Rehenes #4. Irán y el papelón de Carter

En la Operación Garra de Águila, todo lo que podía salir mal, salió mal. Irán, 1979, el asalto a la embajada de Estados Unidos en Teherán y 444 días de tensión, 66 diplomáticos rehenes y una operación que terminó en uno de los papelones más graves de la historia norteamericana. Última entrega de la serie #Rehenes en Sudestada.

“El plan de asalto estaba incompleto. De hecho, las probabilidades de que tuviera éxito eran muy leves. El escenario básico lucía muy complicado. Y en ese momento las Fuerzas Armadas de Estados Unidos no tenían ni los recursos ni las capacidades para llevarlo a cabo”

Coronel Charles Beckwith, comandante de la Fuerza Delta.

En Irán, era el decimotercer día de Aban, del año 1358, según el antiguo calendario zoroástrico que había sido recuperado cincuenta años atrás por el primer sha de la línea Pahlavi, Reza Kahn. Por entonces, la agitación política y religiosa había alcanzado particularmente a las aulas universitarias de Teherán; y eran ellos, los jóvenes estudiantes, los que de un modo cotidiano ocupaban sus calles para hacer escuchar sus reclamos y sus deseos de profundizar una revolución que seguía sin rumbo claro.

En la calle se disputaban la hegemonía de la revuelta los grupos nacionalistas de izquierda, partidarios de un régimen político similar a los de Europa del Este, y los jóvenes islamistas, que insistían en la creación de una inédita República Islámica como una tercera opción por fuera de los modelos de capitalismo y de comunismo, basándose en principios “auténticos y divinos”. Lo que sí estaba claro era que los jóvenes eran la vanguardia: ellos eran los que habían sacrificado su cuota de mártires en la lucha callejera contra las violentas fuerzas de seguridad del sha y ellos eran los que habían derrocado al tirano Mohammad Reza Pahlavi en las turbulentas jornadas de un año atrás, y lo habían obligado a huir del país el 16 de enero de 1979. Ahora seguían lo que definían como “la voluntad de Alá”. En cada manifestación, en cada asamblea, en cada reunión de estudiantes abrazados por la causa del Islam militante, la misma consigna amenazante se repetía en gritos, carteles y panfletos: “¡Ya nos ocupamos del Sha; ahora es el turno de Estados Unidos!”. Un profundo sentimiento antinorteamericano ya ardía entre las nuevas generaciones de iraníes. Y no paraba de crecer.

Desde hacía varias semanas atrás, algunos observadores se dedicaban exclusivamente a registrar cada movimiento advertido detrás de los muros que protegían a la embajada norteamericana en Teherán. Como un símbolo intolerable de todo aquello que los jóvenes iraníes despreciaban, esa construcción gigantesca en pleno corazón de la ciudad era casi una provocación, un núcleo de maldad, decadencia y pecado que corroía las entrañas de su patria desde hacía muchas décadas. Después de todos, habían sido los norteamericanos el principal sostén económico y político de la tiranía del Sha; ellos habían sido sus aliados durante los años difíciles de la Guerra Fría, y ahora era ese país con su bandera de estrellas y franjas horizontales el que gozaba de la explotación de los interminables yacimientos petroleros de la región y el que  protegía al tirano en un exilio fastuoso, digno de un emperador. El sha Pahlavi fue para Washington un importante alfil de su enorme tablero de ajedrez contra el comunismo internacional durante décadas: un freno a la expansión de los soviéticos en los países árabes, un régimen suní conservador que garantizaba además la continuidad del millonario negocio petrolero y una base aliada desde la cual poder controlar la tensa región. Si para permanecer en el poder apelaba al terrorismo de Estado, perseguía opositores y empobrecía a la población, era el costo que el pueblo iraní debía pagar por mantener equilibrado el mapa geopolítico internacional.

Después de todo, hasta un primo lejano del presidente Franklin D. Roosvelt, de nombre Kermit, había conspirado como agente de la CIA durante el golpe de Estado que en 1953 tumbó al último presidente iraní elegido democráticamente por su pueblo, y lo había reemplazado por el Sha. Alguien debía pagar el precio de tantos años de impunidad, saqueo y complicidad. Estados Unidos, el “Gran Satán”, no podía seguir ondeando su bandera en tierras iraníes alegremente, como si no estuviera en marcha la revolución islamista más profunda de toda la historia, como si no fueran los audaces jóvenes quienes tomaran la iniciativa política en un clima de ebullición.

