Un espejo en la casa

Por: Martina Kaniuka

Cuando cinco personas viven en dos ambientes, la intimidad deviene eufemismo para siempre y los secretos se convierten en un lujo burgués. La cama marinera, la matrimonial, la cuna, divididas por un placard prolijamente forrado a un lado con papel de empapelar. Al otro lado, las puertas del ropero que escondían petates y la ropa de todos los habitantes de la casa y valijas con poco viaje y documentos y partidas de nacimiento y los primeros dientes y mechones de pelo y botones de colores y la libreta de conducir de algún auto pistero que había quedado en el recuerdo. Así me enteré que los Reyes Magos no existían. Un locutor en un programa de radio en la medianoche me lo anotició, una noche en que mamá no podía conciliar el sueño. Así también vi dibujarse el rostro del vecino en la ventana, esa noche en que murió en el hospital. Todavía recuerdan que lo saludé, cerca de las tres de la madrugada. No tuve miedo. No había tiempo entonces más que para despedirlo.
Me tocó en suerte la cama de arriba y el placer de ver entre las cortinas rayadas azules y blancas por la ventana que daba a ese patiecito lleno de cretonas y portlan y crisantemos. Hubo noches de terror y de fuego tocando el cielo, cuando unos forajidos incendiaron el único árbol de la vereda. Las hubo de lluvia, y la casa se inundó como esos barcos grandes de las novelas de piratas los días de tormenta. Por la ventana al mundo vi relámpagos, murciélagos y alguna luciérnaga perdida de aquellas que ya no quedan y son anécdota. Hubo noches de fuegos artificiales afuera, algún año nuevo venidero y de fuegos artificiales adentro, donde aprendí a ponerle puntos suspensivos a los intercambios de mis padres. Vi los rayos del sol multiplicarse en cada línea azul de las cortinas y diluirse en cada lágrima, las tardes de penitencia en la cama.


Cuando una comparte la pieza, la hermana siempre acostumbra patearle el colchón. Lo hace con fuerza, repujando duro y hacia arriba con las piernas hasta casi hacerle tocar a una el techo. La clave parece residir en elegir el momento justo. No son ni las diez de la noche, cuando empieza el horario de protección al menor, ni las tres de la mañana cuando ya ingresa una al quinto sueño. Cuando se siente el bulto de arriba quietecito, ahí es el momento. Y ahí es el momento, como un ninja nocturno, medio cuerpo entre las sábanas y medio cuerpo colgando abajo, para tirarle de los pelos y obtener algo de justicia. También sabe valer el arrancarle parte del empapelado a la mitad de abajo y escribirle frases elocuentes, al mejor estilo baño público.


Siempre me costó dormir. Ya tendría cinco o seis años cuando me sacaron el espejo que tenía frente a la cama marinera. Mi madre se cansó de encontrarme llorando. Stanislavski se hubiese admirado del método: tenía una caja de música de esas noventosas chinas, de plástico y con el organito tocando el Lago de los Cisnes. Adentro una foto recortada de una familia gitana que ilustraba un artículo de una revista Ñ. El truco consistía en sacarla lentamente y pensar que había quedado huérfana. Todos habían muerto en un accidente o algo así. Algo trágico. Algo gris y posible dentro de los febriles senderos de mi imaginación. Después la guardaba, apagaba el velador y me miraba en la penumbra hondamente al espejo. Los borbotones caían solos. Era mi momento de la noche. La hora del primer plano. La de mis ojos en la pantalla grande. La de mi vieja rogándome en el pasillo del cuarto que abandonara la actuación nuestra de cada madrugada, cerca de las tres, cuatro de la mañana.


Después practiqué los besos. Una naranja dulce con la tapita sutilmente dibujada. La lengua jugando por los hilos cítricos y carnosos. Algunos pibitos cuyos nombres ya olvidé y mi vieja prohibiéndome cerrar la puerta en los cumpleaños para ahorrarse las disculpas y la vergüenza con las respectivas madres que desconocían mi camino a la fama. No llegué nunca a las marquesinas pero todavía de vez en cuando, me busco en un espejo y me recuerdo en esa piecita, dividida por el placard, escapando de las patadas de mi hermana y soñando hasta despierta que podía ser alguien más.

(*) Es socióloga, su último libro es Eva sueña

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