“Muchos femicidios se producen cuando las mujeres desafían la dinámica patriarcal”

Foto: Sergio González

Esther Pineda Esther G. es socióloga, tiene un Magister en Estudios de la Mujer y un doctorado en ciencias sociales. Investiga y escribe sobre los derechos de las mujeres y discriminación racial. En diálogo con Sudestada, habló sobre la violencia estética -concepto que acuñó- y aportó su análisis sobre temáticas que aborda en sus libros “Cultura femicida. El riesgo de ser mujer en América Latina”, “Bellas para morir. Estereotipos de género y violencia estética contra la mujer”, “Morir por ser mujer. Femicidio y feminicidio en América Latina”, editados por Prometeo, y “Resentida” editado por Sudestada. 

Por Florencia Da Silva

En este último año se debatió mucho sobre la violencia estética, del gordo-odio, de las violencias sobre nuestros cuerpos y vos comenzaste con este término que ahora circula un montón ¿Cómo llegaste a este concepto?
Yo comencé con primeras aproximaciones a este tema en 2010, 2011. En esa época también comenzaba a escribir y había varias cosas que me motivaron a tocar estos temas. En primer lugar una preocupación, una inquietud y una incomodidad personal que traía desde niña y desde adolescente era mi imagen, cómo era vista socialmente. Esa idea de que no era bonita y siempre asociada a la pertenencia étnico racial, de ser una mujer negra. Desde esa experiencia de racialidad estamos fuera de cualquier interpretación de belleza en la sociedad. Eso da pie no solamente a un asunto de vanidad, no es que sufrimos porque no somos consideradas bonitas, sino que viene acompañado de una serie de violencias, maltratos, descalificaciones, humillaciones en los espacios en los que hacemos vida y por diferentes personas con las que interactuamos. Para la mayoría de las mujeres la disconformidad con su corporalidad viene asociada al peso, pero lo mío era un malestar más general, era no sentirme bien, no sentirme a gusto en general con mi imagen, con el cabello, por la piel, por las facciones. Desde que somos pequeñas y comenzamos a interactuar fuera del hogar, en la escuela y en los espacios comunitarios de socialización, comienzan a señalar todo eso. La pertenencia étnica racial está asociada a lo feo, inadecuado, sucio, desprolijo. La idea de que el cabello afro es sucio, descuidado y desordenado, la nariz es muy ancha, los labios son muy pronunciados, la piel es muy oscura, y todo eso va configurando un malestar con la imagen en su totalidad.
Con la herramienta de la sociología cambió un poco la forma en cómo interpretar esto, poder sacar de la dimensión de lo personal cualquier fenómeno y entender que no se trata de una sola persona, que seguramente tiene unas explicaciones, unas ramificaciones y una estructura por detrás que lo sostiene y por lo cual seguramente le pase a muchas otras personas. En ese intercambio con otras mujeres, compañeras, amigas y conocidas, las escuchaba hablar sobre lo mal que se sentían con su cuerpo, su imagen, diciendo “me siento fea”, “me siento gorda, voy a ver si me opero de esto, de lo otro”, y empiezas a entender el porqué hay un montón de mujeres sintiéndose mal.
Hay una serie de estereotipos, demandas y exigencias sociales, pero el núcleo de todo esto es la violencia que se ejerce sobre nosotras por no responder a ese estereotipo de belleza. Cómo se nos mira, cómo se nos maltrata, cómo se nos descalifica, cómo se le habla ofensivamente a algunas mujeres por no responder a esos estereotipos. A partir de esto pensaba: es un tipo de violencia, pero no es cualquier tipo de violencia como las que ya conocemos, no es violencia física, tiene un poco de violencia verbal porque te están insultando y descalificando, pero no es solamente verbal. Tiene las motivaciones específicas, y estas son la estética, son el canon de belleza. En ese ejercicio de reflexión fui armando la idea de violencia estética, porque lo que motiva esa violencia es el cumplimiento, el acercamiento o no a ese canon.