Irán era un hervidero de conspiraciones secretas, intrigas palaciegas, incidentes callejeros y fanatismos religiosos que pugnaban por salir a la superficie. Y en 1979, todo parecía a punto de estallar.

Según la definición del periodista estadounidense Mark Bowden, en las horas previas al asalto a la embajada americana: “Irán estaba sumido en el tumulto, a media revolución, atrapado en una pugna entre el presente y el pasado”. Sin embargo, los análisis de la CIA previos al estallido, por el contrario, no dejaban entrever ninguna situación de crisis. Seis meses antes del derrocamiento de Pahlavi, la conclusión de los despistados informantes de la Central de Inteligencia se sintetizaban en que en Irán no existía “una situación revolucionaria, ni siquiera prerrevolucionaria”. Y la tendencia a subestimar el clima de agitación y tumulto que hervía por las calles de Teherán, se expandió incluso meses después, hasta horas antes de la toma de la embajada. Para la CIA, la influencia que tenían sobre los principales cuadros del nuevo Gobierno Provisional garantizaba, en todo caso, socavar las bases de la revolución o, al menos y por el momento, mantener contenido al sector más radical instigando, por ejemplo, varios conflictos étnicos en las zonas fronterizas. Después de todo, el objetivo de Estados Unidos era devolver a su puesto al odiado sha a cualquier precio, como única garantía para mantener sus negocios en Irán. Para la CIA, el Gobierno Provisional era un títere y ellos, los titiriteros en las sombras.

De hecho, el jefe de la CIA en Teherán, John Graves, había enviado un telegrama a Washington la semana previa anunciando que la tensión se había disipado en el país y que era necesario retomar el plan original que contemplaba un aumento de personal en Irán. Hasta el día de hoy persisten las dudas acerca de la escasez de reflejos de los analistas estadounidenses en Teherán y pocos son los que se conforman con la hipótesis de que todo se trató de un simple error de caracterización política.

En ese sentido, el investigador iraní Fara Mansoor subraya en una entrevista publicada en 2012, la punta del ovillo a partir de una sospecha nunca confirmada: “La crisis de los rehenes no fue un acto espontáneo de las multitudes iraníes o un acto sin sentido ideado exclusivamente por el régimen de Jomeini. Más bien, se trataba de un caso políticamente fabricado por la CIA de George Bush”. ¿Tenía la CIA como objetivo sabotear al gobierno del demócrata James Carter y garantizar la llegada a la Casa Blanca de la dupla republicana Ronald Reagan-George Bush (padre)? ¿Fue el ayatolá Jomeini el “mal menor” elegido por la CIA para Irán, ante la posibilidad concreta que ese país se convirtiera en una nueva plataforma de desembarco del comunismo en las regiones de Oriente Medio? No hay respuestas para estos interrogantes, como tampoco para las dudas que generó la actitud impasible de la CIA ante el agravamiento del conflicto que terminó con la irrupción de una muchedumbre ante el edificio diplomático, y a ofensiva de cientos de jóvenes seguidores del “Líder espiritual” de la revuelta: el Ayatolá.

Cuando los pocos agentes de la CIA encargados de la seguridad del edificio se percataron de que un centenar de jóvenes escalaba los muros de la embajada, ya era demasiado tarde.

Contra el “Gran Satán”

Como era lógico por la dinámica de los acontecimientos, fue en una asamblea estudiantil en Teherán que se informó sobre el plan de tomar la embajada de Estados Unidos. Cientos de estudiantes de las principales universidades de la ciudad escucharon en silencio la planificación general, a cargo de una docena de jóvenes que se distinguían entre sí utilizando el nombre de “Estudiantes Musulmanes Seguidores de la Línea de Imam”, como para dejar en claro su lealtad hacia el ayatolá Ruholla Jomeini, un sacerdote fundamentalista y de profunda convicción antiimperialista, que se había transformado en el líder espiritual de la revolución, después de un largo exilio en Irak. El sencillo plan operativo establecía que los 400 jóvenes que formarían parte del grupo de asalto se dividirían en cinco grupos, cada uno de ellos con la responsabilidad de avanzar sobre uno de los sectores de la fortaleza norteamericana. Por fuera de los muros, era vital el respaldo de la muchedumbre en las calles, ante la virtual necesidad de reemplazar a los caídos o para garantizar, en todo caso, alimentos a los ocupantes y a los rehenes, si tenían éxito en su misión. El objetivo era tomar el edificio de un modo completamente pacífico durante tres días, para desde allí difundir a todo el mundo sus proclamas revolucionarias y sus denuncias contra Estados Unidos por su papel de aliado del sha desde 1953. Pero las previsiones de los organizadores serían superadas por la realidad, pocas horas más tarde.

