Postales del subsuelo: narrar desde la orilla

Un nuevo ciclo de Nina Ferrari poniéndole la voz a las voces de lxs autorxs del conurbano, a escritorxs de los bordes, esos que no están en el centro de la escena, pero que existen a lo largo y a lo ancho del país. A ellxs queremos darles este espacio, desde Editorial Sudestada, continuar el camino que inició Hugo Montero: reivindicar el arte popular y darle lugar a las voces que están por fuera de los circuitos culturales hegemónicos. Así como el neoliberalismo propone mercantilizar el arte a través de la cultura del ego y la supremacía del individuo, nuestra resistencia propone redistribuirlo todo: hasta la belleza

Por Nina Ferrari

“M.a.m.a” de Iñaki Zubiaur
Salimos a correr con una amiga. Leandro y el otro marido cuidan a nuestros hijos. Es la primera vez en siete años y ocho meses que me separo de Joaco. A los quince minutos, tal vez cinco quilómetros, presintiendo que algo anda mal, tal vez hay olor a quemado en el aire de alguna parrilla cercana o muchos colectivos a todo lo que dan; paro, me tomo un taxi y arrastro a mi amiga hasta casa. Subo (por escalera, no puedo esperar al ascensor), abro (se me caen las llaves), busco por toda la casa sin encontrarlos (me patino con un bloque de Lego). Llamo a mi marido. No me atiende. Llamo otra vez. Camino por todo el living.
—Pará un poco —me dice mi amiga agarrándome del hombro—. Deben estar en la plaza o algo así.
—¿Hola? —dice Leandro.
—¿Dónde están? ¿Está bien? ¿Dónde está?
—Fuimos a tomar un helado —dice él—. Mirá… ¿Hola? —dice mi hijo.
Se escucha que Leandro le dice que es mamá. Y la llamada se corta.
Troto hasta la heladería. Abrazo a mi hijo y me mancho toda la remera con Banana Split. Le saco el helado de las manos y lo tiro al tacho.
—¿No sabés que el helado fomenta las radicales libres? —le grito a Leandro—. Sabía que no podía dejarlo con vos.
Comemos viendo la tele. Le corto la milanesa a Joaco cuando levanto la vista y veo el titular: “Tuvo un ACV y atropelló a dos turistas francesas”.
—Ay, gordo, sacá esto —digo.
Trato de taparle los ojos a Joaco cuando enfocan las sábanas en el suelo y el taxi golpeado y lleno de sangre, pero él me agarra la mano, corre la cara, mira y se ríe. Leandro y yo también.
—Qué inteligente que es —le digo a Leandro—. ¿No?
—¿Por qué no lo dejás ir al cumpleaños del otro nene? No va a pasar nada —me responde él, doblando el cuello como una foca y sonriendo de costado. Se refiere al llamado de esta tarde: una madre que quiere hacerle el festejo a su hijo en un paintball.
—Basta, Leandro.
Después de comer, lo acuesto y lo tapo con la manta de aluminio. La idea la saqué de una serie que vimos juntos un fin de semana, es para que la radiación de los celulares y el WiFi no le hagan mal y se m m m  de cáncer. 
Me acuesto con él y le leo un cuento. Nos quedamos dormidos; al rato, me despierta Leandro.
—Duermo acá, vos andá —le digo.
—Dijiste que cuando tenga siete ibas a dejar de dormir con él.
—¿Otra vez con lo mismo? —respondo y le hago la seña de que salga. Le acomodo el aluminio en la cabeza a Joaco, que se le corrió. 
—Dejá de ponerle esa cosa —me dice Leandro.
—Calmate un poco, ¿querés? Parezco la única que no quiere que algo malo le pase… Dios —respondo y cierro los ojos—. Chau.
Vuelvo a quedarme dormida. Me despierto por la alarma que suena en mi cuarto. Lo miro a Joaco y me quedo dura. Acuesto la cabeza y miro a la pared. Despertarlo siempre me da el mismo dolor. Pienso en su ciclo de sueño y en tres letras: ACV, como su abuela, mi madre.