Esta violencia no solo afecta al autoestima, sino también en lo económico, en lo laboral y lo vincular.
Sí, ese es el gran problema que yo veo en esto. Yo insisto en sacarlo de esa dimensión. Todo el mundo lo quiere llevar a que eres tú que tienes problema de autoestima, que no te aceptas, que tienes que trabajar y resolver tu problema, pero no se trata de eso. Hay mucha gente trabajando desde la línea del amor propio, yo lo respeto y lo reconozco, pero no es mi línea. Ha sido una herramienta para posicionar y visibilizar pero no resuelve porque la mirada sigue siendo individualista y no pone el foco en lo social, en lo colectivo. La presión y el malestar en el cuerpo de las mujeres, que es físico y psicológico, se produce como resultado de una serie de agresiones constantes a lo largo de la vida de las niñas y las mujeres y tiene un origen social. Las mujeres y las niñas no nacen creyendo que son feas, que son inadecuadas, no. Hay un bombardeo externo que muestra la televisión, las revistas, los juguetes con determinadas características, con los comentarios que se refieren al entorno familiar, en la escuela y en cualquier espacio donde haces vida. Está todo el mundo opinando sobre tu cuerpo, tu imagen, tu cabello, sobre tus proporciones corporales, tu rostro, si tienes acné, si “te arreglas” -término muy utilizado, hablar de arreglar, es aludir a que hay algo que está mal o que está dañado y tienes que modificarlo, sustituirlo-. Todo este lenguaje, comentarios y estas narrativas van lesionando la salud mental y física de estas mujeres. Tiene consecuencias como los trastornos alimenticios, trastornos dismórficos corporales, y también aquellos que se producen por realizarse tratamientos estéticos con el fin de responder a esas exigencias sociales y que pueden terminar en procedimientos infructuosos, en afectaciones físicas directas e incluso la muerte. Aún teniendo mucha autoestima, como si fuera así el asunto, o sintiéndonos muy empoderadas y teniendo mucha información sobre este tema que nos permite tener herramientas para enfrentar este fenómeno y resistir los embates de la violencia estética, no significa que esto desaparezca. Mi proceso no fue mágico, me siento bastante bien con respecto a mi imagen y mi cuerpo en relación a cómo me sentía en la adolescencia y mis primeros años de juventud, producto de todo ese proceso de revisión, de problematización e investigación y terminé entendiendo que el problema no era yo, sino una estructura social que nos hace esto a mí y a otras mujeres. Esto no soluciona el problema, porque hay miles de mujeres y de niñas que están siendo ofendidas, agredidas, descalificadas y violentadas sistemáticamente en sus casas, por su pareja, en la escuela, el problema sigue estando. En ese sentido el amor propio y esa perspectiva no lo soluciona.

