Cuentos que caminan de La Plata a Ituzaingó

Un nuevo ciclo de Nina Ferrari poniéndole la voz a las voces de lxs autorxs del conurbano, a escritorxs de los bordes, esos que no están en el centro de la escena, pero que existen a lo largo y a lo ancho del país. A ellxs queremos darles este espacio, desde Editorial Sudestada, continuar el camino que inició Hugo Montero: reivindicar el arte popular y darle lugar a las voces que están por fuera de los circuitos culturales hegemónicos. Así como el neoliberalismo propone mercantilizar el arte a través de la cultura del ego y la supremacía del individuo, nuestra resistencia propone redistribuirlo todo: hasta la belleza.En este domingo dos escritorxs de dos territorios: La Plata e Ituzaingó

Por Nina Ferrari

“Dice la abuela que ya nacimos así” de Mariela de los Santos (Ituzaingó)

Están ahí. ¡Ahí!, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. No te lo puedo explicar bien, no es algo que lo ves, pero te juro que están ahí. En las charlas con mis hijos. ¡Sobre todo con mi hija!. Y a mis amigas les pasa lo mismo, eh: las abuelas hacemos todo mal. No lo siento yo, pero lo dicen las teorías, de las teorías…
Me dicen que está todo mal. Que mi historia es residuo, que ni para reciclar sirve. Hay una línea para cada etapa de la vida. ¿Sabés lo que me dijo mi hija?, que le dé el vaso de vidrio al nene, porque si le doy de plástico le estoy cagando la autonomía. Dos añitos tiene, dos recién cumplidos, ¿sabés las veces que se le caen los vasos a los chicos?, me daban ganas de decirle. Pero no, cerré el pico porque sino se viene el sermón del año de que no es no; ¡¡¡por un vaso de vidrio o de plástico!!!, ¿me entendés?. Entonces yo suelo explicar… al aire, para convencerme a mí, porque no es que me estén poniendo un arma en la cabeza pero tengo que justificar lo que hago. Entonces yo le o mejor dicho me digo: ¡se va a cortar con el vidrio!.
Y esto no es nada, se metieron con lo más lindo que tenemos las abuelas, una cobra la jubilación ¿y qué quiere?, ¡claro,eso mismo: regalarle una pavadita a los nietos!. Para eso vivo. Pero no. Hay una lista prohibida. Mi hija quiere que no le regale la muñeca que me pide mi nieta. No, que le regale una pelota de fútbol. Yo se la regalaría contenta, pero mi nietita ¡quiere una muñeca! y me la pidió a mí. Porque es muy despierta la chinita. Pero no, regalo prohibido. Y eso que yo no le dije mirá elegí esta muñeca. No, ella vio en el jardín que tenían muñecas y quiere ¿cómo no va a querer?. Ahora yo tengo que regalarle lo que no le gusta. No, para eso mirá, prefiero no regalarle nada. Porque ni ropa eh, no se salvó ni la tela, ¡colores prohibidos!. Un escándalo porque le regalé una remera del hombre araña al nene y una de una estrella violeta a la nena. Se me atragantaron las facturas ese día. Hacía una semana que no veía a los chicos, chiques perdón. Y quería ir con un regalito para que empiecen el jardín. ¿Sabés lo que le contestó la nena a mi hija cuando le dijo ¿no querés mejor la pelota? :¡no es no mamá, no es no, quiero la muñeca!. ¡¡¡Já, ahí tenés, bebiendo de tu propia medicina!!! me daba ganas de decirle pero no, mejor me hice la pava y seguí con lo mío. Porque mi hija es tremenda, ¡para qué te voy a decir si yo la críe!.
Pero no me pasa sólo a mí. A mi amiga Irma que tiene tres nietitas, le prohibieron que le de coca cuando van a la casa, que la coca ¡es peor que la cocaína! le dijo el hijo.
Y Mario, ay no por dios, Mario se metió en la boca del lobo solito, pobre hombre. Le dijo a nuestra hija felíz día hijita, te amo mucho, tu papi. ¡¡¡¡¡Felíz día!!!! parece que la hubiese insultado. ¿Para qué?, se le vino el sermón de que no se saluda, de que es un día de lucha, de que el saludo es algo así como patriarcal, ah porque ahora todo es patriarcal. Ojo, tiene razón que son otros tiempos, y para las mujeres, mejores. Yo las admiro de verdad. Pero Mario se lo dijo con amor, ni sabíamos que no se saludaba más por el día de la mujer.
Te soy sincera, y que de esto no se entere nadie, pero estamos mejor cuando estamos solos con los chicos. Después nos hacemos los distraídos y bueno, a esta altura de la vida mirá si vamos a estar pichuleando los gustitos que nos damos con nuestros nietos. Si quieren educarlos con los juguetes que lo hagan, pero no les vamos a regalar algo que no les gusta porque lo hayan leído no sé donde. A veces una vez a la semana los vemos mirá si van a venir a mi casa a pasarla mal ¡por favor!.
A parte yo les digo, che frenen un poco el carro, los criamos a ustedes y tan mal no salieron ¿o sí?. Nos tratan como si tuviéramos que pedir permiso para hablar o cualquier cosa es “retrógrada”. ¡Retrógrados son ellos que están controlando todo como si fueran policías!

Mariela de los Santos

Mariela de los Santos
Nació en 1986 un viernes, su día preferido. Veintipico de años después, fue un viernes que descubrió que ya no le salía la vertical naturalmente. 
De su madre heredó la curiosidad (las malas lenguas le llaman chusmasión) y de su padre la terquedad. Dos cosas que intenta combinar en sus escritos, y que al parecer también las han heredado sus tres hijos.
Es educadora popular del centro comunitario Para Todos, Todo; de la Red el Encuentro. Allí absorbe energía vital de niños y oculta perfectamente que ya no se sabe una canción de moda completa. 