Los estudiantes contaban con la certeza de que la policía local no intervendría, pero la duda se situaba en cuál sería la respuesta de los encargados de seguridad de la embajada. ¿Serían capaces de disparar contra la multitud, desarmada en su mayoría? ¿Un disparo del fusil de un estadounidense estimularía la indignación y expandiría la rabia de todos los islamistas congregados alrededor del edificio? ¿Cuál sería la reacción del débil Gobierno Provisional, donde se aunaban los radicalizados aliados de Jomeini con los tibios funcionarios que habían quedado de la gestión del sha y que seguían escrupulosamente el guión dictado desde la CIA? ¿Cuál podría ser el epílogo de semejante aventura?

Si bien los jóvenes reverenciaban la figura del veterano imám Jomeini y respetaban al poderoso clero islamista al que pertenecía, ninguno podía imaginarse la reacción de su líder ante su accionar, tan inconsulto y secreto como velozmente planificado. En los días previos, la actitud de Jomeini con el Gobierno Provisional había sido tan vacilante que despertó desconfianza entre sus mismos seguidores: pero si Jomeini vacilaba, ellos duplicarían la apuesta y se encargarían de ir a fondo, de evitar cualquier retroceso con un plan de audacia extrema. Las dudas sobre la actitud de Jomeini se vieron felizmente disipadas horas después del inicio de la toma, cuando el Ayatolá habló ante los medios de prensa de su país para instar a todos los estudiantes “a incrementar los ataques contra Estados Unidos”. Si bien la acción sorprendió al Ayatolá, estaba claro que el líder musulmán aprovechó la crisis para fortalecer su posición radical y para debilitar a los grupos moderados que lo secundaban.

Esa tarde del 4 de noviembre de 1979, cuando llegó la hora, los estudiantes responsables del asalto se identificaron con un brazalete con una foto de Ayatolá y una consigna estampada en sus brazos: “Dios es grande”. Algunas mujeres, ocultaban bajo sus ropas tenazas para romper las cadenas y los candados de las puertas. De la muchedumbre que avanzaba por las calles linderas, se desprendieron los grupos de estudiantes dispuestos a escalar los muros de la embajada. En cuestión de segundos, 400 jóvenes treparon hasta ingresar a la fortaleza enemiga, sin más armas que cuchillos y una decisión indetenible.

Apenas seis norteamericanos lograron huir en mitad del tumulto y la confusión, para encontrar refugio en una casa vecina y posteriormente buscar protección en la embajada canadiense, donde los proveyeron de pasaportes falsos para abandonar Irán. Pero otros 66 diplomáticos y ciudadanos estadounidenses no tuvieron tanta fortuna: fueron tomados como rehenes durante los 444 interminables días en que se dilató la crisis en Teherán. Recién el 20 de noviembre, los estudiantes aceptaron la liberación de trece de ellos, más precisamente las mujeres y los afroamericanos, pero mantuvieron a 53 americanos en cautiverio.

Allí comenzó una eficaz guerra de baja intensidad a través de los medios de comunicación: las imágenes televisivas, reproducidas en Estados Unidos, mostraban a los rehenes maniatados y con los ojos vendados. También los cautivos eran los elegidos para leer las consignas y los reclamos de los secuestradores iraníes: la extradición inmediata del sha Pahlevi para ser juzgado por sus “crímenes contra el pueblo iraní”, y la exigencia de una revisión total de la política exterior de Estados Unidos en la región, como artífice del golpe de Estado de 1953 y cómplice durante décadas del “saqueo y autoritarismo”. Por último, le exigían al “Gran Satán” que prometiera no interferir nunca más en los asuntos internos iraníes.

