encuentro en las plazas históricas donde nuestrxs abuelxs reclamaban por sus derechos? De los Mártires de Chicago a la uberización de la economía: un recorrido a contrapelo que ayude a despertar a la bestia dormida.

Por Carlos Álvarez

La solidaridad obrera remitía, tiempo atrás, a dos palabras con un enorme potencial performativo, poético y combativo, pero que de un tiempo a esta parte evoca más a una figura mitológica que a una agenda proletaria vigente. La solidaridad obrera fue constitutiva y clave para la formación de la clase obrera en Argentina a finales del siglo XIX, sin ella resultaba imposible organizar absolutamente nada viable. Las luchas focalizadas en determinados gremios rara vez obtenían las conquistas buscadas, con excepción de algunos gremios estratégicos en el proceso productivo. El mutualismo comenzó como una de las primeras expresiones de solidaridad, basado fundamentalmente en la nacionalidad de quienes iban arribando a estas costas. Con el tiempo, dicho mutualismo fue abriendo paso a otro que, sin reemplazar a aquel, priorizó la identificación clasista, es decir el oficio y la condición de trabajador antes que la procedencia.
Aquel proceso que amalgamaba luchas, penurias e injusticias, tuvo lugar al abrigo de un capitalismo que comenzaba a delinear con mayor precisión sus contornos más duros: represión, explotación, alienación. La represión a los obreros y obreras en 1886 en Chicago, Estados Unidos, por reclamar la jornada de 8 horas de trabajo, con su corolario en juicios manipulados y adoctrinantes, así como la brutal ejecución de ocho de los manifestantes, conmocionó al mundo trabajador de todo el planeta. Aquel reclamo no era nuevo como tampoco lo era la represión, pero aquellas ejecuciones pusieron en evidencia que el mundo obrero mundial debía organizarse para poder dar pelea, por cuanto la recientemente fundada Segunda Internacional Socialista (1889) instituyó al primero de mayo como el día de lucha de la clase trabajadora en honor y memoria de los “Mártires de Chicago”. En Argentina, el primero de mayo comenzó a ser organizado un año después, año que estaría signado por una de las mayores crisis de la historia nacional y que, como siempre sucede, quienes más la padecieron fueron lxs trabajadorxs.
La experiencia compartida en el trabajo y la lucha por similares reclamos que apremiaban a lxs trabajadorxs fueron forjando lazos de solidaridad cada vez más amplios, más allá del propio oficio, encontrándose en las mismas calles para reclamar contra el capital y las autoridades. Fue esa solidaridad la que permitió que en 1896 el paro decretado por los obrerxs de los talleres ferroviarios de Tolosa, en Buenos Aires, terminara concitando el apoyo del resto de lxs obrerxs del país, abriendo paso a lo que se conoció como la Huelga Grande, la primera huelga general nacional de Argentina, movida por la solidaridad cuando no había centrales obreras de envergadura capaces de decretarla.

Foto: La Vanguardia N°17, 1899

Aquella experiencia auguraría un inicio de siglo XX signado por el conflicto y las permanente huelgas, todas ellas siempre seguras de contar con el apoyo de otros gremios. Así, la solidaridad obrera que comenzó como una necesidad inobjetable, luego se convirtió en una consigna y bandera a defender, en una razón de ser de la condición obrera, llegando a articular, en el caso de los anarquistas, a sus agrupaciones en torno al Pacto de Solidaridad, piedra basal del movimiento. El siglo XX estuvo caracterizado por los conflictos obreros: ríos de sangre corrieron por defender reivindicaciones o por luchar contra gobiernos militares, llegando a consolidarse en Argentina uno de los movimientos obreros más combativos y mejor organizados del mundo. Tal han sido esas luchas, que algunas se transformaron en mantras para las generaciones subsiguientes, como la Huelga Grande, Semana Roja, Semana Trágica, Patagonia Rebelde, entre —tristemente— muchas otras.
Sin embargo, dictaduras cívico-eclesiásticas-militares abrieron paso, manu militari, al proceso de debilitamiento y desarticulación de los lazos solidarios para facilitar el desarrollo del neoliberalismo, que buscó eliminar todo atisbo de resistencia al libre mercado y la concentración del capital. Una vez realizada tan “loable” tarea, el neoliberalismo, por vía democrática (nunca olvidarlo), se consolidó y terminó por establecer su agenda, la cual tuvo siempre como su principal variable de ajuste a lxs trabajadorxs, quienes, tanto en sus empleos como en calidad de consumidores finales, pagaron los costos de la cruzada.

