Te recabió, RAE

Ilustración: Blanca Montelpare @lavandina2d

El lenguaje inclusivo es un hecho revolucionario. Admirado por sectores progresistas y repudiado por sectores conservadores, este fenómeno sociolingüístico des-naturaliza la discriminación por razones de género, mientras resquebraja los mohosos cimientos del decadente patriarcado capitalista.
Pero, ¿cómo es posible que una pequeña modificación en el vocabulario y la gramática de la lengua en común pueda hacer temblar a los poderes fácticos de manera tan decisiva? ¿Por qué un simple “elles” conmociona tan profundamente a una sociedad? ¿Cuáles son, en verdad, los paradigmas en juego? Para comprender los alcances del lenguaje inclusivo y su acción imparable, resulta conveniente repasar la genealogía más cercana de este innegable fenómeno gloto-político.

Por Malena Zabalegui

Un poco de historia local
Ya en los años ´70 y ´80, incluso en plena dictadura, los feminismos argentinos denunciaban públicamente el carácter sexista de la lengua castellana. La llegada masiva de mujeres a las universidades, y su ingreso al empleo remunerado, pusieron en evidencia que hablar de “los estudiantes” y “los trabajadores” invisibilizaba la creciente y tan postergada presencia femenina en el ámbito no doméstico. Más tarde, en la última década del siglo xx, y pese a una fuerte des-politización fomentada desde arriba (o, tal vez, por esa razón), las disidencias sexuales entendieron que no tenían nada que perder, pero sí mucho que ganar. Entonces se organizaron, fijaron agendas, y aunque sólo se las visibilizó en los medios masivos como notas de color de los talk shows del momento (y se las violentó sistemáticamente), lesbianas y gays, travestis y transexuales nos enseñaron que las diversidades sexuales existían, que merecían acceder a sus derechos y que estaban en lucha activa.
En diciembre de 1999 ocurrió algo inesperado en la región. Casi como anticipando otra era institucional en materia de equidad de géneros, en Venezuela entró en vigencia una nueva Constitución que –por primera vez en Nuestramérica– consideró a “hijos e hijas”, “extranjeros y extranjeras” y “ciudadanos y ciudadanas”. Para sorpresa de muches, el entonces presidente Hugo Chávez (varón heterocis y militar, tomá pa´vo´!!) fue el primer mandatario en reconocer la importancia de desarrollar un discurso público equitativo en materia de géneros, y también fue el primero en incluir gran cantidad de mujeres en su gabinete, en un claro ejemplo de coherencia entre el dicho y el hecho.
Aun así, pese a la bienvenida intención igualitaria del texto constitucional, el desdoblamiento masculino/femenino de cada palabra genéricamente marcada presentaba –y presenta todavía hoy– al menos tres inconvenientes: a) resultaba poco práctico: atentaba contra la economía verbal, hacía pesada la lectura y distraía del contenido a comunicar (por ejemplo, el art. 39 dice: “Los venezolanos y venezolanas que no estén sujetos o sujetas a inhabilitación…”); b) priorizaba lo masculino, al nombrar siempre primero a ese género; y c) no consideraba la existencia de identidades sexuales por fuera del rígido binarismo masculino/femenino.
Además de las crecientes militancias sexuales, durante esos mismos años iniciales del milenio ocurrió otro hecho trascendental como antecedente del lenguaje inclusivo: con la proliferación de los flamantes teléfonos celulares con teclado alfabético, y ante la inexistencia de un vigilante-autoridad que juzgara la validez de los discursos privados, las personas se permitieron trabajar en la economía del lenguaje de diversas maneras. Desde abreviar palabras o frases (“ke” en lugar de “que”; “tkm” en vez de “te quiero mucho”) hasta simples emoticones que condensaban oraciones enteras con su expresividad (☺, ☹), los dispositivos personales se convirtieron enseguida en mucho más que un aparato para conectarse a distancia: el carácter informal de las comunicaciones escritas tramitadas por esta vía (y la libertad de poder jugar con las palabras sin organismos represores encima) muy pronto habilitó la creatividad popular y comenzaron así las intervenciones desde abajo en la lengua común.
