Senegaleses en Argentina: Echando raíces

Escapan de la guerra, del hambre, de un contexto hostil o simplemente vienen en busca de una oportunidad. Venden mercadería en las calles de Once, Flores y Constitución, pero también aprenden a convivir con el racismo que explota en cada esquina y a bancar el desprecio policial. Es que detrás de tantos jóvenes senegaleses en Argentina, emergen cientos de historias mínimas que vale la pena escuchar. Ayer, nuevamente fueron atacados por el Gobierno de la Ciudad y su Policía en Once. ¿Qué historias se esconden detrás de estos trabajadores?

Por: Julieta Bugacoff y Federico Muiña

Nunca hay que contradecir a las mamás, incluso cuando no tienen razón”, comenta Alba Tchiam mientras prepara un sándwich en Plaza Miserere. La nostalgia se muestra a través de sus gestos. Su mirada se pierde en el horizonte, y el recuerdo se hace vívido. Al venir a Argentina hace dieciocho años, y después de recorrer Europa y Brasil, dejó atrás a su madre junto con siete hermanos y hermanas. Su trabajo acá –preparar y vender comida– le permite enviar dinero a Senegal y así ayudar a su familia.

El día empieza temprano y termina tarde: “Me despierto a las 5:30 para salir y vuelvo a casa a las 21 para seguir cocinando lo del día siguiente”, explica Alba. En el barrio de Once, todos los senegaleses sonríen al escuchar su nombre, no solo porque sus sándwiches de guiso son los mejores del país, sino porque, desde que llegó a Argentina, siempre se preocupó por ayudar a sus compañeros.

En algunos puntos, su relato parece lineal: vendió bijouterie, lo metieron preso; vendió ropa, lo metieron preso; fue obrero en la construcción, y también lo metieron preso. Aún así, nunca dejó de trabajar: “Puede ser que estemos molestando, pero molestamos trabajando. Si yo vengo al país, me tengo que adaptar a las normas. Pero acá nos están persiguiendo por ser negros”, dijo hace pocas semanas en una asamblea que realizaron los trabajadores senegaleses para decir basta a la violencia policial.

De África, Alba trajo consigo el espíritu de lucha de Thomas Sankara –también conocido como El Che Guevara Africano–. Aunque él no lo reconoce así por una mezcla de humildad y pudor, es un líder sindical en formación. También, al igual que el 99 por ciento de los senegaleses, trajo el amor por el fútbol. Y es que en su juventud, Alba supo defender el arco del Red Star Saint-Ouen, un equipo de la tercera división de Francia.

–Acá la gente me pregunta si yo vivía en África con los leones. Es absurdo, porque en mi vida no vi ni un elefante, salvo en el zoológico –explica Alba, que se fue de su país en una primera aventura europea con doce años.
Para el porteño modelo, África es sinónimo de gente muriendo de hambre en las calles o siendo devorados por cocodrilos y otros animales salvajes. Se trata de una visión que busca homogeneizar al continente más heterogéneo del mundo y a una multiplicidad de historias que lo único que tienen en común es el arrasamiento colonial y las cicatrices producto de la ambición europea. Si bien el fracaso de la conquista marcó un antes y un después, no deja de ser solo un episodio en la inmensidad y la complejidad del continente.

Plaza Miserere

Plaza Miserere es, por excelencia, uno de los puntos en los que confluyen las clases populares. En principio aparenta ser un espacio colmado de entropía; sin embargo, alcanza con permanecer algunas horas para notar que Once tiene una musicalidad propia, reglas, y jerarquías preestablecidas. Para los inmigrantes senegaleses, la jornada laboral comienza a las 5 de la mañana. Muchos de ellos viven en pensiones -cuando buscan alquilar un departamento, es usual que los rechacen por “desconfianza”. Y es que el color de piel, en una ciudad que pretende estar diseñada para blancos “descendientes de europeos”, no pasa desapercibido. Según los datos del último censo realizado en 2010, la población proveniente de la costa occidental de África rondaba entre dos mil y diez mil personas. Es probable que en estos últimos nueve años, la cantidad de migrantes se haya triplicado e, incluso, quintuplicado.

