Gilda: cuando el pueblo la convirtió en santa

Quisiera no decir adiós,
pero debo marcharme.
No llores, por favor no llores,
porque vas a matarme.
No pienses que voy a dejarte,
no es mi despedida.
Una pausa en nuestra vida,
un silencio entre tú y yo.

En su cumpleaños número 26 a Victoria le regalaron una velita de bolsillo que viene en una cajita. Cuando la abrís, de un lado está la foto de Gilda y del otro la parafina con su pabilo para encender la llama. Ella cree que es su amuleto de la suerte y lo lleva consigo a donde va. Ese es su mini altar, a pesar de que en su casa tiene uno en tamaño real con una gigantografía de la artista junto a una foto de Evita Perón. A 24 años de su muerte, ¿cómo fue que la cantante de cumbia se transformó en santa? ¿Por qué le rezan a Gilda? ¿Con qué estereotipos rompió la número uno de la movida tropical?

Por: Micaela Arbio Grattone

La canción “No es mi despedida” forma parte del último álbum que se conoció de Gilda: “Entre el cielo y la tierra”. Este disco fue grabado postmortem gracias a las posibilidades que dio la tecnología para recuperar la voz de la número uno y se reconstruyó a partir de una grabación de casete que ella había improvisado para su próxima producción. Este hito aportó su granito de arena para que la leyenda de Shyll, apodo que utilizaba antes de definir su nombre artístico, se materialice. 

El mito de la santidad alrededor de la imagen de Gilda nació mucho antes de que ella sufra ese terrible accidente automovilístico el 7 de septiembre de 1996 en el kilómetro 129 de la ruta 12 –antes conocida como la Ruta de la Muerte– donde un camión embistió al micro en el que viajaba la artista, su banda y parte de su familia.

Tal es la magnitud de la fe que los fans depositaron en ella que en ese lugar, cerca de la localidad de Ceibas, en un predio que actualmente es propiedad de Rita y Carlos Maza, se realizó una especie de altar en el que los creyentes dejan sus plegarias y deseos.  

¿Qué hay de realidad en este mito y qué hay de fe? Miriam Alejandra Bianchi, como se llamaba realmente la cantante, nunca se reconoció como una santa ni como una curandera. Todo lo contrario.

Había una historia que ella siempre recordaba y se refiere a la escena que se ve en la película biográfica “Gilda, no me arrepiento de este amor” (2016). Al terminar un show, Gilda se encuentra con una señora que le pide que le toque la cabeza porque tenía una celiaquía severa. “Cuando nos pusimos a investigar en archivos, hablando con la familia y con los músicos nos enteramos que a ella le daba ternura y hasta un poco de gracia que hubiese gente que en vida ya la considere una santa─ dice Lorena Muñoz, directora de la biopic, en una entrevista a Sudestada─ me consta que ella no pensaba que era una santa, no se auto proclamaba santa y nunca jamás hizo uso de eso para que la gente se le acercara. Me parece que ella descreía de ese tipo de situaciones”. 

Su mensaje

Las canciones de Gilda eran un mensaje claro hacia su pueblo. “Ella es una especie de predicadora amorosa y por eso generaba ese tipo de reacciones en la gente”, añade Muñoz. Sus palabras atravesaron los corazones más negadores. Así fue que conquistó nuevos adeptos a la cumbia tropical que por los años 90’ vivía un boom y llegaba a los oídos de las clases sociales más altas. 

Las letras no solo buscaban que la gente se ponga a bailar sino que trataban de expresar con profundidad distintas realidades. Gilda le hablaba a las mujeres, a los que tenían mal de amores, a los que estaban solos y a los que no. “Ella era muy creyente, entonces sabía que lo que estaba sembrando iba a dar sus frutos”, afirma su biógrafo Alejandro Margulis en un capítulo de la serie “Soy del pueblo” de Canal Encuentro.  

“Quién te dijo que mi puerta, tiene que estar siempre abierta”, decía su primer hit “La Puerta” que a la semana de ser publicado estaba en el top de las 10 canciones más escuchadas del momento y que, claramente, contenía una mensaje en clave feminista.  

Además de emitir mensajes disruptivos para el momento, Gilda incursionó en sonidos innovadores para la movida tropical: las congas, tumbadoras y el cajón llegaron junto a la búsqueda de su carrera como solista en compañía de lo que sería su nueva banda integrada por músicos de origen peruano.  “Fuimos muy combativos y muy criticados. Nos decían ‘que eso no va’, ‘que este sonido no’, ‘que tiene que cantar así’”, dice su representante y última pareja, Toti Giménez, en “Soy del pueblo”. 

Las revoluciones de la flacucha 

Fue una mujer poderosa que rompió estereotipos. El primero fue el propio: dejó su profesión de maestra jardinera y decidió dedicarse a la música como tanto lo deseaba. Esa decisión le costó la separación con su primer pareja y padre de sus hijos, Raúl Cagnin. 

El segundo fue estético: la figura de Gilda no se parecía a la de de las mujeres de la cumbia del momento. La imagen que buscaban los productores era más parecida a la de Gladys, la bomba tucumana, o la de Lía Crucet. “Al principio me llegaron a decir ‘canta bien, pero no vende”, reflexiona Tito. Y sí, Gilda era una piba flaca, estéticamente bastante elegante, de clase media que escuchaba rock nacional y que vivía en el barrio porteño de Devoto. 

Su tercera revolución fue a nivel artístico. No solo incorporó nuevos sonidos y letras sino que logró cautivar a un público femenino que, hasta el momento, se abocaba más a seguir artistas varones y “carilindos”. 

La fe del pueblo

Es 7 de septiembre, se cumple otro aniversario del fallecimiento de la número uno de la cumbia popular y Victoria publicó en su Instagram una video de Gilda junto a una leyenda que dice:  “Era verano del ’97 y el living de casa era un despelote de juguetes. Me acuerdo que el disco era rosa y le pregunté a papá quién era la chica de la tapa. ‘Se llama Gilda, hija. Se murió hace poquito’, me dijo. Con cuatro años la empecé a querer. Con nueve, curiosa y conmovida por los misterios y el miedo a la muerte, creía que saber sobre sus milagros iba a sacarme esa duda existencial. Durante la adolescencia la viví y en la facultad la defendí en mi tesis de grado. Hoy la celebro y la llevo como bandera en la lucha por la reivindicación de nuestros derechos. Porque mi corazón valiente también milita la revolución bailando. Entonces, ¿cómo arrepentirme de este amor?”. 

La fe no entiende de racionalidad y es así como se divulgan los mitos populares que tampoco respetan las reglas de las religiones más conocidas. Los fans fueron quienes la colocaron en ese lugar y, desde el respeto y el amor, supieron construir una forma de recordarla con ternura.

Semanas antes de que la parca se llevara a una de las mujeres que más extrañaría la cumbia, Gilda escribió una canción: “Quisiera no decir adiós, pero debo marcharme. No llores, por favor, no llores porque vas a matarme”. La letra de “No es mi despedida” se conoció postmortem en un álbum que se llamó “Entre el cielo y la tierra” y que recuperó unos temas que Gilda había preparado para su próximo disco. Este hito, tal vez, fue el hecho que faltaba para que Gilda dejase de ser solo una artista y pasase a ser una santa popular. 

– Entonces ¿a quién le rezan las feministas Victoria?
– A Gilda, mamá. A Gilda.

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