Foto: Archivo de Fotografía de la Escuela Superior de Museología de Rosario

A su vez, la caída del muro de Berlín en 1989 y luego la de la URSS en 1991 posibilitaron que aquel neoliberalismo económico y político tuviera también vía libre en el plano cultural, dando primacía a discursos que auguraban el “fin de la historia” (Francis Fukuyama) y la llegada del pensamiento único-neoliberal-triunfante. Así, durante la virtuosa década de la Pizza con champagne del menemismo, palabras como “lucha de clases” y “clase trabajadora” se volvieron desprevenidamente en entelequias ante la invasión de los “sectores populares”, categoría más afín al monocorde discurso de la época, negador del conflicto y de lxs obrerxs en aquel paisaje de vías férreas desmanteladas, fábricas privatizadas, talleres quebrados y AFJPs.
El estallido del 2001 permitió despertar momentáneamente a aquella bestia dormida llamada solidaridad obrera, a fuerza de alimentarla en ollas populares, sacarla a pasear por piquetes, vestirla en el trueque y ejercitarla en luchas barriales y fabriles. Pero aquella primavera que vio reverdecer a la solidaridad obrera, comenzó a marchitarse al calor de ciertos reacomodos económicos y consolidaciones gubernamentales, dejando en claro que los daños infringidos por la última dictadura y el neoliberalismo que la había patrocinado, no habían cicatrizado para la clase trabajadora. Pero el presunto ciclo de calma de cortó, volvió el hambre, el desempleo, la precarización laboral, el FMI y la criminalización de la protesta social.
Para quienes ya no somos tan jóvenes y nos tocó vivir la transición neoliberal siendo pequeñxs, palabras como “sindicalismo”, “lucha de clases”, “huelga” o “medida de fuerza” se habían transformado por poco en insultos o rémoras del pasado. Todavía recuerdo a mi viejo decir que Ubaldini había sido el último sindicalista medianamente serio, en tiempos en que a mí me hacían el desayuno con la Caja Pan y los levantamientos Carapintadas eran novedad televisiva.
La medida de fuerza de la Unión Tranviaria Automotor (UTA) de esta semana ha generado ríos de tinta y comentarios de los más variados. Lamentablemente, buena parte de ellos condenatorios, tomando como eje central el perjuicio que individualmente supone a cada ciudadano la ausencia de medios públicos de transporte. La tendencia a confundir a la patronal con los reclamos obreros lleva frecuentemente a condenar y criminalizar la protesta social, aquella a partir de la cual históricamente la clase obrera logró arrancar conquistas al capital. Sin embargo, aquel malestar por la lucha del laburante de al lado no hace más que evidenciar el triunfo del discuso neoliberal en torno a la individualidad, al sálvese quien pueda, y al manto de sospecha que siempre debe posarse sobre el prójimo.
Hoy nos regalan inseguridad para vendernos seguridad; nos dicen que podemos ser nuestros propios jefes y que el techo de nuestras ganancias (sí, ganancias) es el cielo, que sólo depende de tu propio esfuerzo y que nadie te va a ayudar, que vos solo podés. Manifestación de ello es la penetración de las economías de plataformas, esa retardataria uberización de la vida que hace que nos parezca tan natural como ver un árbol, observar de forma completamente desempatizada a un pibe mojado sobre una bicicleta destartalada, llevar una heladera al hombro para garantizarnos una hamburguesa, al tiempo que insultamos y nos enojamos si el pedido llega tarde o mañana esos cadetes nos cortan una calle en reclamo de vaya unx a saber qué mitológicos reclamos…

Imagen: Telam

El paro de la UTA resulta interesante en la medida en que pone en evidencia cuán hondo penetró la capacidad disolvente del discurso neoliberal al ver cómo muchos empleadores proponen virtualizar las tareas laborales durante la huelga de transporte a los fines de sortear el problema de la movilidad del trabajador. Lo que ayer supuso formas precarias de trabajo durante la pandemia (como la virtualidad sin garantizar a lxs trabajadorxs los recursos para ello), hoy son la solución al problema del transporte, saboteando la lucha de lxs trabajadorxs en huelga. Lo preocupante no es tanto la inclinación patronal a ese tipo de maniobras, por cierto muy fáciles de predecir, sino el gesto cómplice y pasivo de buena parte de la clase obrera actual que encuentra en ese tipo de manipulaciones un consenso acrítico y pasivo con la patronal. 
No se trata, entonces, de hacer una apología al conflicto permanente ni de romantizar las luchas del pasado, pero sí de alertar que la historia debe servir de trampolín para pensar los problemas del presente a partir de la larga experiencia obrera previa, y no como un sofá donde recostarse a mirar el pasado como un cuadro de naturaleza muerta. La larga historia de lucha, organización y solidaridad obrera deben servir de guía para re-pensarnos hoy día como trabajadorxs, para volver a mirar a otrxs obrerxs como colegas y no como competencia. Este 1° de Mayo debemos ser capaces de ver en la lucha de otrxs obrerxs un poco de la nuestra. Debemos recuperar al sindicalismo en su dimensión histórica y combativa, arrebatarlo de las manos que lo corrompieron y transformaron en un agente al servicio de los gobiernos y en mala palabra. La clase obrera no es un dato de la naturaleza, ésta se construye en la lucha y en la experiencia compartida, en esa solidaridad obrera que debemos recuperar y que nos fue arrebatada, para reconquistar la conciencia de clase y así poder generar el cambio que esta realidad alienante requiere, al grito orgulloso en cada plaza del país de aquel himno que nuestros bisabuelxs y abuelxs anarcos entonaban:

“Hijo del pueblo, te oprimen cadenas
y esa injusticia no puede seguir,
si tu existencia es un mundo de penas
antes que esclavo prefiere morir”.
(Himno Hijo del Pueblo)

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