Postales del subsuelo: escribir en los bordes

Un nuevo ciclo de Nina Ferrari poniéndole la voz a las voces de lxs autorxs del conurbano, a escritorxs de los bordes, esos que no están en el centro de la escena, pero que existen a lo largo y a lo ancho del país. A ellxs queremos darles este espacio, desde Editorial Sudestada, continuar el camino que inició Hugo Montero: reivindicar el arte popular y darle lugar a las voces que están por fuera de los circuitos culturales hegemónicos. Así como el neoliberalismo propone mercantilizar el arte a través de la cultura del ego y la supremacía del individuo, nuestra resistencia propone redistribuirlo todo: hasta la belleza.

Por Nina Ferrari

“LA CRIATURA” DE FRANCO GERARDUZZI
Sí, no hay problema, quedate tranquila, le preparo compota de manzana, debe tener hambre o se cagó y por eso llora, vos andá para no llegar tarde otra vez, en serio, despreocupate, hago fiaca un ratito y ya me pongo, le dice Villamar a su mujer, en la cama, mientras ella, a las corridas, se pone el abrigo y revisa la cartera y mira la hora porque no vaya a ser que el colectivo justo haya pasado antes y tenga que tomar un taxi con lo que sale y, encima, el chofer que se queja porque los cortes y las manifestaciones y será posible arrancar a las siete de la mañana todos los días igual.
Ella se va y Villamar se queda acostado, enciende el televisor, sintoniza las noticias, prende un cigarrillo y no le importa que ella, cuando regrese, le pregunte si lo hace a propósito, si no se da cuenta que su hijo tiene seis meses y que además a ella se le cierra el pecho. Él le dirá lo que le dice siempre, que tiene razón, que no lo hará más y ella asentirá como si estuviera escuchando otra cosa, un sonido de fondo, algo monótono, continuo, un ventilador prendido, el golpe de la lluvia sobre un techo de chapa, el murmullo de un grupo de gente que habla en otro idioma.
La habitación está apenas iluminada por las imágenes que proyecta la televisión: tiburones blancos que asoman sobre la superficie del océano, ataques de tiburones en cercanías de playas. A Villamar le gustan los tiburones: no sabe muy bien por qué pero le atraen sus mandíbulas, la facilidad con la que hieren; lo cautivan las embestidas a lobos marinos, las emboscadas que comienzan donde nadie puede verlos, varios metros bajo el agua, donde su dorso gris, oscuro, los vuelve imperceptibles y de pronto es tarde porque el lobo marino está desgarrado y sangra, porque al tiburón solo le bastan segundos para emerger, elevarse y quedarse suspendido sobre el mar, con la presa en la boca, quizá ya muerta, para desplomarse otra vez y desaparecer de esa escena que desprende una violencia programada, sobria.
Las ventanas del dormitorio están cerradas, las persianas siguen bajas y el humo del cigarrillo se acumula sobre su cabeza. El bebé, todavía en la cuna, en otra pieza, llora. Para Villamar, el bebé, su bebé, es la criatura. La nombra así: la criatura no quiso comer, la criatura vomitó, me parece que la criatura tiene fiebre, por fin se durmió la criatura.
