Suave vorágine: la carne trémula de la poesía

Silenciosa
mi risa está oscura.
Indio Solari

El tercer libro de poesías de Nina Ferrari, Suave vorágine, salió a la calle recientemente de la mano de Editorial Níspero. La poeta nos advierte, desde el oxímoron del título, que los opuestos se unen para explotar en los versos que estas páginas disparan. Cada fragmento es una trampa que estalla en los ojos de los lectores inocentes. Nina nos introduce en el pantano de las palabras para que nos devoren. La propia autora se entrega y declara: “soy deglutida por mi propia voracidad”.

Por Natalia Bericat

Leemos estas páginas desde las vísceras de quien no escatima en poner al fuego la carne trémula del cuerpo, de quien se confiesa con la piel astillada y el corazón abierto al mundo. Suave vorágine es el megáfono desde donde Ferrari grita, pero también el susurro desde donde vemos cómo va poniendo sus heridas en los poemas. La autora nos cuenta de las pérdidas, de cómo aprendió a lijarle los bordes al dolor, al mismo tiempo que nos narra las batallas ganadas, esas que fueron develadas siguiendo sus propias huellas.

Encontramos en este libro también a la Nina Ferrari de lo urgente. Escribe y afila las palabras para reclamar justicia, comida, techo y poesía en la Tierra que como decía Lorca, da sus frutos para todos, nos dice Samantha San Romé en el prólogo. Lo social y lo político aparece sellado en sus versos. Estas páginas son también denuncia sobre las carencias que nunca serán indiferentes en los lentes de la poesía.
Como en una de sus tres partes (Concatenaciones), el libro se amalgama para construir la totalidad. Una cuando escribe, escribe con todo lo que es, sentenció Nina en una entrevista con Natalia Carrizo. Cada parte es la hebra que construye la vorágine de su escritura, su declaración en guerra a los oídos sordos que la rodean. La autora lanza en la hoja lo atragantado, las risas oscuras que algún día fueron apagadas. No hay silencio, hay poesía que arde como una mecha recién arrojada al vacío de un callejón. No hay lugar seguro entre sus repeticiones que taladran. Un cortocircuito nos invita a entrar al calmo huracán, a una escritura que se nos incrusta en las entrañas de la piel.

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