Hombres” de Ramiro Cachile (La Plata)
Nunca me imaginé que fuera así, amigo, esto de ser hombres, adultos, qué sé yo, esto de cruzar los límites y empezar a ser tipos grandes, respetables, de esos que llegan a la casa y golpean las puertas, que se emborrachan frente al televisor, que marcan a los chanchos para la cena; esos tipos resueltos con una mujer que le cocina y le seca la frente, con hijos que le festejan los chistes y les temen de igual manera. ¿No es increíble, amigo mío?
Pero, la verdad, nunca lo imaginé así, como ahora, llegar al momento que tanto pensamos, tumbados en la arena; y el mar que nos moja los pies, lento, cómo si quisiera despertarnos pero sin hacernos enojar, las olas rompiendo, cada vez más fuertes y más cerca, constantes, desesperadas y también listas para arrastrarnos adentro, para chuparnos como un vórtice negro, desaparecernos como haría la policia. Pero, no, amigo, no tengas miedo, que puedo sentirte respirar y eso me alivia, aunque las gaviotas merodeen, empiecen a intuir el sabor de nuestras carnes, estamos vivos, no estamos listos todavía ¿Cómo vamos a estar listos, amigo, si esto recién empieza? 
Porque no somos más esos nenes, ocho o nueve años, pantalones cortitos, las piernas peladas, raspones y algún que otro moretón, meriendas en el patio de la abuela, pelotazos a lo del vecino, gomeras y gorritas de Boca, treparnos a las paredes del club, mirar al vestuario de las chicas. Me alivia, que esto haya sido con vos, y no contra vos, amigo. Esto fue para los dos. Me duelen los puños y las muñecas, no los puedo mover, me pesan, me pesan las manos amigo, cuarenta o cincuenta kilos, estas manos que todavía puedo ver como se hunden en tu mandíbula, como la diestra se llena de los huesos y dientes de tu boca y la izquierda de las tripas que regurgitan en tu panza. Siento, también, el sabor metálico de la sangre, metálico y coagulante, una bola de sangre rozando mi garganta, recorriendo mi esófago, como si tragara un pedazo de carne sin masticar.
Con la lengua, arde la lengua, examino los dientes: dos o tres dientes rotos, dientes que no están, son como ausencias que duelen un poco ahora porque al final del día ya no van a importar. Claro que no van a importar, sí son como un documento de identidad. Lo sabrán todos: adultos, ellos dos, miralos ahora, dirán. Pienso cómo llegamos hasta acá, amigo, si abrir esa botella de vodka estuvo de más, si se habrá enojado tu viejo y si Teresa no hubiese existido. Duele el cuerpo, pero no el orgullo, amigo. Puedo saberlo, puedo sentirlo, ahora que soy hombre sé donde está el orgullo y es acá, en el medio del estómago y baja como una serpiente hasta los huevos. Y te escucho respirar, revisarte la cara, apretar el puño de tu camisa, limpiarte los cachetes.
Qué alivio, amigo, jamás fue tan lindo escucharte respirar.
Cae la bruma sobre mi pecho y el viento levanta la arena, arena seca que se mete y se pega en los pliegues de mi cuerpo. Recuerdo ese amanecer –como tantas otras aventuras antes que el sol salga– cuando nos trajimos las cañas, jugamos a las paletas,  juntamos mejillones, almejas, nos imaginamos la mujer con la que nos íbamos a casar. La brisa era fría, helada, y vos no parabas de toser: tenías miedo que tu vieja te rete. Pero te quedaste, porque soñamos con alguna mujer que todavía no conocíamos y eso estaba bueno. Ese era nuestro rubicón, nuestro secreto, nuestro lance a la adultez. Pero nunca, amigo –no lo podíamos saber– , que iba a ser la misma mujer. Teresa, hermosa Teresa, su pelo rubio y ondulado cayendo sobre los hombros, su sonrisa, su sonrisa cuando andaban de la mano, su sonrisa cuando me la presentaste.
No te culpes amigo, yo no me culpo, no te culpo. Si somos casi iguales, si las viejas del barrio nos decían los melli, los hermanos macana, los dos chiflados. ¿Te acordás cuando leímos Tom Sawyer? Eso fuimos, Huck, eso fuimos. Pero llegamos, algún día iba a pasar, papá nos advirtió, papá nos dijo que ya deberíamos madurar, dejar de andar como dos desviados, de bar en bar, asentarnos, casarnos, tener nuestro propio pedazo de tierra.
No sabíamos, amigo, no lo sabíamos.
Y te escucho, te escucho decir algo, y este momento también iba a llegar, amigo, que alivio. Te miro, te miro con la cara roja, llena de grietas, y me mirás con los huecos en tu boca, con tu risa atragantada. Y nos echamos a reír, amigo, otra vez, y el mar se acobarda, y las olas se callan, y las gaviotas se espantan. Como siempre, amigo, juntos, aunque ahora seamos esos hombres, hombres con marcas en el cuerpo, hombres de sangre y vodka, que llegan a sus casas, a su pedazo de tierra, con su mujeres y sus niños. Hombres que cuentan siempre la misma historia, tumbados en la arena, frente al mar.

Ramiro Caliche

Ramiro Cachile 
Nació en la afueras de La Plata, en el año 1990. De chico, quiso ser futbolista o manejar un tractor, de grande dice muchas cosas sin importancia, como que escribe para no tener que dar explicaciones. Estudió Comunicación Social y nunca terminó. De oficio lector y escritor, trabaja de otra cosa. Tiene un libro: Devenir, una obra de poemas. Se dedica principalmente a la narrativa: cuentos y novelas. 

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