La primera novedad en este sentido fue el uso de la arroba como estrategia sintética para referirse a grupos mixtos. En un mundo que, como vimos, ya había legitimado y valorado (al menos, en teoría) el aporte femenino en la construcción social, desde el propio pueblo se re-semantizó el significado del signo @, una vieja unidad de medida española en desuso. Porque “todos y todas” hubiera sido engorroso de escribir en los telefonitos, el “tod@s” apareció como una solución extraordinaria que no sólo era eficiente en términos de economía lingüística, sino que aparentemente evitaba la priorización de lo masculino al nombrar en un mismo espacio físico y simbólico a los dos géneros humanos hasta entonces legitimados públicamente.
Sin embargo, las críticas no tardaron en llegar. Algunos feminismos leyeron el signo @ como una pequeña letra a subordinada a una gran letra O, y repudiaron entonces su carácter todavía inequitativo, mientras que ciertas personas y colectivos de las disidencias sexuales denunciaron el espíritu binario de la propuesta y tampoco la aceptaron. Aun así, a principios del siglo xxi los activismos ya habían asumido el compromiso social de encontrar una manera para nombrar seres humanos sin incurrir en discriminación sexual, de modo que a partir de entonces se idearon múltiples formas sexo-político-gramaticales destinadas a incluir y a incluirse en el discurso cotidiano.
Dado que, a esta altura de la evolución (sólidas militancias feministas y disidentes + intervenciones lingüísticas populares) los géneros humanos no estaban dispuestos a ser mal representados por los binaristas géneros gramaticales, las propuestas superadoras que se hicieron de ahí en adelante evitaron cualquier alusión a las marcas de género con a y con o, que habían impuesto desde siempre las academias y las costumbres. Fue así que, bajo este nuevo paradigma anti-binario, surgió la x como marca indefinida de género con el firme propósito de incluir efectivamente a todxs. De manera simultánea, tal como se dan habitualmente las innovaciones sociales, hubo alguns que optaron por eliminar directamente la vocal con marca de género, otr_s que ensayaron el uso del guion bajo y much*s que adoptaron el asterisco, marca que todavía conserva su brillo en el Festival Asterisco de cine LGBT+.
Sin embargo, pese a la innegable ambición de estos colectivos por escribir una lengua más amable y equitativa, los activismos sintieron que –de manera involuntaria– quedaba varado en el camino otro colectivo humano. Porque las palabras “todos/as”, “tod@s”, “todxs”, “tods”, “tod_s” y “tod*s” no pueden ser reconocidas por los programas de lectura que usan las personas ciegas. Las innovaciones planteadas perdieron al unísono su carácter inclusivo y comenzaron a entenderse como simples expresiones de disconformidad ante el sexismo de la lengua y de la sociedad.
De todos modos, el aspecto más insalvable de todas las propuestas mencionadas hasta el momento era que quien escribía podía pensar y sentir su discurso en términos no sexistas, pero –al ser impronunciables palabras como “médicxs” o “enfermer*s”– durante la lectura cada persona reponía la letra faltante según su propio criterio (o inercia cultural) y probablemente terminaba leyendo –aun sin querer– “médicos” y “enfermeras” por influencia de los estereotipos de género naturalizados a lo largo de la vida. Así, no sólo no se respetaba la intención equitativa de quien había escrito el texto originalmente en lenguaje inclusivo, sino que se reforzaban involuntariamente los roles de género mandatados y volvíamos con frustración al punto de partida.
Finalmente, como resultado de todos estos antecedentes bienintencionados pero insatisfactorios, en 2018 irrumpió en la agenda pública argentina el lenguaje inclusivo con –e. De la mano de la Marea Verde, que reclamaba derechos sexuales y no reproductivos para todas las personas con capacidad de gestar, una abrumadora cantidad de adolescentes (en su mayoría femineidades y disidencias) irrumpió en la escena social con agenda y gramática propias y nos demostró que –ahora sí– definitivamente podíamos incluir en nuestro discurso a todes.