En el medio del caos propio del corazón urbano del barrio, hay un acontecimiento en particular que marca el pulso de la rutina: durante todo el día, un grupo de policías, en conjunto con el Ministerio de Ambiente y Espacio Público de la Ciudad, recorren las calles como si se tratara de una razzia. Para los miembros de las Comisarías 3 y 8, seguir órdenes es motivo suficiente para amenazar, detener, discriminar y maltratar a los trabajadores de la economía popular. Pero, sobre todo, tienen una predilección por los senegaleses. Es importante señalar que el accionar represivo corre por una doble vía: la del Ministerio en complicidad con las fuerzas policiales.

Quien dice que en Argentina no existe el racismo, nunca puso un pie en la calle. La comunidad senegalesa sólo aparece en los diarios cuando se trata de venta “ilegal”, drogas u otros absurdos. El estigma es grande. Los medios de comunicación hegemónicos jamás los muestran como personas honestas que laburan de forma incansable a pesar de la precarización, la policía, el Ministerio y la segregación constante.

Historias de vulneraciones

Ndjame Faye tiene 28 años. Llegó al país en 2011 y trabaja vendiendo calzas en la esquina de Pueyrredón y Valentín Gómez. Mientras habla, la sonrisa nunca se borra de su rostro. En los últimos seis meses la policía lo detuvo tres veces por “violación de la ley de marcas y resistencia a la autoridad”. A pesar de que los burócratas del sistema policial afirman que solo se trata de un pequeño trámite, jamás le devolvieron la mercadería incautada: un robo a mano armada legitimado por el Estado. Él, lejos de odiarlos, dice que ese racismo sólo se explica mediante un profundo nivel de ignorancia.

La ley de marcas 22.362 fue sancionada en 1980, con el aval explícito de Jorge Rafael Videla y José Alfredo Martínez de Hoz. En ella, se establece que “será reprimido con prisión de tres meses a dos años pudiendo aplicarse además una multa de cuatro mil pesos a 100 mil pesos” a quien, entre otras cosas, “ponga en venta, venda o de otra manera comercialice productos o servicios con marca registrada falsificada o fraudulentamente imitada”. Sin dudas, es una ley que busca favorecer a los grandes empresarios. Por este mecanismo, el Estado, por un lado, protege a una élite económica y, a la vez, se exime de responsabilidad con respecto a las clases populares.

En uno de los escasos intentos del Gobierno de la Ciudad por “conciliar” con los vendedores senegaleses fue cuando pusieron a disposición una pequeña galería cercana a la esquina de Perón y Castelli. Era oscura, incómoda y muy poco transitada. “Nos fuimos de ahí porque las condiciones eran pésimas. Además, la policía sabía dónde encontrarnos y nos extorsionaban para que pagáramos coimas”, relata Ndjame. En el preámbulo de la Constitución, se establece que se buscará “promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”.

Si se entra a la página web de la Policía de la Ciudad, puede observarse un slogan teñido de amarillo macrista, que reza: “Si querés ser protagonista, sumate a la Policía de la Ciudad”. Incluso a primera vista, se trata de un discurso lavado y marketinero. Formar parte de las Fuerzas de (In)Seguridad es como un “Elige tu propia aventura”. Llama la atención que uno de los requisitos para ser parte sea “declarar bajo juramento cumplir y hacer cumplir la Constitución Nacional y la Constitución de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires”. Tal vez, si la formación de estos mastines humanos no se limitase a un breve cursito en el que la mayor exigencia es esquivar conos, el racismo de la Policía no sería moneda corriente.

Libertades en disputa

Desde que se independizó de Francia en 1960, Senegal es un país laico. Pero más del 90 por ciento practica el islam de la rama sunita, es decir, la que cuenta con mayor número de fieles en el mundo. Sin embargo, en el país africano, la división –no entendida como disputa– no es entre sunitas y chiitas, sino entre hermandades, también llamadas cofradías, que representan el aspecto místico –sufismo– del islam. Cada una de estas sigue las enseñanzas de un determinado mensajero del profeta, que siempre han sido de pacifismo y anticolonialismo.

La hermandad tijaniyyah, cuyos líderes espirituales fueron Baye Niass y Malick Sy, representa a la mayoría en Senegal. La segunda hermandad que más miembros posee en el país es la de los mouridistas, quienes siguen las ideas de Amadou Bamba. Durante toda su vida, que incluyó un tormentoso exilio en Gabón por parte del gobierno francés, este teólogo siempre predicó por la paz y el cooperativismo entre musulmanes. En paralelo, luchó contra el imperialismo y el colonialismo europeo. A pesar de que cada hermandad cuenta con sus mentores, todos son respetados por todos, y las fiestas son compartidas.