La humillación era demasiada por una potencia mundial. Un grupo de estudiantes había dejado en ridículo a la nación con mayor poderío bélico del planeta, y pagarían su afrenta con un escarmiento ejemplar. Al menos, esa era la intención.

Los reflejos de Carter

Había sido el magnate David Rockefeller quien había presionado al presidente James Carter para que aceptara recibir al sha de Irán en Estados Unidos como asilado político, y el secretario Henry Kissinger apoyó de un modo entusiasta la sugerencia del millonario. De modo que el 22 de octubre de 1979, el ex monarca absoluto Mohammad Reza Pahlavi, recientemente destituido en Irán y acusado de imponer un Estado policial amparado por los intereses americanos en ese país, fue recibido con honores en Nueva York para ser sometido a un tratamiento contra el cáncer, en una decisión que encendió la ira de los musulmanes del otro lado del mundo.

Carter no podía imaginarse entonces que la autorización para un enfermo monarca caído en desgracia terminaría desatando una crisis de tal magnitud que aniquilaría sus aspiraciones a ser reelecto en la presidencia, un año más tarde. De momento, y apenas informado de la toma de rehenes en Teherán, la reacción de su gobierno fue mostrarse severo y aplicar duras sanciones económicas y diplomáticas contra Irán: rompió relaciones e impuso un embargo comercial, interrumpió la importación de petróleo y expulsó del país a varios ciudadanos iraníes, casi todos sin ninguna relación con los grupos radicalizados que protagonizaban la revuelta en Teherán. En materia económica, el embargo de Carter provocó un alza inédita en los precios del barril del petróleo; un fenómeno que terminó por afectar a todos los países importadores de esa materia prima y que aceleró la crisis económica global, que llegaría algunos años después. Además, el 14 de noviembre anunció el congelamiento de más de 8.000 millones de dólares en activos iraníes en Estados Unidos, y anunció que esos fondos serían utilizados para pagar una indemnización a todos los rehenes después de su liberación.

Al mismo tiempo, el presidente Carter se preocupó por disipar públicamente cualquier chance de un rescate militar, al señalar que un operativo de ese tipo y a tanta distancia “seguramente fracasaría y los rehenes morirían”. Sin embargo y en la intimidad de la Casa Blanca, Carter barajó enseguida las chances de una salida militar: primero la propuesta fue bombardear instalaciones petroleras en Irán, bloquear militarmente el país por tierra y por mar y avanzar con ataques por aire. Pero el plan fue rechazado porque el contexto geopolítico se había complejizado recientemente tras la invasión soviética en Afganistán, ya que uno de los argumentos del Kremlin había sido que, con ese avance militar, se intentaba evitar una intervención norteamericana en Irán.

En una encuesta difundida semanas después del inicio de la crisis, el 51 por ciento de los ciudadanos estadounidenses consultados estimaba que la reacción de Carter no había sido “suficientemente enérgica”, y el 65 por ciento aseguraba que las sanciones económicas no eran suficientes para acelerar un desenlace positivo en el conflicto. Cada día que pasaba, era un fracaso para Carter y una oportunidad para sus adversarios. En particular para uno, su potencial rival en las elecciones del año siguiente, el republicano y ex actor de Hollywood, Ronald Reagan, quien después de un tiempo y en plena campaña proselitista afirmó: “Los rehenes no debieron estar cautivos seis días, mucho menos seis meses. Carter estuvo equivocado desde el principio”.

La navidad de 1979 había llegado con los rehenes todavía en Teherán, y el desgaste por la ausencia de una medida drástica amenazaba con limar toda la popularidad del presidente demócrata. Era el momento de tomar una drástica decisión.

Finalmente, el 11 de abril de 1980 Carter aprobó en secreto una ambiciosa y complicada misión de rescate que fue bautizada con el nombre de “Garra de águila” y que involucraba a las cuatro ramas de las Fuerzas Armadas: el ejército, la marina, la fuerza aérea y la infantería; a partir del trabajo coordinado por una selecta “Fuerza Delta”; una unidad preparada para acciones especiales que, si bien congregaba a la élite militar de Estados Unidos, no había recibido aún su bautismo de fuego y carecía de adiestramiento concreto.

