Solas

La cuarentena puso en manifiesto el recrudecimiento de la violencia de género. La provincia de Chaco sufrió cinco femicidos en este tiempo. ¿Dónde está el Estado?

Por: Cecilia Sola

A Carla Rivera su pareja le pegó un tiro, después de una discusión. Vivían juntos, en Corzuela. Pamela Cardozo también vivía con su pareja, en Corzuela. Hasta que él la mató de una puñalada. A Erika Gonzáles, de Pampa del Indio, también la mató su pareja. La estranguló. Como a Ramona Benítez, degollada a una cuadra de la comisaría, cuando iba a hacer la denuncia número 18, sin saber que 16 de esas denuncias dormían en el cajón de la comisaría. A Liliana la estrangularon, los detenidos son cuatro vecinos, todos de Puerto Vilelas. Cinco mujeres en Chaco, acá, en mi tierra, mi pueblo, mi casa. Casi cien en todo el país. No hubo video institucional, ni barbijo rojo ni perimetral que las salvara. Tampoco hubo manada que llegara a tiempo. Murieron solas, de toda soledad.

Solas de una policía que cajonea las denuncias, porque es de la loca esa que siempre jode, y después vuelve con el marido. Solas de un poder judicial que demora días, hasta semanas en sacar las medidas proteccionales, que notifica al denunciado, cuando aún está viviendo con la víctima, que riñe y maltrata a las mujeres que llegan tarde o no van a una cita judicial, sin pensar ni por un minuto en las razones por las que una víctima sin plata, sin contención, a veces con sus criaturas, podría llegar tarde.

Solas de un Estado que les pide que denuncien, y después las deja tiradas, sin garantizarles ningún derecho, ni a ellas ni a sus crías. Solas de una sociedad que cierra persianas y sube volúmenes, y se indigna con la foto de una pared pintada. El “Yo te Creo” se convierte en una línea vacía, cuando el abusador es poderos, rico o cool.

El “No Estás Sola” se diluye en el miedo del primer paso fuera de la comisaría, con la denuncia en la mano, y sin saber adonde ir. La manada corre. A veces llega. Demasiadas otras veces no. Gana el cuchillo, el puño, la bala, el garrote, los dedos en el cuello. Y perdemos todas. Y todos. Y todes.

Porque la muerte de una mujer a manos de un hombre que la prefiere muerta a libre, no es una tragedia particular, ni una desgracia, ni un accidente, ni una estadística. Es una rotura en el tejido social que nos contiene,es el rostro desnudo de todas las violencias de las que el femicida es el brazo ejecutor. Es el fracaso.Y no se puede fracasar.

Necesitamos que refuercen las acciones concretas en territorio, que se facilite el acceso a la denuncia, y que los protocolos ya existentes, se activen de inmediato.Necesitamos que las mujeres que tienen que huir, para salvar la vida, tengan donde guarecerse. Y que haya políticas públicas reales de acceso a trabajo, vivienda, salud, contención psicológica. Y que los tiempos de la justicia no sean eternos, porque a nosotras se nos acaban los días de repente. Necesitamos que la libertad no nos cueste la vida.

Compartí en tus redes favoritas

Leer anterior

Los negocios tóxicos de Felipe Solá

Leer siguiente

La falopa