Tapabocas

Por Juan Solá (*)

La circularidad en la que sobreviven los pueblos pequeños siempre nos dará otra oportunidad de armar el mundo.


Por ejemplo, una vez, hace muchos años, mi abuela no me dio permiso de darle un vaso de agua a una nena que andaba a la siesta, pidiendo de puerta en puerta. Andá a saber las cosas que tiene en la boca, me dijo.

Espié por la ventana.


Dice mi abuela que no, le dije.


La nena me miró profunda y brevemente. Sus ojos eran como la noche en los patios de Margarita Belén.


Siguió su camino enseguida, como restándome importancia. Como haciendo de cuenta que no se había detenido en nuestra puerta.

Por la misma ventana, vi su fragilidad deshaciéndose bajo el hervor amarillo de la siesta norteña.


Hace unos días, veinticinco años después, volvía caminando para la casa de mi madre y me la encontré. Era ella, que no se acordaba de mí. No me reconoció y por supuesto, no le avisé nada (si algo aprendí con los años es a no avasallar a la gente con mis recuerdos).

El tiempo se desdobló frente a mí en un minuto: sus ojos eran los mismos a los que les negué el vaso de agua tantas siestas atrás, pero su rostro estaba surcado como las tierras del Chaco en las que antes hubo monte. Cuando se quitó el tapabocas, vi las zanjas hundiéndole la piel alrededor a los labios. El sol le había comido los párpados y llevaba encima el cansancio de quien tiene un largo trecho por delante y por detrás.


Me la crucé un par de veces más por el barrio, hasta que me animé a preguntarle cómo se llamaba y a explicarle dónde queda la casa donde paso la cuarentena. Me contó que se llamaba Rosa.


Andaba con una nena, me la presentó como la sobrina. Decile hola al señor, le dijo a la sobrina, y yo le pedí no me digas señor, que me da vergüenza.


Las invité a pasar, a tomar asiento. Se miraron entre ellas y les chispearon las rendijas como almendras de sus ojos negros. Dijeron permiso muchas veces.

Nos sentamos bajo el ventilador. Recién cuando sintió el vientito, Rosa se dio cuenta de que tenía calor. En esa pausa del camino que se le manifestó todo el fuego de las tres de la tarde. Se abanicó con las manos y miró el techo. Acá está fresquito, dijo.


Les pregunté si habían comido, me dijeron que sí y entonces les serví agua con hielo. Me quedé de pie, con la botella en la mano, viéndola beber. La miré llenarse el cuerpo de agua fresca y en ese preciso momento el sol incendió las baldosas del patio allá afuera. Pude sentir el cierre del ciclo, pude ver al Uroboros mordiéndose la cola.

Les ofrecí más, respondieron que sí. De la humedad brotaron sus labios secos. Fue el agua la que nos hermanó.


Me contó sobre su casa, sobre su barrio, al que se llega caminando por las vías del tren, que ya no viene.


Que allá donde vive nadie tiene el virus, me avisó. Yo sé que me lo dijo para que no me asuste, porque al rato largó algo así como que la gente anda con mucho miedo.


Bebió un poco más y me contó cómo la policía mató a un paisano por robar. Me dijo que ese día le había ido bien, que iban a cargar el directiví y mirar dibujitos. Que hasta la casa tenían una hora todavía, porque por el virus no anda el colectivo. Que ella quería ser abogada, pero que tuvo que ir a trabajar al mercado. Le pregunté si le gustaba defender a la gente y me dijo que sí. Me preguntó si a mí también. Me contó que se fue del mercado porque la gente dice que por allá anda el virus.


Que mejor nomás, porque en el mercado todavía pagan con monedas. Me preguntó si podía pasar a verme cada tanto y le dije que sí. Que acá siempre va a haber agua. Rosa se rió. Vos sos medio loco, Juan, me dijo.


Hoy vino a presentarme a sus otros sobrinos y a pedirme hielo y un cuchillo. Nos sentamos un rato en la vereda y me convidó su gaseosa.


Me preguntó si le armaba un cigarrito. Hablamos sobre nuestras familias. Me dijo que su abuela era de Corzuela y yo me acordé de la mía, que era de Buenos Aires.


Casi le cuento la historia del vaso de agua, pero enseguida comprendí que el vaso de
agua no importaba. Nunca importó. Que lo que importaban eran las cosas que tenía Rosa en la boca, todo el monte que la habitaba y que había sobrevivido, a pesar de la sed.

(*) Es escritor y poeta, su último libro es Esquelas.

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