Foto: Sergio González

Escribiste un montón sobre los distintos efectos adversos que pueden traer muchas de estas cirugías o productos. Cuando se habla desde algunos medios o en redes de estos temas aparece esto de “es mi cuerpo, hago lo que quiero, no te metas”. ¿Cómo se contraponen estos dos sentidos?
Sin duda, cualquier procedimiento estético, invasivo y no tanto, traen también consecuencias. La cirugía tiene un escenario de riesgo. Hay cirugías que se realizan porque la salud y vida están en riesgo y depende de eso, pero cuando te sometes a un procedimiento de forma electiva, los riesgos son mayores porque hay un cuerpo que no está enfermo, que no está lesionado y no tiene necesidad real de pasar por un quirófano. Estos riesgos van desde lo más básico que puede ser la colocación de la anestesia, que no en todas las personas tiene las mismas reacciones, hay personas que han muerto en reacción a esta. Y también las distintas complicaciones que se pueden dar durante o posterior al proceso de la cirugía. Hay algunas cirugías estéticas que son de mayor riesgo que otras, por ejemplo la liposucción, durante años, casi semanal vemos en los medios de comunicación noticias de que murió una mujer durante este tratamiento, que le perforaron los órganos, que tuvo una hemorragia. Otra cirugía que se ha popularizado mucho es el llamado lifting brasileño, que consiste en la extracción de grasa del abdomen y de otras partes del cuerpo y su inserción en los glúteos y en las caderas para dar cierta figura tan promocionada en las mujeres. Este es un procedimiento que muchos médicos han comenzado a alertar, se han hecho reportajes sobre la peligrosidad y los altos índices de muerte. Muchas pueden morir por hacerse este procedimiento. Nadie puede prohibirle realizarse un procedimiento estético, pero cuando visibilizamos esta realidad estamos proporcionando herramientas e información para entender todo lo que implican estos procedimientos en sus distintas dimensiones y que quienes te lo venden no te lo van a decir porque es un negocio. Si te dijeran que te puedes morir mucha gente no se lo haría, te dicen que es un procedimiento más, muy fácil, muy accesible y que te vas a tu casa rápidamente y con eso te convencen. Otro ejemplo también son los implantes mamarios, que ocasionan muchos problemas de salud. Pasó que con determinada marca que se descubrió que había materiales usados en implantes que no eran aptos para el uso médico, los retiraron del mercado pero cuando ya había muchas mujeres con estos implantes ya colocados, incluso se dio una demanda colectiva, también la indemnización a algunas mujeres, otras todavía no han recibida respuesta ni se han podido quitar los implantes. También en los últimos años comienza a verse las consecuencias de la llamada enfermedad por implantes mamarios, que reconocen que ya venían investigando algunas consecuencias de los implantes pero no lo habían dicho porque no estaban seguros y nadie quiere afectar el negocio. Hay mujeres que sufren roturas, desplazamientos de los implantes, derrames o filtraciones de las siliconas, cualquier cosa puede pasar. La que quiera asumir el riesgo, pues que lo asuma. Mi deber, mi ética, mi perspectiva es que quienes se involucren en esto lo asuman teniendo información, la que no quiera siga de largo. Estamos acostumbrados en nuestra sociedad a personalizar los problemas, a asumir cualquier crítica o interpelación a un fenómeno como una agresión personal hacia la persona que de alguna forma está vinculada al fenómeno directa o indirectamente. La mujer que se colocó unos implantes está vinculada indirectamente, pero no tiene la culpa de todo lo que está haciendo la industria de implantes o toda la industria farmacéutica y quirúrgica que está involucrada.

A partir de todo este sufrimiento hay un montón de empresas que se están beneficiando, tanto la industria farmacéutica, la cosmetología o el maquillaje.
Exactamente, cada vez te venden más cosas. No solamente está la opción de la cirugía estética, que es más invasiva, sino que hay procedimientos que están en el medio, que no son una crema ni tampoco son una cirugía, pero te ofrecen la rinomodelación que te dura de 6 meses a un año, la modificación de la figura de los labios con inyecciones de ácido hialurónico, las maxi bocas que también se han puesto muy de moda. Se trata de procedimientos que se realizan sin hospitalización, sin intervención en un quirófano pero que logran la modificación de la apariencia de una parte del cuerpo por un tiempo determinado y también es parte de ese negocio, que además obliga a realizar estos procedimientos constantemente. ¿Cuántas veces a lo largo de los años tú te vas a realizar este procedimiento para satisfacer esta expectativa de belleza, de la que esté de moda en ese momento? Constantemente va modificándose la demanda y el canon, porque lo que se considera belleza va cambiando y también se van modificando. Los procedimientos ya no apuntan a ser permanentes -aunque también sigan estando disponibles- sino que son procedimientos estéticos médicos de una temporalidad menor, que implica un consumo más rápido y así cada año vas “renovándote”.