Resistencias
Si el lenguaje inclusivo tiene un propósito tan noble, ¿por qué, entonces, se organizó una despiadada militancia en su contra? ¿Qué es lo que irrita tanto en esa amorosa –e? ¿Cuál es el temor que despierta un fenómeno sociolingüístico tan natural como inevitable?
En principio, y de manera casi visceral/miserable, las manifestaciones de rechazo al lenguaje inclusivo parecen tener que ver con que –por primera vez en la Historia– es la generación adolescente y sexualmente diversa la que inventa, pone en práctica y divulga una nueva gramática lingüística que no sólo modifica las reglas del rancio poder académico, sino que propone una nueva gramática equitativa de los vínculos que los verticalismos anquilosados no quieren aceptar. Se trata –no casualmente– de una generación nacida y criada en el comienzo del milenio, nativa digital y acostumbrada al paradigma progresista de ampliación de derechos. Por eso, son jóvenes que no se sentaron a esperar que llegara su turno adulto: las pibas y las disidencias (junto con el acompañamiento imprescindible de muchísimos pibes) se agenciaron un estatus social históricamente reservado para varones-cis-adultos-blancos-propietarios. En un claro acto de disputa político-social, entonces, les pibes desafiaron abiertamente a quienes siempre se habían negado a soltar sus privilegios y a democratizar las palabras y las praxis.
Sin embargo, lo más impresionante del caso es que la “generación e” no es un grupo de delincuentes de la lengua que se niega, por capricho o rebeldía, a reconocer la normativa lingüística vigente. No son peligroses por plantear un lenguaje revolucionario, ni están en peligro por exponerse y exponernos a él. Son jóvenes valientemente solidaries que, después de estudiar las normas gramaticales vigentes y hacer una lectura crítica de ellas, deciden proponer una alternativa superadora, a fin de colaborar activamente en la construcción de relaciones humanas más justas y más amables. Si las nuevas generaciones se apropian del lenguaje y lo modifican (algo que, en mayor o menor medida, hicieron y harán todas las generaciones) es porque saben que, en caso de no hacerlo, se convertirían en agentes de propaganda de un sistema de convenciones dañinas que esta camada no está dispuesta a promocionar. Tal como hicieron les hablantes cuando, irreverentemente, transformaron el “vos” reverencial (“vos sois”) en un voseo amistoso y familiar (“vos sos”), y tal como hicieron cuando reemplazaron en gran medida el “usted es” por el “vos sos” en Argentina, del mismo modo –y con igual propósito horizontalizador– les hablantes senti-pensantes diseñaron el “todes somos” para eliminar categorías sociales artificiales y para fomentar las relaciones humanas equilibradas y respetuosas que tanto necesitamos.
Las resistencias al lenguaje inclusivo no tienen en verdad ningún fundamento lingüístico simplemente porque no hay una lengua que haya que “preservar” o “proteger”: adecuar el habla al devenir de una sociedad es un proceso natural, imparable y deseable que ocurre cada día desde que se pronunció la primera palabra allá en el fondo de la Historia. Por eso resulta tan absurdo como inconstitucional el intento de prohibición del uso de lenguaje inclusivo en las aulas por parte del gobierno de la ciudad de Buenos Aires. En una alarmante muestra de ignorancia y autoritarismo, y a través de una ministra de Educación sin trayectoria docente, el larretismo pretende “regular” el discurso escolar y eliminar así el acceso a derechos largamente consagrados: entre muchos otros, a la libertad de expresión (Constitución Nacional, acuerdos internacionales de DDHH), a la identidad de las personas no binarias (Ley 26.743 de identidad de género) y a la remoción de patrones socioculturales que sostienen las relaciones de poder sobre las femineidades (Ley 26.150 de ESI).

¿Entonces?
Las resistencias anti-progresistas no sólo están preocupadas por el nuevo paradigma de género y por el protagonismo de les adolescentes. Como afirma Rita Segato, “el esquema binario (…) es posiblemente el instrumento más eficiente de poder”, y la horizontalización y diversificación de las categorías de género en el discurso podría inducir a horizontalizar y diversificar también otras jerarquizaciones binarias y arbitrarias de la sociedad. ¿Qué sería de los sectores dominantes si des-naturalizáramos las pirámides de raza, clase y condición social? ¿Cómo sostendrían ellos sus privilegios si todes comprendiéramos que el color de la piel, el origen del apellido o la procedencia geográfica no deberían ser más que datos anecdóticos en el registro de nuestra identidad?
Tal vez sea este temor al efecto dominó el que inspira a los sectores conservadores a “conservar la lengua” para mantener así las estratificaciones todas y los monopolios propios. Quienes todavía se oponen a la posibilidad de adoptar un lenguaje inclusivo defienden un sistema de convenciones verticalista que no sólo promueve relaciones inequitativas en materia de géneros, sino que promociona los binarismos y consolida, en general, los privilegios del 1% de la población, en detrimento del 99% que –con tanto esfuerzo– sostiene la vida.

