Postales del subsuelo: laburantes de la palabra

Un nuevo ciclo de Nina Ferrari poniéndole la voz a las voces de lxs autorxs del conurbano, a escritorxs de los bordes, esos que no están en el centro de la escena, pero que existen a lo largo y a lo ancho del país. A ellxs queremos darles este espacio, desde Editorial Sudestada, continuar el camino que inició Hugo Montero: reivindicar el arte popular y darle lugar a las voces que están por fuera de los circuitos culturales hegemónicos. Así como el neoliberalismo propone mercantilizar el arte a través de la cultura del ego y la supremacía del individuo, nuestra resistencia propone redistribuirlo todo: hasta la belleza

Por Nina Ferrari

“Treinta trucos” de Leonardo Benítez Arbo

Llega de trabajar y silba. Ni bien la puerta se cierra atrás suyo da un silbido breve. Como decir pipu, pero silbando, y nosotros, mi hermano y yo, como cachorros que en todo el día no vieron a su dueño, salimos a su encuentro. 
Lo abrazamos por la cintura, porque es alto, nos colgamos de la remera del equipo de fútbol donde él dice siempre que atajaba y con el que ganó no sé cuántos campeonatos por el novillo, organizados por el hospital, —aunque nosotros nunca vimos ni un pedacito de carne— y le pregunto si nos trajo algo. La respuesta es siempre la misma: no, papi, me dice, aunque el papi es él. Pocos o casi nadie tienen algo que regalar hace ya bastante tiempo en estos años, más en estos pagos. Pero no dejamos de preguntar porque las ilusiones no se le deberían romper a nadie, ni siquiera nosotros deberíamos romper las nuestras.
Mami, con la ropa de su madre, que ahora le queda bien, le pasa el mate, aunque no es de día o de tarde porque el sol ya entró. No sé por qué se dice entró si en realidad se fue. Ellos toman mates igual. Otra cosa más que no entiendo de los grandes, porque a veces dicen que ya es tarde para el mate, pero igual toman también a la noche. Parece que es común de adulto decir una cosa y hacer otra. Supongo que el mate es una bienvenida, como abrazar al que llega. Acerca y da calor.
Se sientan en la cocina a, lo que ellos dicen, ponerse al día. Se cuentan más o menos lo que pasó en el tiempo que él estuvo fuera de casa, aunque nunca pase nada nuevo, y papá cuenta cosas que no entiendo mucho sobre algo que le pasó a un compañero de más allá de la ruta, de los barrios de los aserraderos y más allá, o a alguien que mami conoce, pero para mí son solo nombres —Gilcho, Tilo, Balanza, Ricardo, el Negro G— y lugares —La Colonia, Pago Alegre, Pago Pirú, La Loma— que no conozco.
Yo me quedo callado, arrodillado en la silla floja de madera con los codos apoyados en la mesa, ansioso, sacando con las uñas las basuritas y las migas de pan de las hendijas de la mesa —las hormiguitas y las cucarachas de la madrugada deben odiarme— y hago como que no escucho, pero sí. Mi silencio es una forma de no estar, porque el que no habla es como que no existe.
Mientras, espero a que el agua se termine o que papi se canse de estar sentado, porque siempre se está moviendo y haciendo algo en casa, arreglando algo roto, agregando algo que faltaba. Porque en casa faltan muchas cosas. Pero no es tan malo. Una casa que no necesita nada es una casa aburrida.
Hace unos días papi empezó a hacer algo que me gusta mucho. Y a él también, porque veo que se queda en silencio y muy concentrado: está haciendo bloques para construir el muro. Cuando uno hace algo que le gusta parece que no hay nadie más alrededor, no se mira a los costados. Él parece que ni siquiera se da cuenta de que lo observo.
Yo no sé de números ni de cálculos, pero él me explicó que es mucho más barato que comprar ladrillos porque el patio es grande y se va a necesitar una cantidad. Tiene un molde de metal que parece una caja de zapatos donde vuelca el cemento que antes humedece con una medida exacta de agua y también me explicó con números que entiendo un poco, pero que también me confunden, que un bloque equivale a tres ladrillos comunes y con una bolsa de cemento puede hacer tantos bloques y así ahorrar tantos pesos que, en realidad, yo sé que no tiene.
Cuando los fabrica, me quedo mirando embobado cómo con tres o cuatro movimientos de las manos y la ayuda de la punta de los pies, saca una parte del molde y después la otra y ahí queda listo y armado el bloque. Es como magia. Parecido a los castillitos que hacemos con mi hermano usando tierra y los vasos de aluminio. Pero estos bloques son de verdad, porque los va a usar para hacer un muro de verdad.
Después de más o menos diez mates cada uno, papi se saca el champión —así les dice a las zapatillas— y se pone las ojotas. Yo sé lo que eso significa. Entonces sale a la galería a ver sus obras, sus trucos de magia: treinta bloques —uno al lado del otro, separados exactamente por la misma distancia— que armó ayer antes de ir a trabajar, porque armar sus bloques, para él, no es trabajo, por más que quede todo cortajeado. Conecta la manguera en la canilla que está al lado de la puerta y con una lluvia finita y delicada se pone a regar los bloques mientras fuma un cigarrillo —Chesterfield, que alguna vez estuvieron de moda pero que ahora, claro, son lo más baratos— que comparte con mami y ella le ceba un par de mates más. De los bloques, se ve bien que salen unos cuantos alacranes, cucarachas de humedad y una víbora que se pierde entre las gramillas y los ligustros.
Me explica que hay que mojarlos porque si se resecan se quiebran y antes de moverlos tienen que estar bien duros, compactos, y el agua ayuda a eso. 
Hay algo que no se dice. Es una mirada, un gesto, pero yo lo entiendo. Y mami también. Ella le reprocha que recién llegó, que deje de joder y se siente a tomar mates, que ni se le ocurra ponerse a trabajar a esa hora.
—Te digo, nomás —le dice él y se va a cerrar la manguera.
Mamá, como enojada, tira el pucho en un plantero y entra a la cocina y prende la tele porque ya se dio cuenta de que no puede hacer nada. Papi saca de un rincón una bolsa de cemento por la mitad y me guiña el ojo. Yo, mientras tanto, voy corriendo al fondo a buscar la pala y el balde que ayer quedaron secándose debajo de los naranjos.
Ahí, con mamá lejos, me acerco y me sacude el pelo. Y me siento satisfecho, como el cachorro que recibe al dueño. Un poco feliz de que esa víbora no se meta en la casa de noche. 

