“Severino dio su cuerpo, alma e ideas en función de un mañana mejor”

Luego de hacer una primera temporada de teatro, en el Centro Cultural de la Cooperación, vuelve al escenario Severino, la obra escrita por Gabriel Rodríguez Molina en Mar del Plata. En el rol protagónico del personaje, el actor y director Juan Manuel Correa, pasa por el cuerpo esos últimos momentos antes de que Severino sea fusilado. Desde Editorial Sudestada, dialogamos con ambos a fin de encontrar ese entramado que se gestó entre el texto y la puesta en escena en este acto teatral.


Por Natalia Bericat

Quería arrancar por la biografía de Severino. Hay puntos que dan luz sobre la vida de este poeta, anarquista y tantas otras cosas que fue Severino ¿Cómo pensaron la idea del punto de la muerte y los últimos minutos de su vida? Podríamos entender ese momento, el tiempo previo al fusilamiento, como un instante que habla de su vida entera… 

G R M: Creo que la señal, o el código que nos da la clave para entrar al personaje, es “venda no”: cuando no quiere que le venden los ojos. Y es algo muy particular porque Juan Manuel tiene ojos muy parecidos a los de Severino y, cuando lo conocí, una de las claves para ver desde dónde encarábamos este personaje, es que en vez de revolver el pasado siempre piensa en el futuro… Una de las claves también estéticas y filosóficas que tenemos es que, más allá de la fragilidad de la muerte, hay una vitalidad sanguínea que lo caracterizaba. Lo veo desde los ojos de él, esos ojos claros que no se vendan y  miran ojo a ojo al verdugo de alguna manera. 

J M C: Justamente lo que preguntaste fue el desafío para poner el cuerpo a los últimos instantes de un hombre que muere. Eso viene aparejado al concepto que yo mismo como actor, y como sociedad, tenemos de la muerte. En realidad siempre hay una relación de pesadumbre y nostalgia con la muerte que duele mucho, tanto la propia como la de seres queridos. La idea en el texto, en términos precisos, está en que Severino quiere mirar a los ojos a quien le va a disparar, pero en todo el texto hay algo de alguien que jugó fuerte y perdió, y está dispuesto a pagar. No hay culpa. Leía en el texto de Bayer, cuando habla de Severino, y menciona los azotes que en la antigüedad eran la forma de matar a alguien. Tiraban piedras desde lejos como si lavase su propia culpa y Severino recibe un montón de golpes como si, los policías (voceros de una sociedad), necesitaran lavarle la culpa a ese hombre que aparentemente tenía alguna culpa. En Severino había una convicción absoluta de que el camino era, no solamente el que le marcaban sus propios ojos y los de quien amaba, sino que se construye junto aquellos que luchan con convicción, allí no hay culpa (y esto lo digo con humildad después de haber estado en la piel y en el respirar de Severino).
No hay vuelta atrás, sino que hay una idea de que de alguna manera hay que resistir y pelear, porque se venía algo terrible y él lo vio.  Hay fuerza en su lucha por lo que él creía que era el camino. Podemos estar de acuerdo con eso o no, pero no había nada que tenga que ver con el arrepentimiento. Tiene que ver con la mirada que da Gabriel en el texto del héroe trágico, de alguien que dio su cuerpo, alma, corazón e ideas en función de un mañana mejor. 

Me quedó lo que dijiste del respirar. Hay algo en el ritmo de la poesía de Gabo ¿Cómo fue ese traspaso del texto a la obra? Hay un ritmo en esa respiración, en esos últimos minutos. Hay una pulsión. ¿Cómo se lleva a la voz?

J M C: Hay un respirar. El texto de Gabi, que tiene una enorme cantidad de emociones, está escrito en una prosa poética con una cantidad de imágenes metafóricas fantásticas. El teatro es acción, pero también es silencio. Es ese diálogo entre el silencio y la música, así que hicimos un trabajo muy minucioso a partir de la métrica. Y esto fue a partir de la respiración que se propone en la escritura. Siempre los actores tenemos que hacer un trabajo de preparación, tenemos que hacer algo más. Siempre de entrada está la sospecha que hay algo en el texto que late, que es esa perlita que a través de las funciones del cuerpo, de la respiración que propone la escritura,  y la puesta de la carne en función de esa obra, seguramente con el tiempo empecemos a descubrir. Esa perlita que late en el fondo del texto, que es el alma de ese personaje. También lo hicimos sabiendo que hay algo por debajo de todo que es una efervescencia incansable que latía en Severino, si bien se veía calma la convicción de su accionar en función de no caer en los yugos de un sistema que los iba a destrozar, en escena esa fuerza sutil la suponemos como el juego rítmico entre punto y contrapunto.
Es decir, yo creo que Gabriel respira contra esa pulsión que intuyo rescató del amor, admiración por la figura de Severino y su propia respiración y sentimiento. En esa conjunción aparece la obra. Gabriel más Severino, más mi cuerpo, más la dirección, más los distintos elementos artísticos y técnicos que componen la poética surge esta obra que es una obra del amor por el teatro, el cuerpo, el compartir, la comunicación. Trabajo desde la métrica, desde la forma pura que para mí como actor es un horizonte. La forma, el ritmo, el carácter de la palabra, los silencios. 
Gabo: Más allá de la cuestión lírica que puede tener uno con Severino, lo más difícil era encontrar los puntos de silencio a un personaje que todo el tiempo está en llamas, como ese Prometeo que siempre nos gusta citar, está entregando fuego a los hombres. Lo más complejo para el libro y para la puesta fue encontrar el equilibrio armónico entre ese grito nocturno, que era el poema más lindo, encontrarle el silencio. Tuvo que ver mucho la experiencia de Juan como actor y en otras artes como la danza, y la mirada de Mariano en la dirección que siempre vio la forma completa. Con Juan veíamos la obra de cerca y la parte más incendiaria nos tocaba más. Desde la dirección se logró el equilibrio, sobre todo qué parte sacar, qué parte incluir.  