Una garra que se rompe

La operación “Garra de águila”, evidentemente inspirada en la exitosa “Operación Entebbe” que habían ejecutado los israelíes en Uganda en 1976, estaba dividida en dos fases. Mientras un grupo se ocuparía del rescate de los rehenes en la embajada, otro tendría como misión generar acciones laterales de distracción para garantizar la huida del territorio hostil. El diseño operativo integral estimaba que seis aviones de transporte C-130 Hércules despegarían desde una base egipcia y aterrizarían en un punto seguro en el desierto iraní (al que llamaron “Desierto Uno”), a 400 kilómetros de Teherán. Allí llegarían también unos ocho helicópteros RH-53D, desde un portaaviones ubicado en el Golfo Pérsico, que trasladarían a los 90 soldados seleccionados para el operativo de asalto. Una parte de esos comandos avanzaría hacia la embajada por tierra, a bordo de camiones camuflados con emblemas del ejército iraní, con la misión de derribar los portones de entrada y aniquilar la guardia para permitir el ingreso de todo el contingente. El resto lo haría por aire, a bordo de tres helicópteros mientras otros tres protegerían su aterrizaje en los patios traseros con fuego de artillería para garantizar el traslado a salvo de todos los rehenes hasta el punto “Desierto Uno”. Ya en el edificio diplomático, un grupo se dividiría en busca de tres rehenes separados por los iraníes, en el edificio norteamericano, retenidos en la vecina sede del Ministerio de Interior. Una vez reunidos todos en “Desierto Uno”, rehenes y comandos abordarían los aviones C-130 Hércules de regreso al portaaviones en el Golfo Pérsico.

La operación exigía tal grado de coordinación, logística y diplomacia (precisaba de la colaboración de los gobiernos aliados de Egipto, Omán, Bahrein, Turquía e Israel para su realización), que los constantes ajustes de itinerarios y diseño comenzaron a modificarlo de un modo sustancial. En primer lugar, no se contempló que los helicópteros no contaban con el alcance suficiente para recorrer la extensión estimada desde el portaaviones, por lo que se rediseñó la maniobra para que fueran abastecidos con combustible en postas preparadas previamente a mitad de camino. En realidad, esas postas eran tanques de goma arrojados al desierto desde el aire, que nunca resultaron efectivos y que retrasaron todo el plan.

Finalmente, la tarde del jueves 24 de abril, comenzó el operativo. Y comenzaron los problemas. Apenas los helicópteros RH-53D entraron en el espacio aéreo iraní, dos de ellos presentaron averías mecánicas y quedaron inutilizados. Uno alcanzó a regresar al portaaviones y el otro debió ensayar un forzoso aterrizaje en territorio hostil. Todos los tripulantes de la máquina averiada abordaron un tercer helicóptero para alcanzar la cita en “Desierto Uno” en el plazo previsto, pero la demora no pudo evitarse.

Durante el reabastecimiento, surgió una nueva complicación hidráulica en otro aparato debido a una tormenta de arena que lo dejó fuera de acción. Los pilotos de la infantería de Marina habían confirmado de la peor manera posible sus limitaciones a la hora de controlar los helicópteros en situaciones meteorológicas para las que nunca se habían adiestrado previamente. Como el mínimo indispensable estimado para desarrollar con éxito la misión era de seis helicópteros,  y ahora solo quedaban cinco, el responsable del operativo en “Desierto Uno” se comunicó con Washington a la espera de órdenes. Veinte minutos después, escuchó la orden de cancelar y salir de Irán de inmediato. Todo había terminado y el operativo ni siquiera había podido superar su primera fase, pero podía ponerse mucho peor.

Después de todo, una operación sin bajas que lamentar y sin ser detectada, no impedía volver a intentarlo más adelante, mejorando algunas cuestiones técnicas. Pero todo se derrumbó en apenas un minuto. Mientras se esperaban las instrucciones, se presentó en “Desierto Uno” y por causalidad, un micro con cuarenta civiles iraníes, que debió ser retenido en la carretera mientras se aceleraba la retirada. Poco más tarde, se avistó un camión con supuestos contrabandistas que, para evitar una filtración, fue destruido por la artillería de uno de los helicópteros.