Leonardo Benítez Arbo
Nació en Saladas, Corrientes, el 11 de febrero de 1991. Es profesor de Lengua y Literatura en escuelas secundarias rurales de su localidad. Escribe desde los quince años. Inicialmente, intentos de poesía y letras para canciones de una banda de rock que tuvo con sus amigos en la adolescencia. Comenzó a experimentar en la narrativa breve mientras estudiaba su carrera. Actualmente, se encuentra trabajando en su primera novela en talleres de Luis Mey.

“Fábrica de cierres” de Sergio Gramajo
Siempre se me había puesto difícil eso de conseguir “un trabajo en blanco”. Algo fijo que me evite andar boyando de changa en changa. Aunque, nobleza obliga, tengo que reconocer que ese andar de acá para allá, tenía sus baches y me permitía dedicarme enteramente al ocio, a la noche larga en la vereda bajo los álamos, a la luz de una fogata o de los ojos de mi vecina.
Hacía unos meses había empezado la carrera de letras en el Joaquín. Tenía mi carnet de boleto estudiantil, media beca en la fotocopiadora del centro de estudiantes, una novia que parecía quererme, con quien nos besábamos en cada esquina, pretendiendo que el tiempo se quede quieto en alguna siesta perdida en los laberintos de nuestros barrios; y empezaba a hacerme de una biblioteca bastante nutrida. ¿Para qué quería, entonces, un trabajo en blanco? Si en definitiva, la carrera me daría en algún momento, lo mismo. La vida prácticamente me sonreía.
Una tarde, en el pasillo del primer piso del colegio Mariano Moreno, donde funcionaba el Joaquín hasta que tuvo su edificio propio de la calle Ayacucho, estábamos fumando antes de entrar a la cátedra de latín con mi amigo Manú, y cae como peludo de regalo un compañero, que sacudiendo en su mano derecha su flamante carnet de lector, nos dice “ya se pueden asociar a la biblioteca. Les va a cambiar la vida”. Debo reconocer que un poco me contagió su entusiasmo desmedido por la biblioteca del profesorado. Así que allá fuimos con mi amigo a asociarnos a la biblioteca. Al rato ya andábamos flameando nuestros carnets de lectores, tratando de evangelizar a la gente por el pasillo.
A la semana siguiente, una amiga de mi tía me llama por teléfono para decirme que se había liberado una bacante en la fábrica de cierres en la que su hermano era encargado en el turno noche. No tenía mucha alternativa, porque ya estaba avisado en casa que a la primera oportunidad de trabajo, debería agarrar viaje porque las cosas no estaban como para andar manteniendo a un hijo que ya había pasado los veinte años. Así que allá fui, a tirarme a la pileta de las doce horas nocturnas en la fábrica de cierres “Mil 8”, en el sector de galvanoplastía. Trabajaba de ocho de la noche a ocho de la mañana. Mi tarea consistía en operar una botonera que hacía mover una especie de gabinete parecido al de las llaves de “Feliz Domingo”, pero gigante. En ese gabinete iban las piezas de los cierres con los que se abre y se cierra. Es decir el manguito del cierre. El gabinete se sumergía en bateas aún más grandes que contenían distintos productos químicos: ácido, níquel, cobre y no recuerdo cuáles más, pero serían unas seis bateas. Para que esos manguitos terminen siendo como uno los ve en las camperas o en