En Bellas para Morir mencionás el racismo en la violencia estética y los efectos en la piel que han hecho ciertos productos que tienen el fin emblanquecer. También sobre el daño en el pelo afro y su discriminación en espacios de trabajo y en la sociedad.
Parte de cómo he caracterizado la violencia estética se fundamenta en 4 premisas. Una de ellas es el sexismo porque esa demanda de belleza se nos exige a las mujeres, de los hombres no se espera, más allá de que sean criticados o interpelados por sus características físicas. De ellos no se espera una belleza, de hecho si ellos son muy bellos o se cuidan mucho la piel o el cabello y están muy pendientes de la imagen, su masculinidad también es puesta bajo sospecha.
Esta violencia estética también gordofóbica, gerontofóbica y racista. Es racista porque las mujeres racializadas no hemos sido consideradas parte de esos imaginarios y construcciones de lo que es la belleza. La imagen que tenemos todos de lo bello está siempre vinculado a la juventud, a la blanquitud, a la delgadez, a los cabellos castaños o rubios, a los ojos claros y nunca esos imaginarios están representados por mujeres indígenas o por mujeres afrodescendientes como es el caso de las sociedades latinoamericanas. En las pocas oportunidades en las que son consideradas bellas es justamente porque han logrado alejarse en mayor o menor medida de esa herencia étnico racial. Yo creo que no hay niña o mujer negra que en algún momento no haya sido objeto de burla, ridiculización o maltrato por su cabello. Si bien en los últimos años hemos avanzado un poco en parte gracias a la visibilización del cabello afro por algunas mujeres en las redes sociales, de representaciones un poco más positivas, pero en general las concepciones siguen siendo negativas. Las niñas y las mujeres afro recurren al desrizado porque están constantemente siendo objeto de ridiculización, de burla y que además mediáticamente y socialmente se te está diciendo que lo único bello es el cabello liso. El cabello rizado no aparece en ningún lado, entonces se crece pensando que nuestro cabello es inadecuado. Toda esta presión lleva a sentir malestar y a la intención de minimizar todas estas agresiones que recibes. Una forma es tratando de mimetizarse y de modificar aquello que es foco de agresiones, tratas de modificarlo o desaparecerlo. Si se burlan de ti por gorda, quieres adelgazar. Si se burlan de ti por negra y por tener el cabello rizado, quieres blanquearte y alisar el cabello, y así constantemente vamos modificando nuestra imagen y nuestra apariencia en búsqueda de aceptación y para minimizar y desplazar esa tensión negativa y esas violencias. Esa perspectiva racista que mantiene el canon de belleza apunta a invisibilizar, a descartar, a excluir todo cuerpo e imagen que no responda a ese ideal de belleza que es blanco, que tiene características europeas, que tiene el cabello liso, los ojos claros y todo lo demás es considerado feo e inadecuado y que debe modificarse.

¿Encontrás diferencias en las violencias estéticas según los países de Latinoamérica? Escuché muchas veces decir que por ejemplo Brasil o países de Centroamérica no son gordo-odiantes como en Argentina. ¿Coincidís con esa mirada? ¿Cambia según el territorio? 
El canon de belleza, las demandas, mandatos, la violencia estética está presente en todo el mundo, no hay evidencia de ninguna sociedad en donde no haya demandas de belleza colocadas sobre las mujeres. Esa expectativa es distinta en algunas regiones de América Latina e incide también la clase social. Por ejemplo en los países del Caribe, Venezuela, Colombia, algunas regiones de México, Republica Dominicana hay una expectativa y demanda de belleza más vinculada a la exuberancia, a las chicas de calendario, a las grandes proporciones. No hay una aceptación de la gordura, pero se presiona a las mujeres a que tengan grandes senos, grandes glúteos, curvas muy pronunciadas, caderas muy amplias, piernas gruesas. Esto también se da en Brasil y Panamá.
Se ha dado en el tiempo y se ha profundizado esto que viene de dos cánones que están presentes desde la década del ́60: el de la delgadez extrema y el de la chica de calendario. En el Caribe la expectativa es la de chica de calendario, mientras que en los países del sur de América Latina, Uruguay, Argentina, Chile, la expectativa de belleza está más vinculada al canon de la delgadez extrema. Y esta delgadez extrema exigida en toda América Latina a su vez es demandada en las clases sociales de mayor poder adquisitivo, las llamadas clases medias y altas, donde vemos vinculadas a las mujeres a una delgadez muy extrema como sinónimo de sobriedad y elegancia. Estas grandes proporciones que mencionamos antes, junto con una ropa muy escotada, pegada al cuerpo que permita mostrar esa figura, es muy demandada, esperada y recurrente en las zonas populares de América Latina de los países caribeños, y asociadas a las clases sociales con menores recursos económicos. Por supuesto, estas cosas no son estáticas ya que siempre hay una movilidad de estos imaginarios producto de las migraciones, también porque muchas artistas, influenc
ers y youtubers comienzan a realizarse procedimientos estéticos para asumir una estética particular que permite trasladar estos imaginarios a ciertos espacios.

