Postales del subsuelo: versos de la urbanidad

Un nuevo ciclo de Nina Ferrari poniéndole la voz a las voces de lxs autorxs del conurbano, a escritorxs de los bordes, esos que no están en el centro de la escena, pero que existen a lo largo y a lo ancho del país. A ellxs queremos darles este espacio, desde Editorial Sudestada, continuar el camino que inició Hugo Montero: reivindicar el arte popular y darle lugar a las voces que están por fuera de los circuitos culturales hegemónicos. Así como el neoliberalismo propone mercantilizar el arte a través de la cultura del ego y la supremacía del individuo, nuestra resistencia propone redistribuirlo todo: hasta la belleza

Por Nina Ferrari

“Rezos” de Celeste Viotti Giorda
“Diosito, por favor te lo pido”, rezaba Mili en la sexta hoja de su diario íntimo. Ese año estaba cursando catequesis una vez a la semana para poder hacer la comunión. No tenía muy en claro si lo hacía porque quería, porque su familia se lo imponía, porque iba su mejor amiguita o todo eso junto. Pero lo cierto era que le permitía estar un rato más fuera de su casa. Allí, en su casa, estaba el verdadero infierno. Quizás Dios no había encontrado aún la dirección y ubicación de su pueblo. Dicen por ahí que atiende sólo en las capitales y a veces sólo en algunas partes de estas. 
Mili o Milagros, es hija única de un matrimonio joven. Su papá, Ricardo y su mamá, María, se habían casado a los 25 años de él y a los 18 de ella, cuando se enteraron que “una bendición” venía en camino. Agustina, la única amiga de María, le había dicho que mejor no se case, que lo pensara, que quizás podría tener a su hija sin vivir con Ricardo, que le daba mala espina. María no quiso o no pudo escucharla y se casó igual. Hacía solo un año conocía a Ricardo pero todo marchaba bastante bien. Él tenía un trabajo fijo en una obra, ella estaba intentando terminar el secundario, transitando el embarazo, siendo ama de casa y buena esposa. Después de 9 meses nació Milagros. 
Los días transcurrieron, Mili creció y de repente comenzó a ser una niña-adulta. Ya no se creía las “mentiritas” de su mamá cada vez que justificaba sus moretones con golpes con la ventana, las puertas o caídas por las baldosas rotas del pueblo. A Mili, una y otra vez, le resonaban en su cabeza los gritos e insultos que su mamá recibía de su papá: porque no estaba la comida la lista, porque a la comida le faltaba sal, porque su ropa estaba sucia, porque “estás todo el día al pedo en la casa”. 
Cada vez que escuchaba un grito, Mili se encerraba en su cuarto y escribía. Allí, en su diario íntimo, ponía en palabras, cómo podía, todo su enojo y angustia. Escribía todo aquello que no le salía decir en voz alta. Aunque le generaba miles de contradicciones, porque con ella era buena y le traía chocolates, en el fondo, odiaba a su papá por cómo trataba a su mamá, que era la mejor mamá del mundo. 
Un día de enero, cuando el sol hacía transpirar a todos los cuerpos del pueblo, Milagros llovió de tristeza y ardió de enojo, una combinación que podría hasta generar una de esas tormentas intensas del verano. Ese día, como muchos otros, se encerró en su cuarto a escribir con la ventana semi abierta, para que el sol ilumine la habitación. Desde allí, vio que su mamá tendía la ropa en la soga del patio. En un momento comenzó a escuchar a su papá acercarse a los gritos. Se asomó por el pedacito de ventana que quedaba abierto, sin que nadie se diera cuenta. Ricardo venía con un vaso en la mano reclamando cosas varias a María. Milagros se tapó los oídos con sus manos y aunque quería dejar de mirar, no podía. Alguna fuerza extraña la retenía ahí para ser testigo. Su papá decía cosas, haciendo muchos gestos con sus manos y en una de ellas seguía sujetando el vaso. María estaba inmóvil, como petrificada. Mili como espectadora, siendo sujeta tácita. No sabía muy bien por qué pero su papá revoleo el vaso contra la tapia del patio y tiró de los pelos a su mamá al suelo. Milagros, hizo ruido con la ventana de su cuarto y como acto de magia su papá se quedó tieso unos segundos y se fue. Acumulada de enojo, de irá y angustia retomó con su diario íntimo: “Diosito, por favor te lo pido, que a mi papá se lo lleve el Diablo, lejos, que sienta toda la tristeza que yo siento”. 
Mili se quedó dormida con su diario abierto y la lapicera en la mano. Se despertó al otro día, algo confundida y salió corriendo hacia la cocina buscando a María. 
Cuando su mamá la vio, la abrazó fuerte, muy fuerte y le explicó al oído que su papá ya no estaba, que habían ido a buscarlo para que esté solo y triste. Ya no volvería, porque cuando alguien hace tanto daño Diosito lo castiga y se lo lleva el Diablo. 
Mili seguía abrazada a su mamá y exclamó: “Me escuchó mamá, me escuchó”. Lo que ella todavía no sabía era que la sexta hoja de su diario íntimo ahora estaba en el bolsillo del short de María.