los pantalones, tienen que someterse a distintos procesos químicos que uno como operario llevaba a cabo con la botonera. Había distintas fórmulas, y la diferencia estaba en el tiempo que se debía dejar sumergido el gabinete gigante en las distintas bateas. La primera fórmula que me reveló Javito, el peruano encargado de enseñarme el trabajo, fue la de níquel. Me había gustado tanto la palabra “níquel” que le agarré la mano al toque a la fórmula: tres minutos en cobre, ocho en níquel y dos en ácido. Por eso y porque cualquier cosa que tenga botones para mí era pan comido, dado mi extenso prontuario en el mundo de los fichines.
Al poquito tiempo creo que Javito estaba un poco celoso porque el encargado no paraba de felicitarme por lo rápido que le había agarrado la mano a las fórmulas, así que dejó de enseñarme.
Otra cosa que hacía dentro de mis responsabilidades en el sector de galvanoplastía, era limpiar las bateas cuando terminaba mi horario. Me ponía un traje tipo anti radiación además de la máscara anti gases, vaciaba las bateas y le daba con un cepillo y un producto especial parecido al jabón en polvo.
A esa altura me era imposible cursar, así que me quedé solo con una materia: Filosofía, porque era de la única manera en que podía llegar a tiempo a la fábrica. Prácticamente dejé de ver a mi novia de ese momento, de vagar en la vereda con mi vecina de ojos luminosos, de leer, de escribir. Digamos que la fábrica con su horario nocturno, sus fórmulas y sus aportes patronales, me habían llevado puesto. Una contrariedad trabajar en una fábrica de cierres que no abren nada, todo lo contrario, me cerró todo.
Para cuando renuncié a la Mil 8, mi vecina ya no me saludaba, la cursada en el Joaquín se había vuelto inalcanzable y mi novia me había dejado por un carnicero, olvidándose para siempre de nuestras esquinas y nuestros besos sin tiempo. “Mirá si me habrá cambiado la vida asociarme a la biblioteca”, pensé cuando me topé con mi carnet de lector en la billetera buscando cambio para el bondi de vuelta a casa, en mi último día en la fábrica.     

SERGIO GRAMAJO
Nació en Laferrere el 11 de mayo de 1980. Es actor, narrador, poeta y profesor de literatura. Trabajó como ayudante de zapatero, limpiador de zanjas y patios, cortador de pasto, mandadero profesional, cargador de caca de gallina en camiones con doble acoplado, futbolista asalariado en campeonatos de la comunidad paraguaya de Laferrere, personal trainer, chef, repositor, niñero, asistente de dirección cinematográfica, profesor particular de latín y dibujo técnico, funcionario público, vendedor de hamburguesas vegetarianas, reparador de armas de fuego, ayudante de albañil, redactor de cartas de amor por encargo, consultor, cartonero, falsificador de documentos y portero de edificio, entre otras ocupaciones. Como futbolista de la liga amateur de Laferrere, se retiró a los 35 años en la categoría Veteranos B en el Club Once Corazones. Es miembro fundador de Te Caigo en Cuero, el coso literario del oeste. En la actualidad vive en San Antonio de Padua. Autor de los libros de poesía El Oficio de los Monstruos, Tiempo Marginal, y Veredas. Y de la novela Talón Rajado.

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