Jazz y racismo #3. John Coltrane: Sweet Home Alabama

Septiembre de 1963. Una bomba del Klu Klux Klan estalla en una iglesia y mata a cuatro nenas. La comunidad negra arde de rabia y dolor. John Coltrane toma su saxo y compone una canción conmovedora: “Alabama”. Tercera entrega del dossier Jazz y racismo de Sudestada.

Por Hugo Montero

“Una de las cosas más incomprensibles de Estados Unidos es el hecho de que, a pesar de su perfil despreciable, todavía exista aquí tanta belleza”
Amiri Baraka, al definir un concierto de John Coltrane

No hubo discursos ni arengas. Tampoco su testimonio ocupó espacio en la prensa. Estaba claro; lo suyo no era la palabra. El lenguaje de John Coltrane pasaba por otras vibraciones. Su único modo de expresión era la música. Por eso, su respuesta fueron aquellos seis minutos de belleza que registró bajo el nombre de “Alabama”. El nombre del tema era un mensaje directo al corazón de su pueblo: apenas un mes antes, el 15 de septiembre de 1963, una docena de cartuchos de dinamita habían estallado en el sótano de una iglesia en Birmingham, la ciudad más grande de Alabama; el corazón de un estado enfermo de racismo que reservaba para los negros el peor de los infiernos, el núcleo duro de un poderoso Klu Klux Klan que extendía sus brazos de sangre y terror gracias a la complicidad de la policía y al generoso financiamiento de la comunidad blanca local. La bomba mató a cuatro nenas de entre once y catorce años que esperaban su turno para la catequesis en la iglesia, y dejó una veintena de heridos. Pero una herida aún mayor se dibujó en la piel del pueblo afroamericano de Alabama.

No, no había palabras para definir la barbarie. Pero tampoco el silencio parecía el refugio ideal para tanto dolor acumulado, para tanta bronca contra el blanco asesino, para tanta tristeza por aquella historia de pequeñas mártires. Coltrane lo sabía, por eso tomó su saxo y dibujó una melodía conmovedora. Un himno al dolor sin una sola palabra, un canto a la rebeldía sin una sola consigna. Apenas el sonido de un saxo que lacera el silencio, que sigue la cadencia de otra melodía, como si la acompañara en un ritual. Coltrane, como tantos otros, escuchó el discurso de Martin Luther King la tarde del funeral de las cuatro chiquitas. Escuchó sus palabras de dolor y su vibrante exposición, de frente a las familias de las víctimas: “Estas niñas inocentes fueron víctimas de uno de los crímenes más trágicos jamás perpetrados contra la humanidad.

Y sin embargo, murieron noblemente. Son las heroínas mártires de una santa cruzada por la libertad y la dignidad humana”. Como casi siempre en sus discursos, King fue trastocando sus formas hasta esbozar un epílogo encendido con el fuego de la crítica contra un sistema que enterraba inocentes y protegía a criminales: “Ellas tienen algo que decir a cada uno de nosotros. Tienen algo que decir a esos ministros del evangelio que permanecen en silencio detrás de la seguridad de sus ventanas con cristales de colores. Tienen algo que decir a todos los políticos que alimentaron a sus electores con el pan duro del odio y la carne podrida del racismo. Tienen algo que decir a un gobierno federal que se ha comprometido con las prácticas antidemocráticas de los racistas del sur. Tienen algo que decir a cada negro que acepta pasivamente el sistema de segregación y que se mantiene al margen de nuestra lucha por la justicia. Dicen que cada uno de nosotros debe estar preocupado no sólo por quiénes las asesinaron, sino por el sistema, el modo de vida, la filosofía que produjo a esos asesinos…”.

Quizá Coltrane no recordaba con precisión cada una de las palabras del predicador, pero guardó en su memoria la cadencia de su voz, ese viaje melódico de la tristeza a la rabia. Esa melodía que la voz de King expandió entre tanto dolor, Coltrane la utilizó para componer “Alabama”, la banda de sonido de un tiempo único, de una lucha interminable contra el racismo. No hicieron falta las palabras para contar esa historia. Alcanza y sobra con escuchar “Alabama”.

Trane nació en un pueblo de Carolina del Norte, nieto de pastores metodistas, hijo de una sirvienta y de un sastre, de modo que la iglesia y el sonido de sus spirituals fueron un territorio familiar desde pibe para él. Después, llegarían los tiempos de sumarse a la banda de Dizzie Gillespie y compartir el escenario con otros grandes como Miles Davis, hasta que llegó al momento de liderar su propia banda. En ese rol de estrella del jazz, Coltrane rompía con los estereotipos: se vinculaba con sus músicos como un par, se mostraba con una humildad sincera, cuando bajaba del escenario seguía obsesionado con los misterios de su instrumento y rechazaba las ofertas de salir de joda. Miles Davis se encargó de subrayar esas singularidades de Coltrane, que no se condecían con su rol de genio sobre el escenario: “Salía a tocar vistiendo ropa con la que parecía haber dormido durante días, desordenada, arrugada, hecha una mierda.

