Votar en verde / Juan Solá

Querido Sur,
Los resultados de las últimas elecciones dejaron un regusto amargo en mucha gente. El avance de la derecha preocupa, el voto-bronca se hizo notar, especialmente por parte de quienes vienen exigiéndole al oficialismo ponerse las pilas con la cuestión ecológica. Leo hace un tiempo a Flavia Broffoni exigir la optimización de los mecanismos de participación ciudadana, y a pesar de que el gobierno se muestre reticente a escuchar a quienes les enrostran los negocios ecocidas que acompañan, creo que esta podría ser la única oportunidad que tienen para revertir los resultados que les hicieron tragar saliva con preocupación. 
Me resulta desalentador que mucha gente acuse al ambientalismo de “hacerle el juego a la derecha” por poner en jaque el discurso oficialista, como si la derecha no fuera toda una sola cosa que se va turnando la máscara para ejercer el poder. Leer a los emergentes movimientos “libertarios” simplemente como espacios de Derecha es ignorar toda una tradición fuertemente nacionalista que les acompaña; es prácticamente reducir el fenómeno a una forma de entender el mercado, cuando en realidad estos movimientos traen consigo una ira inusitada que les lleva a descarrilar en televisión y reproducir un discurso miserable, alienado del constructo social que les contiene. 
¿Pero cómo es posible que un espacio que ejerce la política en forma clasista y desde un discurso de odio recalcitrante se posicione como tercera fuerza, como alternativa? Creo que, entre otras cosas, probablemente se haya visto beneficiado por la sobreexposición que, de manera “irónica” o no, los medios y las redes sociales han sabido ofrecerle, llevando adelante una suerte de concentración virtual de la diáspora fascista argentina que va aglutinándose, cobrando corporalidad desde la violencia simbólica y discursiva. Por más difícil que parezca aceptarlo, la violencia también necesita sus representantes. 
No existe ni habrá jamás forma alguna de ironía en lo que se consume, todo aquello que se expone al ojo público corre el riesgo de ver tergiversado su propósito original. Mientras el oficialismo nacional se encarga de recuperar los votos de quienes les han dado la espalda por ecocidas y el oficialismo porteño hace lo imposible para poner en manos privadas los restos de verde de la ciudad, se presentan escenarios incluso más complejos, en partes iguales imaginarios y terribles, presididos por la lacra iracunda de las redes sociales. ¿Puede un meme convertirse en presidente? Vos sabés que sí. Vos-sabés-que-sí. Absolutamente.

Buenas noches,
Juan.

Compartí en tus redes favoritas

Leer anterior

Violencia institucional: un flagelo que se repite

Leer siguiente

Carta a mi hermano