Selva Almada: “Escribir es abismarse”

Selva Almada es una de las voces más relevantes de la escena literaria actual. Oriunda de Entre Ríos, sus novelas están llenas de paisajes y modos argentinos. Su obra fue traducida al inglés, francés, alemán, holandés, turco, sueco, y premiada en el Festival Internacional del Libro de Edimburgo. Su Trilogía de los varones, formada por El viento que arrasa, Ladrilleros y No es un río, tiene un dejo hiperrealista imprescindible en estos tiempos de pañuelos violetas y masculinidades puestas bajo la lupa. En diálogo con Sudestada, habló sobre su escritura y los universos que narra.

Por Natalia Carrizo

El viento que arrasa tiene un estilo narrativo muy particular. ¿Fue una búsqueda o un hallazgo? 
El viento que arrasa, toda la novela, fue más bien un accidente. No pensaba escribir una novela, intentaba escribir un cuento: la hija adolescente de un pastor condenada a pasar el tiempo con su padre en el espacio reducido de un auto. Pero, en algún momento de la escritura, algo se complicó, ya no recuerdo bien qué, así que lo dejé. Volví al tiempo y, en vez de ir cerrándose, el borrador se abría cada vez más: la hija del pastor pasaba a un segundo plano, el pastor se volvía central, él y el mecánico, la fe, las creencias de cada uno… “¿Estaré escribiendo una novela?”, le pregunté a Laiseca, un poco alarmada. “Puede ser”, me dijo, igual qué importa, siga, una obra tiene la extensión que tiene que tener. Así que lo que llamás “estilo”, supongo que apareció en las sucesivas escrituras en busca de cerrar un cuento. 

En El viento que arrasa la geografía del interior está plasmada sin romanticismos; es un viaje rítmico y poético que conduce la lectura. En Ladrilleros se vuelve más difusa. ¿Hubo una intención de focalizar el relato en la crudeza de la historia?
Después, cuando escribí Ladrilleros, también me di cuenta de que en cierto modo es el universo del relato, ese que aún ni siquiera está cuando empiezo a escribir, el que termina ordenando cómo se va a narrar. Esto tiene que ver con lo siguiente que me preguntás: en El viento que arrasa el tono es bajo, económico, susurrante, pues así le hablamos a Dios si somos devotos. A Dios no se le habla a los gritos. En Ladrilleros la trama es desbordada, los personajes son jóvenes, están calientes, furiosos, apasionados, bailan, toman cerveza, buscan peleas. El lenguaje de la novela acompaña a estos personajes, es como si se contaminara de este universo. 

En No es un río, y en toda la trilogía, podemos leer un desfile permanente de cuestiones que hacen a la inercia o la disrupción en el orden patriarcal. ¿Fue un desafío encontrar las voces narrativas de esos varones que protagonizan las historias? 
No me gusta pensar la escritura como un desafío: escribir es otra cosa, escribir es abismarse. Las voces de los personajes, las voces del relato, la trama, etc. todo es parte de lo mismo: un relato es algo complejo y si ponés el foco solamente en una parte, bueno, tal vez tengas eso que llaman técnica pero que a mí tampoco me interesa. Me gusta pensar el relato como un universo, un ecosistema, donde todo, por mínimo que sea, es imprescindible para que el resto funcione. En los universos de las tres novelas los protagonistas son varones, sus vidas se rigen o están condenadas por las leyes de los varones. Pero en ese mundo cerrado, obtuso, siempre hay notas discordantes porque un personaje también es un organismo, algo complejo, lleno de luces y de sombras, de textura y, sobre todo, de contradicciones.

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Los personajes femeninos de la Trilogía de los varones dejan una huella de fortaleza. ¿Vienen a completar una radiografía de la supervivencia?
Los personajes femeninos, aunque no haya sido parte del plan pues no hubo plan de trilogía, simplemente apareció. Van creciendo desde El viento que arrasa hasta No es un río… podríamos hacer un arco entre las mujeres de las tres historias: desde la madre que es apenas un recuerdo en la mente de Leni hasta Siomara, la furiosa, la mujer enloquecida por el duelo, la que quiere incendiar el mundo.