Dominades o soberanes
Así como en la época colonial existía en América el cargo de Corregidor (una fuerza legal que actuaba en nombre del imperio español imponiendo su “justicia”), del mismo modo existen hoy en día ciertas cuevas lingüísticas corregidoras como la “Real Academia Española” (RAE). Creada en 1713 para imponer en toda España la variedad de lengua utilizada en Madrid (o sea, con fines estrictamente políticos y en absoluta desconsideración por otras variedades del español y otras lenguas existentes en aquel territorio), se rige desde entonces por el lema “limpia, fija y da esplendor”. Sin el menor escrúpulo, la RAE se autoproclama con derecho a intervenir una lengua hablada por 500 millones de personas en todo el mundo para “limpiar” (borrar, desaparecer) y “fijar” (imponer, esencializar de manera anti-natural) todo aquello que dé “esplendor” (grandiosidad) no a la lengua en sí que nunca pidió ni necesitó tales pompas, sino a la propia ideología elitista y conservadora de la RAE. Con estos oscuros objetivos en mente, bien contrarios a la democracia, a la república y al dinamismo esencial de cualquier lengua, la RAE necesitó incluir en su nombre los adjetivos “Real” (propio de la realeza, majestuosa) y “Española” (con jurisdicción en toda España) para apuntalar a una “Academia” que en nada se acerca a la definición que encontramos en su propio diccionario: la RAE no es ni fue jamás un centro de investigación científica, literaria o artística, sino un dispositivo de manipulación ideológica a través de la lengua.
Aun así, el secreto mejor guardado por el establishment es que la “Real Academia Española” no se financia con fondos públicos (de modo que no es un organismo estatal), sino con el aporte de grupos empresariales monopólicos y corruptos, tales como el Banco Santander, Repsol o Telefónica. Pero, ¿qué relación existe entre los productos y servicios que ofrecen estas mega-empresas y el devenir de las lenguas? ¿Acaso estos gigantes corporativos tienen inquietudes lingüísticas? Más bien, no: como dijera un innovador popular, algunes CEOs “no-saben-leer”. ¿Qué intereses ocultan, entonces, empresas como Repsol o la RAE?
Los insaciables grupos elitistas todavía pretenden corregir (co-regir) entre ellos el habla de los pueblos neo-colonizados para que no se divulguen paradigmas sociales que distribuyan el poder de manera equitativa y para que no se resquebrajen sus privilegios inmerecidos. Por eso, insisten en la absurda idea de la “unidad panhispánica”, como si las ex colonias americanas quisiéramos ser parte de alguna uniformidad lingüística impuesta o de alguna rancia hispanidad indeseable. Pretenden desaparecer (y no uso este verbo con inocencia) ciertas voces y fijar otras con la torpe intención de teledirigir el hacer y el sentir de los pueblos para, desde la comodidad de sus elegantes sillones Chesterfield, controlar las estructuras sociales y consolidarlas a su imagen y semejanza.
Frente a este nefasto andamiaje de inmundo poder se plantaron les pibes cuando nos propusieron reformar la lengua y nos enseñaron cómo hacerlo para respetar y valorar a todes. En un mundo contaminado por saqueos económicos, sociales, culturales y ambientales desde el poder hegemónico, surgió desde el pueblo el lenguaje inclusivo para la “descolonización de nuestros gestos, de nuestros actos, y de la lengua con que nombramos el mundo” (Rivera Cusicanqui). Mientras en EEUU se retrocede con el derecho al aborto y se cuestionan el matrimonio igualitario y hasta el uso de anticonceptivos, en Nuestramérica seguimos avanzando en la ampliación de derechos para bien de las mayorías. Salú!!

*Nota en colaboración con Agenda Feminista, revista cultural con perspectiva de género.

Compartí en tus redes favoritas

Leer anterior

Cronología de un intento de magnicidio: Lawfare y discursos de odio en los medios hegemónicos

Leer siguiente

Juan Solá: “¿Puede haber poesía en la extinción?”