En todos lados nos matan a las mujeres cis y trans. Sin embargo, hay países de Latinoamérica, como México, que sostienen en el cotidiano unos niveles de crueldad que no se registran en otros países ¿a qué se debe?
Son grandes fenómenos que tienen alcance global. Hay una mirada muy colonial que sigue presente en la idea de que femicidios hay nomás en América Latina, o también en los medios de comunicación se repite mucho la idea de que América Latina es la región más peligrosa del mundo para las mujeres, cuando sociedades como las europeas o en Estados Unidos y Canadá también tienen muy altos índices de femicidios.
Hay países de América Latina en las que las mujeres son asesinadas en mayor medida que en otros, esto lo permiten ver las estadísticas. Por ejemplo, México tiene de los mayores índices de letalidad. El Salvador, Guatemala, Perú, Colombia y Argentina son los países que las estadísticas permiten evidenciar los altos índices de femicidios. Hay algunos países que no contabilizan los femicidios, no publican las estadísticas, por lo cual no se puede saber qué está ocurriendo y también lo ocultan para evitar señalamientos por su ineficacia e inoperancia. En otros países, si bien se muestran las estadísticas, también existe una tendencia a procesar los femicidios como delitos comunes, lo cual contribuye a que estas estadísticas den menores valores.
Hay que tener en cuenta que en algunos países, y en general en América Latina, hay una profundización de la crueldad de los asesinatos de las mujeres. No solamente cada vez más mujeres son asesinadas sino de la peor forma, de todas las modalidades posibles. Se trata de agresiones brutales y muy crueles. No son hechos aislados, no se trata de un asesino en serie o de personajes oscuros, es cada vez más común y de mayor alcance esta violencia letal, muy cruel, muy sexualizada y de mucha posesión de los cuerpos de las mujeres. Es más común por los índices de impunidad que existen en los países de la región. En nuestras sociedades los hombres están matando cada vez más mujeres porque sienten que pueden hacerlo ya que nadie los persigue por estos crímenes. No hay una voluntad de investigación y persecución. Vemos muchísimas notas donde los femicidas están prófugos o se suicidaron, hay muchos retardos procesales en los juicios, son muy deficientes. Pocos casos reciben condenas y esto lo demuestran las estadísticas. Durante años las familias de las víctimas buscan justicia en soledad y no hay respuestas muchas veces, porque hay mucha impunidad. Esa impunidad profundiza la crueldad y la violencia hacia los cuerpos de las mujeres.

Se repiten los casos en los que se evidencia la ineficiencia de los botones de pánico y las perimetrales porque los femicidios terminan ocurriendo igual ¿Cuáles son los recursos y políticas que se necesitan? Porque estas medidas no están funcionando.
Está demostrado que la perimetral no funciona. De acuerdo a lo que demuestran las estadísticas regionales, aproximadamente el 24% de las víctimas de femicidio -que tuvieron lugar entre el 2010 y el 2018- habían denunciado a su agresor y sin embargo las asesinaron. Eso significa que hubo negligencia, omisión, desatención y desprotección de parte del Estado. De ese 24%, el 18,5% contaba con una medida de protección, es decir, una perimetral que no se respetó y que por eso estos hombres las asesinaron. Estos papeles que le dan a la mujer no van a detener a ningún hombre decidido a matarla porque no hay nada ni nadie impidiendo y vigilando que no lo haga. Generalmente cuando le dan una perimetral es porque ya hubo una violencia física con riesgo de femicidio, o por una recurrente amenaza, entonces ningún papel va a evitar que ocurra.
Con el botón de pánico, por ejemplo, si yo lo tengo y estoy en la calle, se acerca el agresor con una pistola o un cuchillo, yo tengo esa herramienta y toco el botón de pánico, pero hasta que la policía llegó ya sucedió el femicidio. Aunque sea rápida la respuesta de las autoridades ante ese llamado -que generalmente se demoran o ni siquiera aparecen- cuando llegan ya vienen a encontrarse con una mujer muerta. Ya saben lo que va a pasar. Si tienen las estadísticas ¿por qué no están previniendo esto? La única medida que puede evitar el femicidio en casos de una agresión grave, física, de características femicidas o de un femicidio frustrado, es la prisión preventiva del agresor. Lo otro que hay que tener en cuenta es que este es un delito con altas posibilidades de reincidencia porque cuando los hombres intentan asesinar a una mujer lo hacen porque creen que tienen razones para hacerlo. Cuando los liberan, puede terminar en la perpetración de nuevos femicidas, y pone en riesgo la vida de otras mujeres.
Hace poco hubo un crimen en México y en casi todos los posteos apuntaban a que tienen que irse en la primera instancia que hay violencia, pero siempre se asumen dos cosas: que todos los femicidios se producen con mujeres que vivían hace tiempo la violencia y que no habían podido salir de esa situación, y que es una situación continuada, pero no es necesariamente así. En muchos casos los femicidios se producen como una agresión letal primaria sin que haya habido antecedentes. Cuando hacen el relato de que estaba soportando la violencia y cómo no salió de ese lugar la mataron, la están revictimizando. Muchos de estos femicidios se producen cuando las mujeres desafían la dinámica tradicional patriarcal, cuando comienzan a trabajar, cuando comienzan a compartir con amigas o familiares, cuando quieren terminar la relación. El problema es del agresor y su idea de superioridad, que piensa que las mujeres son su propiedad. 