Hay una relación directa entre lo religioso y la vida cotidiana. Sobre esto, Alba reflexiona: “Si yo tengo más plata o comida, ¿cómo no voy a ayudar a quien tiene menos y lo necesita?”. Una de las problemáticas diarias de la comunidad senegalesa y, en particular, de aquellos que viven de la venta ambulante, es la incautación de mercadería en manos de la Policía y el Ministerio. A pesar de que las caras visibles de la burocracia afirman con certeza de que para recuperarla solo hace falta hacer un pequeño trámite, eso jamás ocurre. Bathie Aw, de 54 años, cuenta que en todas las oportunidades en las que le robaron su fuente de trabajo, tuvo la seguridad de que no volvería a verla.

En ningún momento se realizó un registro que permitiera constatar las pérdidas. Durante la entrevista con Ndjame, pasó caminando otro compañero senegalés: “A él no lo conozco, pero aún así lo considero un hermano”, afirmó el joven. Dentro de la comunidad, existe una noción implícita de cooperativismo y solidaridad. Cuando alguien pierde la mercadería, sabe que cuenta con la ayuda del resto, que pondrá 50, 100, o 200 pesos en un fondo común para que pueda volver a vender y poder mandar dinero a su familia. Toda una serie de aspectos que la televisión nunca se preocupa de mostrar.

Las fuerzas de (in)seguridad

Mientras los amedrenta, uno de los policías les grita a voz en cuello: “¿Por qué no se quedan en su país, negros de mierda?”. El oficial de la comisaría 3 es incapaz de imaginarse que ahora mismo en Senegal hay un 56 por ciento de pobreza y más de un 40 por ciento de desempleo. Las razones de la inmigración son muchas. Por un lado, los países vecinos de Senegal –Liberia, Sierra Leona, Malí, por citar ejemplos– están atravesados por conflictos bélicos. El sueldo básico es de 372 dólares al mes, con jornadas laborales de doce horas. Pero también existe una cuota de nomadismo cultural, en el cual la migración es vista como un proceso tradicional de los hombres y las mujeres para convertirse en adultos. Antes de estar en Argentina, muchos de ellos han pasado por distintos países de Europa, y varias ciudades de América Latina. Para otros, Buenos Aires es tan solo un punto más del amplio recorrido que han hecho en el país.

Escribir sobre la comunidad senegalesa, fotografiar y documentar su cotidianeidad en Once, Flores o Constitución, y pasar tiempo con ellos, es sinónimo de recibir una pequeña cuota de violencia policial e institucional.
–¿Qué estás haciendo acá? –le preguntó a uno de los cronistas un Inspector Principal de la Comisaría 3, que se negó a identificarse. “Porque veo que estás a los besos con los negros. Informá bien, seguro vas a ensuciar el trabajo de la Policía”, continuó amedrentando.

Sería bueno decirle que los únicos capaces de ensuciar el trabajo de la Policía son ellos mismos, y que no hay forma de que un trabajo tan poco honesto sea bien visto.
–Bueno, entreganos el documento, así no nos olvidamos quién sos y que estuviste acá –ladró el mastín-policía, completando así su amenaza.
Solo esta escena alcanza para dimensionar el nivel de impunidad con el que se manejan las Fuerzas de (In)Seguridad. No existe periodista o fotógrafo que no haya sido amenazado con una “averiguación de antecedentes”, que esté trabajando en Once, Flores o Constitución con el único objetivo de visibilizar la problemática que sufren los trabajadores senegaleses.

Al final de la jornada, Alba agarra la escoba y se propone barrer las migas de los panes. A su lado, Paco junta los tuppers vacíos. Mientras tanto, Abfou junta los termos de café vacíos y se prepara para subir a su bicicleta. Antes de irse, mira por última vez a una pareja de policías que patrullan por la plaza. Sin darse cuenta, y casi como si estuviera pensando en voz alta, murmura: “Esto no es ley de marcas, es ley de negros”.

Nota publicada en Revista Sudestada

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