Le doy besos en el cachete hasta que se incorpora en la cama.
—No, mamá, no vale —me dice refregándose los ojos; actúa que va a llorar.
—No vas a faltar más —le respondo poniéndole la camisa.
Él ni abre los párpados.
—Te odio —me dice—. Te odio muchísimo.
Trato de no escucharlo. Le termino de poner los zapatos y lo arrastro hasta la cocina. Le pongo un vaso de leche y lo tira; lo mismo con las galletitas que le cociné ayer. Me cambio rapidísimo, agarro la mochila, llamo al ascensor, le doy un beso a Leandro —que todavía duerme— y salimos al colegio.
En la calle, Joaco se detiene varias veces y hace peso para que no lo pueda hacer caminar. No le tiro del brazo con fuerza, como otras madres hacen.
—Agradecé que no dormís en la calle como esos de allá y que tenés una madre que te quiere —le digo—. Caminá.
—Me quedo acá a dormir —me señala el escalón de una entrada—, y no voy más al colegio.
Trato de no sonreír, pero casi no puedo evitarlo: mi hijo es capaz de pensar un plan entero para faltar al colegio.
—Cruzá… dale… —le digo y tiro del brazo.
Estamos en la esquina. Me escapa con la mirada. Se queda quieto; intento tirar un poco más de su brazo, él no cede. Siento que mira los autos estacionados. Tiro una vez más, todavía con suavidad: nada.
—Joaco… —digo inútilmente.
—Te odio.
—No me digas eso.
—Te odio muchísimo.
Entonces, tiro con fuerza de verdad y él tira hacia su lado y mi mano patina: yo salgo disparada de espaldas hacia la calle. Caigo contra el suelo, algo me golpea la cabeza y algo que me ahorca y me aplasta la nariz y la nuca y empiezo a verme desde la altura, como una tercera persona. Veo mi cuerpo, bajo la mitad del taxi detenido; veo al chofer bajando, agarrándose la cabeza, después tapándose la cara; veo a mi hijo sin moverse. Me mira, a mi cuerpo. Trato de estirar un brazo hacia él, pero no tengo forma de hacerlo. Mi brazo es como el sentimiento fantasma de un amputado: y tampoco se mueve allá abajo del taxi. Miro hacia mis pies: el asfalto de la intersección de calles; ni pies ni manos ni tetas ni nada.
El taxista se agacha y abraza a mi hijo. El taxista llora. Mi hijo, con la cabeza sobre el hombro del otro, me sigue mirando, con los ojos grandes y el resto de la cara sin expresión.
El taxista llama a una ambulancia y a la policía. Yo miro a mi hijo, que sigue parado sin moverse, solo, y siento que se va a salir corriendo y se va a quedar a la deriva en la calle.
Intento estirar mis brazos otra vez, para agarrarlo, darle la mano, algo. Entonces alguien pasa y lo empuja. Cae y se raspa la mano. Llora a los gritos.
Me entierran, lloran, se abrazan. Yo miro desde arriba de sus hombros. 
Ese viernes no va al cumpleaños del paintball, le agarra dolor de cabeza mientras yo trato de acariciarlo.
A la semana vuelve al cole. 
A los quince días, Leandro y él van un primer cumpleaños familiar solos. Festejo de mi cuñado. Leandro llora en el baño. Joaco juega con sus primos y se ríe.
Al mes, Leandro sale con una mina y deja a mi hijo con una cuidadora. La veo entrar —ella, con sus veinte años, su celular, su carterita, el pelo rubio que una morocha como yo nunca hubiese ni podido asemejar— y ya me da nervios. Veo a Leandro salir, decido quedarme con mi hijo. Trato de eliminar todas las ideas de mi mente relacionadas con la puta que se va a coger a mi marido.