Con el “raja de ahí hermana” se pone nuevamente la responsabilidad y culpa sobre las mujeres que están viviendo una violencia, de la misma forma que antes se preguntaba qué hacía, dónde estaba o cómo estaba vestida. 
No hay una campaña que diga “Amigo date cuenta, no la puedes maltratar”, “Amigo, eres un violento”, “Amigo date cuenta de que ella no es tu propiedad”. Siempre recae sobre nosotras por distintas razones. Cuando las mujeres jóvenes son asesinadas, siempre se les dice que se lo buscaron, que tenían relaciones desde muy temprana edad, una vida desordenada, salían de fiesta, consumían algún tipo de sustancia, tenían un embarazo temprano, habían dejado los estudios. Siempre es culpa de ella. Cuando no se puede responsabilizar a la mujer, se apunta a la madre de la víctima. Si es una niña o adolescente, se preguntan dónde estaba la madre o que no la educó bien, que permitió ciertas cosas. Y si tampoco pueden con ninguna de las dos, entonces se culpabiliza a la madre del agresor, comienzan con que la madre lo maltrataba, con que tenía muchas parejas que traía a la casa y lo maltrataban cuando era niño. Siempre hay una justificación que recae sobre las mujeres. Esto es un poco de lo que hablo en el libro “Morir por ser mujer”, que son las técnicas de neutralización. Son varias narrativas que apuntan a sacar la atención del agresor para colocarlo en la víctima o quienes denuncien el problema, quienes acompañan el pedido de justicia. 

Y si no pueden culpar a ninguna mujer, entonces dicen que es un loco o un enfermo.
Claro, eso es un recurso clásico: la patologización del femicida. Si es un loco, si es un enfermo o un monstruo entonces no se le puede imputar. No solo es inimputable en términos judiciales, sino que es un pobrecito. En algunas formas favorece a la empatía y la identificación de la sociedad con ese “pobre hombre”, que habrá atravesado una situación que lo llevó a esto. 