A media mañana se duerme la criatura. Él aprovecha, baja del departamento, sale a la calle en pijama y compra el diario. Conversa con el canillita que ha dejado de mirarlo con sorpresa o con asco —o con ambas— y ahora, después de tantos años, se ha acostumbrado a las ojotas con medias en verano y en invierno, al jean roto, a la remera agujereada de ese club que no conoce y que tiene un olor que no sabe a esta altura si a veces es a sexo o a pis o a tabaco o a tuco. La charla es de unos diez, quince minutos y, cuando regresa, aún hay silencio. Prepara un café con leche, pan con manteca, se va a la cama y revisa los avisos clasificados. Mira algunas ofertas de trabajo: bachero en un restaurante, empleado en una inmobiliaria, preceptor en una escuela secundaria, vendedor en un quiosco. Marca con un resaltador las direcciones y los números de teléfono y deja el diario junto con los demás —los que mira cada mañana— en la mesa de luz, donde se acumulan. Algunos caen al piso. Amaga con levantarlos pero no lo hace.
La criatura vuelve a llorar y él le grita, le pide que se calle, le dice que lo tiene harto. Se para, se acerca a la cuna y mira a la criatura que para él es como una taza o un vidrio, algo delicado, que puede romperse y que, si se rompe, puede cortar o puede tirarse. Eso piensa, que puede tirarse en el tacho de la cocina donde tira las servilletas con las que se suena la nariz o los preservativos, o por la ventana donde suele tirar avioncitos de papel o colillas, o por el inodoro donde tira, en ocasiones, restos de comida, de puré, de arroz, por ejemplo.
La toma por las axilas, la levanta y la apoya en su hombro. Va hacia la cocina. Allí mece a la criatura que no deja de llorar y esos ojos húmedos que se le achinan y las mejillas por las que se le deslizan las lágrimas y los mocos y la boca que le tiembla, destartalada, y Villamar que quiere tapársela y lo hace y siente cierto placer pero de inmediato la retira porque, tal vez, su mujer llegue pronto, al mediodía, como cada semana y él ya tendría que tener el almuerzo listo para que ella coma rápido y salga hacia su otro trabajo. Por eso se apura, deja a la criatura sobre la cama, la tapa un poco con una sábana y ruega que afloje con el llanto. Después se pega una ducha, sale del baño, se cambia de ropa y pone agua a calentar para preparar unos fideos.
A las doce sirve los platos y los deja sobre la mesa. A la criatura la devuelve a la cuna y, mientras la apoya, oye el ruido de las llaves en la cerradura, oye a su mujer que abre la puerta pero no la cierra, la oye avanzar rápido, como preocupada, hacia él que se hace el desentendido, que no mira a sus espaldas, que se deja estar hasta que ella le dice yo no te puedo creer ¿no sentís el olor? hay que cambiarla.
Me fui y lloraba, vuelvo y sigue llorando, escuchá, cambiala ahora, le sigue diciendo ella, al final no almuerzo acá porque me adelantaron una reunión, no sé a qué hora vuelvo. Los fideos no los tires, a la noche los calentamos con un poquito de crema, ¿sí?
Dale dale, le dice él sin darse vuelta. Regresa al comedor y ve la puerta entreabierta, la ve a ella en el palier esperando el ascensor. Cierra. Toma su plato y lo lleva a la cama junto a un vaso de vino blanco. 
El televisor reproduce el apareamiento entre leones. A Villamar también le gustan los leones: le gusta ver cómo el macho monta a la hembra. Villamar deja los fideos, ya ni siquiera tibios, se moja los labios con el vino que deja a un costado del colchón y sube el volumen del televisor. Todavía escucha el llanto de la criatura. Entonces, sube el volumen un poco más y se concentra: empieza a pasarse la mano por la entrepierna, despacio, por encima de la ropa.