Para intentar mantener la fracasada operación en secreto, los soldados se prepararon para escapar de inmediato a bordo de uno de los aviones C-130 Hércules, pero con tanta mala suerte que, mientras terminaba la carga de combustible, una pala del rotor de un helicóptero que realizó una mala maniobra rozó el fuselaje de la nave y, en segundos, estallaron por los aires. Otros dos helicópteros resultaron dañados por la explosión, y cinco tripulantes del C-130 y tres infantes del helicóptero murieron a causa del choque, mientras otros cuatro soldados quedaron heridos de gravedad.

Sin tiempo siquiera para retirar los cadáveres de sus compatriotas, los soldados escaparon apretujados en otro avión antes de que se toparan con las tropas iraníes, a esta altura alertadas de la presencia de una misión estadounidense. Los cadáveres de los soldados abandonados en “Desierto Uno” fueron utilizados más tarde por los radicales islamistas como botín de guerra durante una manifestación callejera que se difundió en algunos noticieros estadounidenses, generando un rechazo aún mayor al provocado por el desastre operativo. Pero no sólo eso: en el avión siniestrado se había abandonado también información precisa y clasificada; como por ejemplo, los nombres de todos los iraníes que colaboraban con la operación de Estados Unidos desde Teherán. Información que quedó en manos del gobierno de Jomeini.

Fue tal la desprolijidad de esa retirada que la imagen de Carter quedó asociada desde entonces con la ineptitud: “Fue mi decisión intentar la misión de rescate, y fue mi decisión cancelarla cuando surgieron problemas”, intentó justificarse ante las cámaras de televisión y ante millones de espectadores que no salían de su asombro frente a semejante bochorno en términos militares.

La pesadilla ha terminado

Quizá apenas secundada por la desprolija retirada de Saigón en 1975, después de la victoria vietnamita, o por el rápido desastre de las fuerzas invasoras en las playas cubanas de Bahía de Cochinos, en 1961; el episodio de la toma de rehenes en Teherán se ganó su lugar en el indeseable podio de las humillaciones más profundas de la historia reciente de Estados Unidos. Como era previsible, James Carter perdió ampliamente las elecciones de noviembre de 1980 contra Ronald Reagan. El nuevo presidente de Estados Unidos prestó juramento el 20 de enero de 1981, justo el mismo día en que Irán aceptó liberar a todos los rehenes ante la promesa de Reagan de cumplir cada uno de sus reclamos. Para Carter, la derrota electoral también fue, de algún modo, la chance de quitarse de encima una pesada y humillante carga: “Mis sentimientos eran de arrepentimiento por haber perdido la elección, pero con un sentido de liberación de mis responsabilidades por un momento”.

El papelón de la “Operación Garra de águila” y la oportuna muerte del sha Pahlevi el 28 de julio de 1980 en Nueva York, permitieron descomprimir un poco la relación con los fundamentalistas islámicos y avanzar hacia una salida negociada. Eliminada la demanda más complicada para Estados Unidos (tener que entregar a un aliado en manos de sus enemigos), el gobierno tragó su orgullo a fines de 1980 y se comprometió a devolver los fondos del sha, a pagarle a Irán 24.000 millones de dólares en concepto de indemnización, además de aceptar cancelar las demandas contra el país por el secuestro de los diplomáticos y prometer no intervenir más en los asuntos internos del país.

De ese modo, de frente a una victoria inédita festejada por multitudes de jóvenes musulmanes en las calles de Teherán, el Ayatolá Jomeini anunció que todos los rehenes serían liberados y enviados a una base aérea de Francfort, en Alemania Federal. Después de todo, una acción que nunca había planificado había terminado por consolidarlo en el poder absoluto de Irán. Comenzaba otra historia para los iraníes, la historia de un pueblo que podía gritar con orgullo que había logrado torcerle el brazo al país más poderoso del planeta por el arrojo de cincuenta estudiantes y la impensable ineptitud e ineficacia del grupo militar más selecto de Estados Unidos, protagonistas de un papelón con mucho más color a conspiración de entrecasa que a falla técnica en el desierto. Para Washington, se iniciaba también un largo período de tropiezos y malas decisiones en su relación con los países árabes, debido entre otras cosas al profundo sentimiento anti-norteamericano que se expandió en esa región del mundo y que aún persiste en el imaginario popular.

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