Sokol. Una llama que no puede apagarse

Foto; Julieta Gómez Bidondo

Con la llegada de enero, el mismo mes en que arribó y también se despidió de este mundo tan pésimo anfitrión de personas verdaderamente iluminadas, recordar a Sokol se volvió un rito. A 13 años de su pronta muerte, lo recordamos en palabras del autor del libro editado por Sudestada “Alejandro Sokol. El cazador”.

por Isaac Castro

Dueño de un carisma descomunal y un talento inexplicable, Alejandro fue el artista que menos hizo para convertirse en ídolo, pero que, paradójicamente, más mereció serlo. Y a su manera lo fue. De espaldas a las enceguecedoras luces del espectáculo, fuera de las poses y pulverizando cualquier coincidencia con el estereotipo de celebridad que patentan los medios comunicacionales, el Bocha edificó un estrellato en base a la autenticidad y una cercanía con el público brutalmente honesta. La propuesta de ese vínculo simétrico, que en otros cantantes podía ser visto como un gesto demagógico, en su caso fue el único modo posible de relacionarse con los demás. Porque, desde su mirada, esa distancia que suponían los escenarios era apenas una circunstancia azarosa, un detalle espacial que lo dejaba un poco más arriba que el resto. Él se sentía una persona común y corriente, que únicamente tenía el don de transmitir sus emociones ya sea con un instrumento en las manos o frente a un micrófono. Así fundó Sumo -primero en el bajo, después en la batería- ; armó el grupo S.O.K.O.L; estuvo al frente de Las Pelotas; y se probó con El Vuelto S.A, su último proyecto.

En paralelo, durante ese tiempo, formó una familia hermosa, trabajó en el taller de costura de su madre, pintó casas, atendió un video club, fue empleado en una fábrica, ingresó a la iglesia mormona, emigró a Córdoba, se separó, volvió a Buenos Aires y, aunque jamás dejó de orbitar por Hurlingham, se hizo nómade y sobrevivió como pudo, entre ángeles y demonios. Pero lo que estuvo ahí, incondicionalmente, fue la música. Como parte de una banda en un gran estadio o en soledad para un puñado de amigos. En River Plate de telonero de Los Rolling Stones o de invitado en un bar del conurbano profundo. Detrás de algún tema de David Bowie -de quien era confeso admirador- o uno de esos clásicos que compuso con Luca Prodan y Germán Daffunchio. Daba lo mismo, porque en cualquiera de los casos era él, haciéndote temblar, hipnotizándote con ese fuego maldito que le encendían sus ojos. Bastaba verlo bailar por un instante y de repente sentir una felicidad tan cierta como indescriptible. El Bocha lograba eso. Su personal manera de cantar potenciaba todas tus emociones y, en cierto sentido, lo convertía en un prestidigitador, un ilusionista, un mago. Y así, podías pasar de la melancolía galopante a la furia más trival en cuestión de segundos. Te volvías loco, se te hacía un nudo en la garganta, y en ese rato de fiesta, de comunión y cofradía, por un momento eras capaz de sentirte distinto y, sobre todo, menos solo. Nada menos que eso.

Cada vez se lo extraña más y quizá por eso su obra -arrolladora, épica, visceral- aún continúa siendo una llama que no puede apagarse y que, al igual que todo aquello que está hecho con el corazón, está destinada a permanecer en nosotros para siempre.

Leé la introducción del libro en este link

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