Viaje al corazón zapatista: “que la semilla siga viva”

Yanina Morinigo

Llegaba diciembre y las fronteras del 2022 comenzaban a divisarse, los fantasmas de un fin de año, igual o más triste, que tantos otros iban tomando cuerpo. Eran días que vivíamos pegados a la pantalla, mirando la pelota rodar y entre cábalas, gambetas, caídas y resurrecciones sonó el teléfono. “Che Emi, parece que el 31 de diciembre se van a abrir los caracoles Zapatistas y puede que en el de Oventic podamos solicitar un permiso de ingreso” decía el mensaje de Yanina Morinigo, una docente y fotógrafa argentina que acostumbra a transitar las altas tierras Chiapanecas donde el EZLN continúa resistiendo los embates del sistema capitalista.

Por Emilio Mendoza

El mensaje coronó una gloriosa tarde en la que las alegrías que viajaban de Qatar empataron con las que nacían en Buenos Aires. La oferta fue irresistible y aunque no hubiera garantías de ingreso a las comunidades, los planes de viaje a Guatemala se hicieron añicos y la Selva Lacandona era ahora el nuevo objetivo. Coronados de gloria, y con un 31 de diciembre próximo, el año nuevo comenzaba a tener otro sabor. 
El 25 de diciembre hacia allá partí, Guatemala ya no era el destino sino una escala y trampolín para acceder al sur del territorio mexicano. La sinuosa geografía guatemalteca, los volcanes y columnas de migrantes me acompañaron hasta Ciudad Hidalgo (frontera entre México y Guatemala). Una vez sorteada la, nada sencilla, migración mexicana el camino comenzó a allanarse, aunque por delante esperaban nueve horas de bus hasta San Cristóbal de las Casas y otras dos en camioneta hasta los caracoles. 

El 31 de diciembre emprendimos, ahora ya junto a Yanina, el último tramo de este periplo. Una camioneta blanca esperaba por nosotros, escondida entre los más variados colores y fragancias que los puestos de mercado municipal suelen brindar. La camioneta comenzó el ascenso y entre curvas, nubes y unas rancheras que el estéreo reproducía la ciudad de San Cristóbal comenzaba a perderse en el retrovisor. 
Promediando la tarde llegamos finalmente a las puertas del caracol zapatista Oventic. Al arribar un hombre con pasamontañas nos recibió del otro lado de la reja y comenzó a preguntarnos sobre los objetivos de la visita e información personal para tramitar el ingreso al caracol. Entregamos todos nuestros datos y unos libros y remeras de Sudestada que habíamos cargado en la mochila.
Esperamos sentados en la ruta y fueron una dos o tres veces en que esta misma persona retornó a seguir preguntándonos sobre los motivos por los que queríamos ingresar. Muchas personas, entre las que se encontraban periodistas y fotógrafos comenzaban a ser inadmitidos. El tiempo pasaba y a nadie le llegaba el permiso de acceso. A esta altura las esperanzas de poder atravesar aquel portón comenzaban a diluirse.
Casi dos horas tardó en regresar el joven del pasamontaña, pero poco importó porque a su retorno traía consigo la mas maravillosa de las noticias “se les va a permitir el ingreso. Acompáñenme” dijo, comenzamos la bajada de la calle central hasta la puerta de la “casa de la Junta del buen gobierno” allí volvió a detenerse, nos devolvió los regalos que le habíamos entregado y nos dijo “tomen y esperen que serán llamados por la junta”. Rápidamente la puerta de la precaria casa se abrió y nos invitaron a tomar asiento en unos bancos, del otro lado de la mesa estaba las tres mujeres que presidian la junta. Sus rostros, como los de la mayoría de los zapatistas, ya no tenían pasamontañas, pues el reverdecer de los casos de covid obligaba a reforzar los cuidados sanitarios. Las mujeres portaban polleras largas, con detalles coloridos, una camisa blanca bordada y un poncho plegado azul marino que cruzaba como una banda el cuerpo de las zapatistas. Pelo negro azabache, atado por detrás y un flequillo que iba de un lado al otro de sus rostros coronaban a las jóvenes mujeres que comenzaban con la ronda de preguntas. 

Los nervios crecían, algunas preguntas eran similares a las que nos había hecho aquel guardia de seguridad, cruzaban miradas entre ellas, hasta que en un momento una de ellas nos dice “nos avisaron que ustedes traen regalos, queremos saber de que manera quieren que sean utilizados por la comunidad”. La entrevista fue perdiendo de a poco el rigor, hasta que finalmente nos dijeron, “los aceptamos, pueden ingresar”. Continuamos bajando la calle troncal hasta el escenario. 
Finalmente estábamos dentro, para nuestra sorpresa los admitidos para pasar el año nuevo, coincidente con el 29 aniversario del levantamiento armado, habíamos sido solo cinco, Álvaro de Colombia y Ana y Luis una pareja de profesores de Sao Paulo con quienes rápidamente nos amontonamos para amenizar un poco la mirada de todos los zapatistas que mantenían una atenta vigilia a nuestros movimientos. Nos habían advertido que estaban prohibido la toma de fotografías a personas y espacios estratégicos, como también el consumo de alcohol dentro del Caracol. 
Comenzaron los actos, bandas musicales y partidos de básquet (deporte predilecto de este Caracol) abrieron la jornada, la tarde daba paso a una luna que sería testigo de uno de los espectáculos más impactantes de la gélida noche, el arribo de una interminable columna de milicianos y milicianas que serían los guardianes de los discursos que proseguirían. 
Todos los discursos fueron pronunciados en Tzotzil, la lengua maya que predomina en la comunidad. Tiempo después nos enteramos de que muchas de las palabras ofrecidas CCRI (Comité Clandestino Revolucionario Indígena) apelaban a que los jóvenes “hagan conciencia” y que no migren hacia EE. UU para que la lucha, la causa y “la semilla siga viva”.

Los festejos continuaron hasta la madrugada del 1ero de enero, horas después, cuando el sol intentaba aplacar el frío y el rocío que cubría las tiendas de nylon y lonas que los insurgentes habían montado para pasar la noche, se reiniciaron los festejos.
Si la lengua Tzotzil fue la regla, el español emergió en contadas ocasiones. Capitalismo, imperialismo, neoliberalismo y las estrofas del himno nacional mexicano fueron de las pocas palabras que se escucharon en esta lengua, quizás como cruel metáfora de la ausencia y negación indígena en tan indolentes proyectos.

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