Celeste Viotti Giorda

Celeste Viotti Giorda (@celeviotti)
Nació un viernes a la noche de 1992, en Oncativo, un pueblo silencioso del interior Cordobés. Hace algunos años escapó de allí y construyó refugio en la ciudad capital de la misma provincia, tras caer en la educación pública para recibirse de Lic. en Psicología.
Sus dos gatas la acompañan en el caminar cotidiano y le hacen el aguante los días de lecturas, mates y sol. Consideraba que escribir era algo inalcanzable para ella, una utopía más entre las que coleccionaba, hasta que se animó a navegar en talleres virtuales de escritura en medio de la marea pandémica. Actualmente participa en un espacio muy manija que le es trinchera y le cambió el sentido a los lunes.

“Revancha” de Facundo Dufour
La botella de vino tinto Toro, porque de botella es más “cheto” que el tetra, ¿viste? Pero de botella o tetra, a mí siempre me fajaba. Nunca fui suficiente.
Todavía me acuerdo cuando me bajé del Renault 12 de mi viejo cuando me empezó a putear por hacer un mal pase, después de un partido en el que ganamos 4 a 0… yo había hecho los 4 goles. Tenía unos 13 años por ese entonces. Me bajé en un barrio que no conocía, como a 50 cuadras de mi casa. Entre el miedo de caminar por la villa y el cansancio post partido, sabiendo que me iba a fajar al llegar a casa, seguí el camino porque no sabía dónde más ir.
Esta historia no es sobre mí. Ya mucho se escribió sobre nuestra generación, la que creció en los 90’s. Mucho hay para leer sobre lo que vivimos, pero yo ahora voy a escribir sobre lo que aprendí de las generaciones anteriores.
Cuando tenía 8 o 9 años, salía de la escuela y pasaba a merendar por lo de mi abuela, la madre de mi viejo. Tenía que hacer tiempo porque a esa hora aún mis viejos trabajaban y no había nadie para abrirme en casa. Supongo que así, también, se ahorraban de darme la merienda.
Salía a las cinco de la tarde de la escuela. A las cinco y cuarto llegaba a lo de mi abuela, a tiempo para sentarme en la mesa del patio con el sol del otoño dándome en la cara. A las 5 y media, mi abuela me acercaba un vaso de vidrio, de esos largos, con chocolatada, unas galletitas y un plato con algunas mandarinas.
Después de alguna charla, mi abuela se iba adentro a planchar ropa. Cuando no se escuchaban voces,  desde el fondo del patio aparecía su perro para saludarme.
No puedo describir el dolor de ese perro cuando mi mano se ofrecía para una caricia. Mi mano derecha dejaba el vaso de vidrio con la chocolatada, se apoyaba en su cabeza, recorría su cuerpo y él lloraba en el volumen justo como para que mi abuela no lo escuchara desde adentro de la casa. Sus ojos me decían “sálvame, no me des amor”. Yo me desesperaba, intentaba calmarlo o calmarnos, acariciándolo, pero continuaba sufriendo. 
Yo creo que me terminé convirtiendo en escritor para contar sobre el dolor de ese perro, por una caricia, pero con la esperanza de que nunca nadie tenga que vivir una situación así. Es algo sobre lo que nadie debería escribir jamás.
Creo que ese dolor fue el que atravesó mi mano y me dio el coraje, a los 13 años, cuando por fin entré a mi casa, después de caminar las 50 cuadras y un largo pasillo, para agarrar la botella de vino tinto Toro de la mesa y partirla sobre la cabeza de mi viejo, que puteaba apurando a mi vieja para que sirva la comida, mientras él se rascaba las bolas mirando al pelotudo de Mauro Viale.
Mi viejo nunca más volvió a fajar a nadie, tampoco tomó más vino, o por lo menos nunca más puso una botella sobre la mesa. Yo nunca me casé ni tuve hijos y jamás volví a pegarle a nadie. Me volví escritor y termino escribiendo las últimas palabras de este cuento, sirviéndome el último vaso con vino tinto Toro… eso sí, de botella, obvio.

Facundo Dufour

Facundo Dufour (@fak_cjs)
Nacido en la madrugada del 29 de mayo de 1985, en la ciudad de Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires. Noctámbulo de nacimiento, enemigo natural de los horarios comerciales. Asocial e introspectivo. Difícilmente conteste un llamado telefónico. Amante de la lectura desde que aprendió a hacerlo y también desde muy pequeño juega a escribir. 
Estudió gran parte de la carrera de psicología y es acompañante terapéutico. Sobrevive trabajando como empleado administrativo y de changas varias.
Actualmente se encuentra incursionando en la educación popular y trabajando en proyectos sociales relacionados con la literatura.