Está buenísimo rescatar una figura del pasado para llevarlo a dialogar en el presente, porque está muy vigente...
J M C: De hecho la sorpresa que tuvimos cuando arrancamos en agosto, en el Centro Cultural de la Cooperación, fue que tuvimos 5 funciones a sala llena y gran parte de la sala eran jóvenes que venían a ver la obra porque ya conocían a Severino. A mi me sorprendió muchísimo. Después con los meses e indagar en esta sospecha sobre de dónde late hoy, es que quizás estas nuevas generaciones hay algo del revisionismo, de cierta idea del anarquismo y volver a valorar el propio tiempo de cada persona. No es casual que haya tantas personas que renuncian a trabajos de 9 horas porque laburan perdiendo su vida y además no les alcanza para vivir dignamente. Hay algo de eso que me parece que está bueno repensarse para qué entregamos alma y cuerpo si no podemos vivir dignamente. Ahí hay algo de la música nueva. Lo digo porque ahora que estamos por reestrenar lo estuve pensando estos últimos días, desde las juventudes. Esta idea de volver al derecho al amor, al goce que tenemos todos y todas.

Hay una estilo en el escenario ¿Cómo lo construyeron? ¿Cómo construyeron la escena desde lo estético?
G R M: En principio Nicolás Nani, que es el escenógrafo y vestuarista, hizo una lectura muy acertada que a mi me gusta mencionar. Veíamos que el adentro de Severino era muy convulso de alguna manera, lleno de pasión, fantasmas, muertes, sueños, frustraciones, convicciones. Entonces nos hizo pensar en un afuera más minimalista y más despojado. Cuando el adentro cruje, se rompe, el afuera funciona como un vacío que aloja toda esa contradicción que empieza a emanar el cuerpo.
Ese fue el principio básico que se construyó con ciertos elementos, con un calabozo que no es físico, sino que es un calabozo existencial. Todos tenemos alguna parte que está en el calabozo encerrada o que está con ciertas cadenas. En algún punto, el lugar funciona como un arquetipo del lugar de encierro. Es un lugar que por varios detalles como el piso, las cadenas, un elemento central que empiezan a operar alrededor del corazón de Severino. Ese minimalismo le permite a la palabra hacer aparecer la imagen.

J M C: Apareció, en los primeros ensayos, la idea de despojar el ambiente y permitir que en ese espacio aparezca como la corporización del alma y espíritu de Severino que no podía moverse en lo literal: quería moverse, quería escribir y no lo dejaban. Es pensar como de la quietud, surge el movimiento. En la obra aparece el espíritu y el alma de Severino. Son 42 minutos donde se despliega esa última radiación de vida, antes de pasar a otro plano, de pasar por el fusilamiento. Por momentos, es el cuerpo quieto, pero también el alma que danza. Es la búsqueda de lo imposible.

Resulta impensable esta obra sin pensar en el lenguaje poético…
J M C: a mí desde lo personal, ya como una declaración del actor, creo que la palabra poética es una ofrenda en días donde se degrada el lenguaje y la imagen. Sentí un agradecimiento cuando Gabi me trajo la obra. Fue un convite poético. El valor de la poesía es algo que hay que defender y eso es lo que me hace tener ganas de volver. Es un placer para un actor ponerse la poesía en la boca.


SEVERINO, EL INFIERNO TIENE NOMBRE
Retrata los últimos minutos del anarquista Severino Di Giovanni en el calabozo de la Penitenciaria Nacional (Buenos Aires) antes de ejecutarse su pena de muerte durante la Dictadura de Uriburu en 1931.
En un tono confesional cargado de preguntas la obra ilustra algunos pensamientos del tipógrafo italiano y narra hechos pasados perforando así la trama histórica para evidenciar la reflexión sobre el hecho de ser fusilado y, sobre todo, del ser visto morir.
La voz del poeta–una voz atemporal- se hilvana con la carne para reflejar el fervor y el pensamiento de un hombre que no tembló antes del instante final.

Un relato crudo y brutalmente poético -Luis Machín

Desde la dirección Mariano Dossena cuida que cada palabra golpee, sentencie, se abra paso en el silencio, procurando que la palabra –ese animal salvaje- caiga en la escena con el peso de la poesía >> Ñ.

Un relato sensible, terso, sin lomos de burro, de un escritor endiabladamente joven -Pacho O´Donell.

“Severino, el infierno tiene nombre” de Gabriel Rodríguez Molina / Basada en la novela “Severino” Ed. Sudestada.

Actúa: Juan Manuel Correa
Bandoneón en vivo: Carla Vianello.
Música original: Julio Coviello.
Vestuario: Nicolás Nanni Escenografía: Nicolás Nanni Iluminación: Ana Heilpern. Fotografía y contenido audiovisual: Segundo Corvalán y Santiago Sorá.
Prensa: Marcos Mutuverría.
Producción ejecutiva: Pablo Silva y Antonela Fagetti. Asistencia de dirección: Katiuska Francis.
Producción general: Felipe Maimone.
Dirección: Mariano Dossena.
Agradecimiento especial a Juano Villafañe, Director artístico del C.C.C.


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