En el estrado, cuando no pasaba el tiempo dando cabezazos, se hurgaba la nariz. Y no se dedicaba a las mujeres, como nosotros. Simplemente tocaba, vivía absorto en la música, y si una mujer se hubiera presentado ante él completamente desnuda, ni siquiera la habría visto”. Sus problemas con la heroína y la bebida lo arrastraron al sótano de una vida compleja; si su talento le permitía abrir todas las puertas y tocar con los más grandes, sus adicciones lo aislaban. Reconocido por sus pares como un genio, la crítica lo miraba con recelo por ciertas desmesuras musicales: solos interminables, experimentación constante, ritmos imposibles de encasillar (todavía no habían bautizado como free jazz a aquel estilo innovador y vanguardista), como si Trane tuviera la capacidad de encerrarse en sí mismo mientras profundizaba una búsqueda espiritual que determinó toda su corta vida: “Quisiera aportar a la gente algo que se parece a la felicidad. Me gustaría descubrir un procedimiento tal que sólo deseando que lloviera, la lluvia llegara. O que si uno de mis amigos enfermara, yo pudiera tocar una melodía que lo curara. Pero cuáles serían esas piezas y cuál es el camino que debo recorrer para lograr ese conocimiento, lo ignoro. Los poderes de la música son todavía desconocidos. Poder dominarlos debe ser la ambición de todos los músicos”, reconoció en mitad de ese proceso.

El fuego, la pasión, la furia

Coltrane no era un activista de la retórica. En escasísimas ocasiones manifestó sus opiniones políticas y siempre defendió la música como su espacio de expresión, pero siempre se sumó a tocar en festivales solidarios, como durante el Congreso por la Igualdad Social, o para recaudar fondos para las diversas organizaciones por los derechos civiles. Le dedicó dos temas a la lucha de los negros, “Reverend King” y “Back against the wall”, y admiraba a Malcolm X, a quien escuchaba en cuanta oportunidad se le presentaba, pero eludía cualquier comparación con aquel líder revolucionario. No fueron pocos los que intentaron erigir a Coltrane como el referente de la lucha negra en el ambiente musical debido a la impronta de su música. Pero Trane elegía apartarse de aquel lugar que lo incomodaba, evitaba las opiniones políticas e intentaba explicar que su búsqueda pasaba por otras zonas. El crítico de jazz y militante marxista Frank Kofsky fue un poco más lejos y escribió un ensayo en el que ligaba a Coltrane y a Malcolm X en un mismo camino: “Los dos pidieron a sus seguidores salir de las formas habituales de pensar y sentir, porque ellos mismos estaban dispuestos a abrir ese camino al desafiar todas las hipótesis convencionales y descartar aquellas que no cumplían con la rigurosa prueba de la realidad, aunque al hacerlo se vieran obligados a sacrificar su propia seguridad personal. Los dos podrían haberse asegurado una vida de relativa comodidad y bienestar simplemente cumpliendo con algunos compromisos de menor importancia; sin embargo, ambos se negaron a intercambiar un plato de lentejas por el derecho a buscar y después enunciar su verdad”.

El propio Kofsky se desesperó por alinear al músico bajo los parámetros de la izquierda radical, como cuando lo entrevistó y le preguntó si se sentía un poco responsable por la obligación de transmitirle algún mensaje (más allá de lo musical) a su público. La respuesta de Coltrane lo dejó pateando el aire: “Sí, y esa es una de las cosas que me interesan ahora mismo. Y no sé muy bien cómo llevarla a cabo. Quiero averiguar de qué manera debo hacerlo. Creo que tiene que hacerse con mucha sutileza, no puede uno dedicarse a meterle a la gente la filosofía por la boca, y con la música ya es suficiente. Eso ya es filosofía. Yo creo que lo mejor que puedo hacer en este momento es intentar ponerme un poco en orden y conocerme. Si lo consigo, me pondré simplemente a tocar. Creo que lo conseguiré si logro profundizar en mí y ser como creo que debo ser y tocarlo. Creo que la gente lo apreciará porque la música va muy lejos en su capacidad de influir”.

Quizá ningún otro observador haya sintetizado lo que significaba Coltrane para su época como uno de sus pares. Miles Davis, aquel trompetista que lo sumó a su banda en 1955 y lo echó a las trompadas dos años después debido a sus adicciones, que lo volvió a convocar tiempo más tarde para integrarlo en uno de los discos emblemáticos de la historia del jazz, Kind of blue, ya era una estrella internacional cuando no dudó en reconocer lo que significaba Trane para su pueblo: “La música de Coltrane representó para muchos negros el fuego, la pasión, el odio, la ira, la rebeldía y el amor que ellos mismos sentían, sobre todo los jóvenes revolucionarios negros de la época. Él expresó mediante la música lo que Stokeley Carmichael, los Panteras Negras y Huey P. Newton decían con palabras, lo que Amiri Baraka decía con su poesía. Era el abanderado del jazz, entonces ya por delante de mí. Tocaba lo que ellos sentían en su interior y manifestaban en los disturbios, en ese burn, baby, burn! que en este país se repetía por todas partes durante los años sesenta. Para muchos jóvenes negros significaba la revolución: peinados afro, túnicas dashiki, Poder Negro, puños alzados al aire. Coltrane era su símbolo, su orgullo; su hermoso, negro y revolucionario orgullo”.

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