Franco Gerarduzzi

“EL TRAJE” DE MAGALÍ SALAS
Con sólo mirar la vidriera de afuera era evidente que la cantidad de ceros que pedían excedía cualquiera de los límites de sus tarjetas, eran trajes caros pero iba a hacer el sacrificio porque este era su primer trabajo después de muchísimo tiempo. Nada podía salir mal en esta oportunidad, el ruido en las tripas de Clarita decididamente no se iba con eso de andar haciendo música por la calle.
Aún con los ceros atravesados en la garganta entró, los zapatos en punta del vendedor que lo recibió al ingresar parecían dos linternas negras que le apuntaban y encandilaban de tanto brillo, esos dos focos de luz desnudaron inmediatamente sus zapatillas de lona vieja y gastada que en vano intentó esconder en un bailecito lento cuyo paso, consistía en llevar un pie atrás de la pantorrilla contraria y luego el otro y así repetidamente hasta volverse más evidente todavía. 
Siguiendo al vendedor  fue recorriendo el local y mirando uno a uno esos trajes que vestían perfectos e impolutos maniquíes. A decir verdad, ninguno le gustaba del todo porque él tenía otra onda, pero este trabajo era serio y había que hacerlo bien, ya no podía defraudar a nadie más. Sentía la mirada de todxs y cada unx de sus familiares aplastándole la espalda. 
—Podemos ofrecerle algo que tenga que ver con su estilo, quédese tranquilo. 
Le dijo el vendedor entrenado para percibir las emociones de la gente frente a su mercadería. 
La situación comenzaba a ponerlo nervioso, porque a él no le gustaba en absoluto salir a comprar ropa y mucho menos sabiendo que de ese local no sólo se llevaría un traje sino también una gran deuda, así que trataba de concentrarse para poder decidir rápido y bien. Mientras caminaba con la mirada perdida en las perchas se le acercó el sastre del local y le aseguró:
—Tengo algo que es exactamente para usted. Pase al probador, yo lo acompaño. 
Una vez adentro comenzó a sacarse su avejentada y cómoda ropa de músico y a probarse ese estático traje negro. No obstante, una vez puesto, tuvo que confesarse a sí mismo que se veía bien, en su cabeza retumbaba la voz de su difunta madre con esa frase que pensó que él nunca usaría: “La tela tiene muy buena caída”. 
Se decidió. El sastre tomó una a una sus medidas corporales para darle los retoques finales y hacer que ese traje sea único e indudablemente suyo. 
Se endeudó hasta las tripas pero con este nuevo trabajo podría pagarlo. 
Al principio se sentía raro, como sapo de otro pozo, le costó mucho aceptarse, pero poco a poco empezó a sentirse cómodo en ese traje hecho a medida, que hacía que a principio de mes la cuenta del banco ya no estuviera en rojo. Lentamente fue incorporando el traje a su vida, las rutinas cambiaron de punta a punta.
Fue un domingo jugando a las escondidas con Clarita cuando empezó a sentir que el traje le apretaba.
—Lo que pasa es que ahora estoy comiendo mejor. 
Se decía a sí mismo, teniendo en cuenta que con el sueldo de músico callejero, había algunas comidas que se salteaba. Lo cierto es que ahora sentía que las dos ballenitas del cuello de la camisa iban a apuñarle la papada. 
Se puso a dieta para poder seguir usando su traje, pero de igual manera él lo sentía cada vez más ajustado. Tuvo que hacerle otro huequito al cinto para poder respirar mejor, pero así todo cada vez que se colgaba la guitarra, sentía que el botón del pantalón iba a estamparse contra las partituras entonces, desistía de la idea de tocar. 
Preocupado volvió a la tienda a ver al sastre.
—Algo anda mal, pagué carísimo este traje y estoy empezando a creer que se encogió. Me aprieta por todos lados. 
El sastre volvió a tomar las medidas una a una, comparó minuciosamente los centímetros del traje con los del cuerpo y por más que lo buscaba, no existía tal error. Las medidas coincidían exactamente. El traje y él estaban en las mismas condiciones que aquel día que salieron de la tienda.
Esa tarde decidió ir a jugar al fútbol con los muchachos, necesitaba distenderse un poco de las preocupaciones y algo de ejercicio no le vendría mal. Cuando los amigos lo vieron, no lo podían creer, estaba cambiado y hacía mucho que no lo veían por las canchas.
—¿En serio vas a jugar así?
Le preguntaron varios.
Estaba a punto de hacer el gol cuando de repente sintió el canillazo que le metió Julián. En ese preciso instante se dio cuenta que el pantalón de gabardina empezaba a rajarse en la pierna, alarmado abandonó el partido. Fue directo a su casa en busca del costurero. El miedo a perderlo todo lo hizo enhebrar la aguja ciego y lentamente empezar a coser el traje a su pierna. Las puntadas le dolían cada vez más pero así se aseguraría de no perderlo. 
Cada vez que hacía algo nuevo o su rutina se corría de lugar, tenía que coser otra parte del traje a su cuerpo porque por algún extraño motivo se descosían pedazos cada vez más grandes. Usar el tiempo para jugar con Clarita le parecía una de las actividades más arriesgadas, las dos veces que lo hizo tuvo que coserse una manga de la camisa al brazo derecho y la solapa del saco al pecho, justo del lado del corazón. 
El traje y él comenzaron a ser una sola cosa. 
Todos los colores de sus días fueron, poco a poco, volviéndose negros, como el traje. 
Hasta ese día en que junto al resumen de la tarjeta, que acusaba que aún restaban seis cuotas por pagar de aquella costosa decisión, llegó también el telegrama.
Con la fecha de despido clavada en sus ojos, la mirada de sus familiares en la espalda y el ruido de las tripas de Clarita taladrándole la cabeza, hizo los últimos y leves movimientos que el traje encarnado le permitía hacer, enhebró la aguja una vez más y se decidió a unir la única parte que aún quedaba sin puntadas. Ya casi sin pulso, el hombre del traje, cosió lentamente la corbata a su cuello.

Magalí Salas
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