La chica juega a los autitos con Joaco. Al rato, saca el celular y se tira en la cama de mi hijo mientras él sigue jugando. A la hora, se va a ver la tele a mi cuarto. Mi hijo se queda solo; de pronto, se para y arranca a caminar hacia el baño. Yo me asusto y trato de alcanzarlo con mis brazos fantasmas; él cae y agarra con toda su fuerza uno de los caños del radiador encendido. Chilla. Grita. La cuidadora viene corriendo y le mira la palma: toda roja. No puede parar el llanto. Llama a Leandro, espera. Vamos al hospital. Leandro, mientras atienden a Joaco en una salita, le habla a la chica. Creo que quedó caliente, lo conozco. Solo pienso en Joaco, mirando, desde el hombro de Leandro, la puerta por donde va a salir el médico.
Joaco está bien. Solo hay que ponerle unas pomadas cada doce horas.
Al tercer día, la mano de mi hijo sigue bordó, cocida, asada, y Leandro se olvida de ponerle la pomada. Entonces me estiro yo a buscarla, y en ese momento Joaco se cae de la cama y se abre la pera.
Hay sangre por todos lados.
Le hacen tres puntos.
A los quince días, está curado de ambas cosas. Entonces, Leandro llama otra vez a la cuidadora y sale, perfumado, peinado, con dos forros en la billetera. La chica esta vez se queda mirándolo al nene toda la noche. Leandro llama a eso de las doce y le dice que no va a poder volver, que se quede, si puede. La chica le dice que sí. Yo trato de no tener ideas, sino ver a mi hijo, lo único que importa. 
A la madrugada (yo no duermo, ni lo necesito), Joaco se levanta a hacer pis. La chica, cruzada en mi cama doble, se despierta y lo acompaña al baño. Le baja los pantalones y el calzoncillo y le agarra el pito. Le baja la piel. Yo trato de no tener ideas. Se la sube y se la vuelve a bajar.
Ahí salto.
Trato de agarrarla de los pelos rubios asquerosos que tiene, y con toda mi fuerza. Lo hago con tanta furia que creo que va a quedar pelada. Pero nada genero: ni un ruido. 
—¿No sale? —le dice la cuidadora—. Hacé fuerza. Fuerza de pipí…
Yo hago más presión contra el pelo amarillo de la mina justo en el momento en el que Joaco dice que le duele algo. Paradito, sin moverse, se caga todo: diarrea. Después vomita.
Se desmaya, cae de cabeza al suelo.
Salto hacia él.
Empieza a convulsionar.
Hago más la presión en su dirección, tratando de correr a la mina, estiro mis brazos y manos (que no tengo) con toda mi fuerza…
Él, sin dejar de temblar, suelta espuma blanca por la boca, la escupe de a montones.
Me dejo de presionar. Me alejo. Corro hacia el otro lado de la casa. No soporto más. No puedo ver a mi hijo morir con una extraña. Espero lo peor mirando la pared.
—¡Qué susto nos dimos, qué susto! —grita la cuidadora y se ríe a carcajadas.
Estiro la cabeza desde la esquina del pasillo: mi hijo caminando a su cama de la mano de la chica.
Ahí es cuando comprendo el sistema: yo me acerco, él se daña; me alejo, es feliz.
Este debe ser el infierno, habré echo algo mal en mi vida. Intento recordar el pasado: no puedo traer nada. Solo miro el presente. El zócalo de madera, el hipo de llanto lejano de Joaco, la pared blanca.
Intento llorar, tampoco puedo.
Me acerco al cuarto. Miro desde lejos a ver qué hacen con la luz prendida a esta hora y después de semejante episodio. La chica habla por teléfono con Leandro, mi hijo dibuja a la familia. Hace a los tres con el sol encima, pero cuando tiene que pintarme el pelo a mí, agarra el lápiz amarillo y le llena de ese color la cabeza de la mujer que se agarra de Leandro. Arriba, con el rojo, hace una carita sonriente con cuernitos: “M a m á”, escribe debajo.