“Los domingos” de Sofía Gerk
El tercer domingo de cada mes la casa en silencio como a mí me gusta, esa hora entre las 9 y las 12 del mediodía dispongo de la casa a mis tiempos, abro la ventana del living y dejo que entre el aire de todas las estaciones, pongo la música en el volumen 16 que es como a mí me gusta, hago el mate bien caliente y con yuyitos solo para mi, porque vos mate amargo y sin condimentos me decís. Ahí, leo el diario, riego las plantas, alimento a Toro para que ningún maullido interrumpa mi bienestar.
Es imposible no pensar en el día en el que tu madre muera, porque ahí se me acabaría el tercer domingo más calmo de mi mes, hace 8 años que los vivos y cada vez con más ganas. Cuando a tu hermano se le ocurrió sacar a tu madre todos los domingos del mes del hogar y llevarla a hacer distintos planes en la ciudad o en nuestros almuerzos familiares, nunca entendiste porque mi enojo y mi grito en el cielo, creo que fue la primera vez que pude decidir algo en esta casa, y fue defender mi tercer domingo del mes.
El tercer domingo del mes de septiembre me llamaste a las 12:30 para invitarme al almuerzo que tu hermano improvisadamente organizo en el parque independencia y a vos te parecía una buena idea. Te explique que ya había puesto el pollo y las papas al horno y que me quedaría en casa, tu porción te la podías calentar a la noche, yo con una manzana ya puedo dormir. Creo que esa fue la primera vez en 30 años de casados que no te acompañe a un compromiso. Pude justificarlo porque sabes el mal humor que me provoca los planes improvisados el tercer domingo del mes.
En mi sobremesa en soledad, decidí buscar una vieja receta en internet para regalarme el domingo completo, algo dulce como a mí me gusta. Abrí tu notebook porque la mía la tenía Soledad esa semana, tenías el mail abierto, jamás en 30 años hice click en tu mail para revisarlo o mejor, jamás desde que tenés mail pensé en hacerlo. Ese tercer domingo me dieron ganas de permitirme hacer algo incorrecto, y ahí conocí a Alicia, de Buenos Aires. En ningún mail dice la edad, pero interpreto que es mayor de edad, y eso me dio calma. Conocí sus pezones marrones y sus tetas caídas, tu placer máximo era apretarlas, juntarlas y apoyar tu cabeza entre ellas después que lograbas eyacular. Eso lo dice en el tercer mail; Te gusta su pelo entre canoso y rubio, el momento exacto en el que su rodete se desarma, ahí la agarras del cuello y subís las manos hasta masajearle la cabeza, le decís “Vení cerquita” y te la traes a tu pecho con fuerza, a ella le recuerda una imagen de su infancia ese masajeo, le calienta que le hables a lo oído
En el quinto mail le contas que hace 3 años que nadie logra pararte la pija, ¡nadie! le decís, me pregunto cuántos encuentros antes que Alicia para comentar una estadística tal. Alicia te la pone dura y a veces sentís que te va a dar un infarto, le dijiste que esa idea de morir adentro de ella te calienta más, pero le prometes que te harás chequeos médicos lo antes posible. También llevas bombones a la cama, te preocupa tu aliento de viejo, los masajes primero en los pies, luego en las piernas hasta llegar a su vagina y besársela completa la hacen acabar a Alicia a veces sin necesidad de penetración.
Todos los tercer domingos de cada mes, abro tu mail y busco esa conversación con Alicia, que cada vez está más presente, ya conozco su casa, su frazada favorita, sus medias de red, su cotidiano fantasioso; hace rato que el doctor te prohibió manejar en ruta, y el deseo se hace kilómetros le decís, encontraste esta forma de calentarte en la computadora y de pasar desapercibido, te confieso que algo de calor todo esto me da, y que después de muchos, muchos años me toco pensando en vos. 

Sofía Gerk

Sofia Gerk
Nació en el otoño de los ´90, es de Coronel Suarez, y eso queda en el sudoeste de la provincia de Buenos Aires, pero prefiere llamarle Sauce Corto, el nombre del arroyo que pasa cerca del pueblo/ciudad; que antes fue su nombre. Lo que más le gusta del lugar de donde nació, es que se puede ver el sol salir y esconderse en su completo recorrido.
Es licenciada en turismo, estudio teatro, amiguera, inquieta, fanática de la flora autóctona del pastizal pampeano, aunque ahora reconoce la belleza de las introducidas, todxs venimos de algún lugar. Lo de escribir, un juego que estimula la memoria .

Compartí en tus redes favoritas

Leer anterior

Los redondos y el club de los desobedientes

Leer siguiente

El álbum (1995)