Recientemente publicaste un ensayo en la revista sobre la voz del feminismo negro ¿Nos podrías contar cuáles son las principales luchas actualmente?
Hay una dificultad para encontrar un espacio de reconocimiento y representación. Las mujeres negras siempre estamos defendiendo nuestras vivencias en un contexto en donde somos las grandes despreciadas de todos los movimientos. En el feminismo hay un escenario histórico, comenzó visibilizandolo Sojourner Truth con su discurso “¿Acaso no soy una mujer?”, y es justamente que cuando en los espacios feministas las mujeres racializadas hablamos de cómo no solamente vivimos la violencia y discriminación por motivos sexistas, sino que estas se profundizan por el racismo, siempre se nos niega nuestra experiencia. El reconocimiento de nuestra experiencia especifica y particular es un derecho que tenemos. Si estamos en un espacio en el que se niega la importancia de eso, es una forma de violencia. Nos dicen que no nos discriminan por ser negras, sino por ser mujeres. Hay un constante silenciamiento de las mujeres negras en los espacios feministas.  Lo vemos todo el tiempo, lo vivo yo en particular. Cada vez que escribo del tema me dicen que no es un asunto de color. Lo vivimos en todos los espacios, en la academia sobre todo.
Otra cuestión que está presente y que estamos en lucha constantemente, tiene que ver con el sexismo de los hombres racializados. Incluso los que militan en espacios antiracistas. Muchos hombres se aprovechan de su influencia en ciertos espacios en la academia o dentro del activismo para acosar a mujeres racializadas jóvenes. También hay que hablar de eso, porque se cree que no se puede visibilizar estas cuestiones porque supuestamente estamos contribuyendo a la persecución, al aparato de encarcelamiento de los hombres negros.
Por otro lado, hay que tener en cuenta que todas estas discusiones sobre el feminismo negro siguen siendo potestad o monopolio de las mujeres negras que tenemos ciertas ventajas sociales, como por ejemplo las que hemos tenido acceso a la academia, espacios activistas, a ciertos recursos. La realidad es que las mujeres racializadas en los países latinoamericanos no están pudiendo hablar sobre esto porque están resolviendo el día a día en la cotidianeidad. Son mujeres precarizadas, con trabajos mal pagos, de servicio, en difíciles condiciones de vulnerabilidad y en un escenario de vivir en las periferias, que tienen que tomar más de dos transportes para llegar a su trabajo. La mayoría tiene otra realidad y no está en estas discusiones. Están solucionando y gestionando la precariedad en una sociedad racista y un Estado que las vulnera, encarcela, persigue y asesina. 
Y otra cuestión que a veces genera discusión dentro del feminismo negro es la posición de la academia. Yo soy muy crítica de la academia, es una institución en la que no solo hay racismo epistémico, una invisibilización de nuestras narrativas, sino que hay prácticas expulsivas: el racismo que vivimos mientras estudiamos o en los intentos de inserción laboral. Sin embargo, hay algunos sectores que invitan a alejarse de los espacios académicos por el componente racista que hay, pero no lo comparto porque es muy fácil hablar siendo alguien que accedió a una educación superior y decirle a una mujer racializada que mejor se vaya. Yo creo que justamente tenemos que entrar en ella, intervenirla e ir desmontando su racismo con la intervención de nuestras narrativas y prácticas. 

Para cerrar, después de hablar sobre temáticas tan crudas, quería preguntarte sobre tu recorrido en la poesía. La mayoría de tus libros son ensayos, pero hace muy poco sacaste un poemario, Resentida, con Sudestada.
En realidad empecé a escribir primero poesía antes que ensayos sociológicos. Lo que pasa es que nunca quise publicar por vergüenza. No se lo mostraba a nadie. Escribía muchas cosas y las botaba. Esto tiene que ver con un tema de clase, ya que el arte está vinculado a ese imaginario de grandes pensadores, gente que viene de esas élites o ese pensamiento tan especial, que parece una pretensión o así lo veía yo al ser joven, de un sector popular, latinoamericana, negra. Pensaba en los poetas como los grandes personajes conocidos.

A partir de 2016 me permití publicar algunos en las redes sociales y en un medio mexicano. Me sorprendió la buena percepción y finalmente me atreví a presentar el poemario en Sudestada, en la colección dirigida por Juan Solá y con la invitación de Ignacio Portela. Me sorprendió la respuesta, muchas personas me contaron que lloraron leyendo. No es una poesía dulce, sutil, sino muy fuerte porque hablo de racismo, la violencia contra las mujeres, la violencia social y política. Hubo mucha gente que se sintió identificada porque nos toca a la gente común. No es un estilo rimbombante ni con grandes metáforas, sino que habla de la vida cotidiana. Esa recepción me motivó a seguir escribiendo, sigo escribiendo algunas otras cosas y veremos que pasa. No voy a escribir cosas diferentes, mi lugar de enunciación es el de ser una mujer negra. Desde ahí parte mi escritura, tanto la académica como la poesía. También se basa en la coyuntura, he estado escribiendo de feminismo, racismo, desigualdad, de la escritura, y mucho sobre el duelo. La escritura es un medio para gestionar lo duro que nos pasa en determinados momentos de la vida. Veo la escritura como un medio para sanar y para colectivizar las experiencias personales que terminan siendo colectivas. 

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