Iñaki

Iñaki Zubiaur: 
Nació en Buenos Aires en mayo del 2000. En la primaria jugaba con sus amigos a crear mundos, dibujándolos en muchas de las hojas de su carpeta. Esa, dice, fue su primera experiencia de creación, porque, en sus primeros diecisiete años de vida, nunca se interesó por leer ni por escribir. No está seguro de qué lo llevó a la literatura, pero no se imagina sin ella. Estudió Comunicación y trabaja como redactor en una agencia de marketing. Siempre tiene una enorme pila de libros por leer (y reconoce su adicción, pero no logra controlarla) y una larga lista de novelas en proceso. ¿Algún día quedará satisfecho con alguna? No lo sabe.

“Indio” de Martín Cóccaro @perroqueladra21

Yo tengo que matar a mi perro y es una decisión que debo tomar. Así cómo quién duda si va al cine a la función de las dos o de las cinco, o si cenar pizzas, empanadas, pastas o asado. Yo tengo que matar a mi perro y de eso no me puedo escapar.
Mi perro llora por las noches, las madrugadas, las tardes. A mi perro le duele vivir y yo soy el encargado de matar. Yo lo cuido con caricias de miel y canela, con palabras que son barquitos de papel glacé. Y él llora, llora, llora, con su cabeza inmensa en el piso, apenas levanta los ojos, y llora, llora, llora. Anda a saber si recuerda las tardes en el campo los dos en silencio viendo al sol emprender la retirada acorralado de estrellas. Pero él llora, aquí, ahora. Llora, llora y llora, Tal vez pensando que ya no queden más noches por cuidar el rancho, o dormir al lado de la chimenea ardiendo de fuego, o comer besando mis manos. Anda a saber. Pero él llora, llora y llora. ¿Se le bailará por las nostalgias la película de la vida entera de charito? De mirarnos cambiarle los pañales en el cambiador, de ser testigo de los primeros gateos, de ser su caballo blanco con alitas en su imaginación, vaya uno a saber. Pero él llora, llora y llora. Llora tal vez por los tiempos que ya no vendrán, o por los que no van a volver, anda a saber, pero él llora, llora, llora.
Mi perro apenas respira, ni hablar de movilidad. Aún así cuando me ve mueve la cola, levanta su mano derecha volteado en el piso como queriendo abrazar, sus ojos casi sin mirada bostezan sus últimas gotas de amor, ni sospecha en su inocencia que soy yo quien lo tiene que matar. En sus años de juventud tal vez soñó con una muerte más digna, atravesado por un jabalí en el campo o defendiendo su hogar, no con una inyección que lo dormirá para la eternidad.
Ayer pensaba mientras lo miraba pensaba para qué mierda vino al mundo si fue solo para ladrar o para que por una buena vez por todas yo me decida a ser papá. Me di cuenta cuando lo abrace que la vida iba por ahí, que mi instinto paternal despertaba con cada lengüetazo en mi cara, con cada carnaval pagano que se armaba a la hora de mi llegada.
Pero bueno mi rey fueron tuyas las lunas que perseguiste con el hocico al cielo, las mañanas que mordiste primaveras, los galopes rompiendo al viento. Tuyo es este legado de dignidad que me dejas y clavás en mi pecho por siempre. Tuyas serán la bandadas azules de mis nostalgias heridas por una decisión que me rehúso a tomar. Aunque sé que no puedo ser cobarde si una de las tantas cosas que amo de vos es el coraje.
Hoy hay algo que te está comiendo las horas, las ganas, la fuerza, los días. Las despedidas como mares de tristeza van quedándose sin tiempo, y yo mientras tanto quiero patear fuerte y lejos la decisión, y a la vez te siento sufrir y… la puta que lo pario! no dejo de llorar. Y lloro, lloro y lloro.

Martín Coccaro

Martín Coccaro  (@perroqueladraqueladra )
Nací en el 83, hijo de una democracia que se hacía paso entre los tiempos del horror, me crié en un barrio de rejas chiquitas y calles de tierra. Me abracé  a la pelota después de Italia 90,  jugábamos en la República de los niños hasta que la luna se colgara bien alto en un cielo inundado de estrellas.
Mi primer encuentro con la escritura fue un robo. Tenía que escribir un cuento en la primaria y el final del mismo era una frase hermosa que tomé sin permiso de un lado canción que escuché al pasar.
Eso me definió: hoy que mi barba peona cañas soy un ladrón a orillas de la poesía.

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