¿Qué te movió a escribir Chicas Muertas y por qué elegiste centrarte en casos de los años 80s en los que el femicidio ni siquiera tenía ese nombre?
El disparador de Chicas muertas fue el caso de Andrea, una chica que asesinaron cerca de mi pueblo cuando yo tenía 13 años. Fue un impacto tan grande que sólo lo pude desentrañar muchísimos años después, tal vez mientras escribía el libro. El femicidio de Andrea fue una entrada atroz al mundo de las mujeres, al paso de la infancia a la adolescencia. Fue revelarnos que todo lo que nos decían los mayores desde chicas era mentira: no estábamos a salvo en nuestras casas, la calle no era el problema, los extraños no eran el problema, las chicas, en realidad, no estábamos a salvo en ninguna parte.
Después me encontré fortuitamente con la historia de María Luisa, que también había sido asesinada en la misma época, y tenían más o menos la misma edad con Andrea… a su vez estas chicas que habían sido asesinadas eran mis contemporáneas, eso me permitía recrear ambientes, formas de pensar, de ver el mundo porque debían ser similares a las que yo tenía en esa época y a esa edad.

Sabemos que los procesos sociales, culturales y políticos llevan tiempo. En términos de conversación social los feminismos han avanzado mucho desde esos años hasta acá. ¿Cómo ves ese avance en términos de realidad efectiva?
Creo que estos últimos 5 años avanzamos muchísimo, como decís, en el sentido de haber instalado el tema, la discusión, la necesidad de pensar en comunidad como superar el patriarcado, la misoginia. De todos modos, son procesos largos y complejos, desmontar este mecanismo, entender que el patriarcado es un sistema que afecta no sólo la vida de las mujeres sino la naturaleza, las formas de relacionarnos en todos los ámbitos de la comunidad. El patriarcado afecta también la vida de los varones. A veces parece que eso no se entiende. Y también es cierto que tenemos leyes buenísimas, campañas buenísimas contra la violencia de género, pero a veces la infraestructura no es la adecuada para que esas leyes funcionen.

¿En qué momento se hicieron más evidentes para vos los conceptos de “patriarcado” y “feminismo”?
No lo sé, no recuerdo un momento puntual. Pero mi madre siempre fue muy crítica de las cosas dadas porque sí, de que las cosas debieran ser de tal manera porque siempre habían sido así. Mi madre es una feminista espontánea, sin saberlo, sin tal vez reconocérselo a sí misma. Y entonces me crió poniendo en duda todas las cosas, poniendo en duda que hubiera moldes y que una sencillamente tuviera que llenarlos o acomodarse a lo que había.

¿Estás trabajando en algún proyecto literario en este momento?
No, no estoy escribiendo ahora. No estoy escribiendo desde que terminé No es un río hace dos años. Estoy pensando algunas cosas, tengo un par de proyectos dando vueltas pero todavía nada bajado al papel.

¿Un libro que haya marcado tu relación con la escritura?
La relación con la escritura y con la lectura es una relación viva, entonces no hay un libro o une autore; hay un montón a lo largo del tiempo. Por nombrar uno: El camino del tabaco, de Erskine Caldwell, fue fundamental para que escribiera Ladrilleros.

¿Dos autorxs contemporáneos que nos quieras recomendar?
Una autora que me encanta es Liliana Colanzi, que ahora está finalista del premio de la editorial Páginas de espuma (España); acá se consigue uno de sus libros de cuentos que publicó Eterna Cadencia. Y siempre mando leer a Estela Figueroa, mi poeta adorada.

¿Qué puede la literatura?
No sé qué puede la literatura… sé qué pudo conmigo: volverme más empática y más receptiva con el mundo, con lo que me rodea.

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